My Generation
Pedro llevaba caminando desde hacía un buen rato. En su mano derecha, sostiene con firmeza un móvil en cuya carátula brilla el escudo de The Who, con sus círculos concéntricos, rojos y azules, y su flecha apuntando al cielo. Por las calles, aparecía ya la luz amarillenta de otoño que cubría con su manto dorado el paisaje urbano. Aún no era demasiado tarde y quedaba un rato para que se encendiera el alumbrado. En el deambular apresurado de las personas se percibía un cambio en su manera de conducirse por el cemento de las aceras. Quién sabe si para irse acostumbrando al ritmo de los días grises de la vuelta a la rutina después del verano. De vez en cuando, Pedro apresura sus pasos como si tuviera que acudir puntual a alguna cita. En otras ocasiones, ralentiza la marcha para detenerse delante del escaparate de alguna tienda que le hubiera llamado la atención. La temática no parecía importarle demasiado: un sex-shop, tienda de discos de segunda mano, de ropa interior de mujer...
En un momento dado, al final de una calle ancha y amplia, llama su atención un establecimiento cuyas vitrinas ocupan toda una esquina. La tienda parecía estar cerrada, con los rótulos apagados y las persianas a medio echar. Era la primera vez que descubría un lugar especializado en la venta de trenes eléctricos. Algunas de las estanterías estaban vacías y en otras se podía adivinar, dibujada en el polvo, la huella de un artículo que había estado expuesto. También había algo, tras esos cristales, que capta la atención de Pedro: la maqueta de un tren que circulaba alrededor del escaparate. En su limitado recorrido, esta serpiente metalizada dejaba atrás, a su paso, una estación de tren de montaña, con sus tres edificios en forma de pódium olímpico. O un acueducto romano construido con planos de arquitecto aficionado. O casas pequeñas, iluminadas con lámparas diminutas.
Poco a poco, ese decorado le trae un recuerdo claro que le transporta al salón de su casa de pequeño. Al vetusto mueble de caoba donde brillan las luces de un belén que se ha dispuesto con sus manos infantiles. Con naturalidad, surgen en su memoria detalles de aquel nacimiento: el trozo de papel Albal que hacía las veces de río, la cartulina celeste con su cielo despejado, estrellas de papel de plata y nubes fabricadas con algodón… En algún momento, no había más realidad allende la maqueta y sus recuerdos de infancia. Ya no agarraba con tanta fuerza aquel móvil al que había estado aferrado durante todo su errar por la ciudad. La presión en el pecho que le había acompañado las últimas semanas disminuye gradualmente. Con una sonrisa que comienza a dibujarse en su cara, echa una última mirada al trenecito que acababa de captar su atención. En un momento dado, el escaparate se transforma en espejo. Su atención ya no se centra en la maqueta sino en su propia silueta reflejada en el cristal a la que le devuelve una mirada serena.
Como si el teléfono de la vida le hubiera despertado de un intenso letargo, su semblante cambia y hasta se le relajan las facciones de la cara. Absorto en la contemplación, apenas se da cuenta de otra figura, con forma de camión, que gana tamaño en el cristal en décimas de segundo. Tampoco, del ruido ensordecedor de los neumáticos derrapando por el suelo y los gritos desesperados de varias personas que contemplan la escena. El vehículo, sin control, derriba como un flan la valla metálica angular, en la esquina de la acera, que se interpone en el camino hacia la tienda. Tras un ruido atronador, solo se percibe una densa niebla de polvo provocada por el choque. Entre las ruedas delanteras se pueden distinguir los restos de un cuerpo despedazado. Se diría que el hombre esboza una leve sonrisa mientras que, más al fondo, entre los escombros, surge una luz intermitente de un móvil que no deja de sonar al ritmo de My Generation.
Eres un campion!
ResponderEliminarOooohhhh lindo!me matas
EliminarHola Mario.Es un extracto del libro que escribes. El texto esta muy buen escrito, 👏 el final me toca especialmente. Sabes pour qué.
ResponderEliminarGracias mil, Myna. Es un relato corto.
EliminarWow.....me encantó.....qué fuerte! Dicen que el cerebro capta los momentos más intensos de la vida antes de morir....lograste expresar perfectamente ese momento.
ResponderEliminarMuchas gracias, María Clara :) por tus palabras
EliminarBravo de nuevo,Mario 😘 👍
ResponderEliminarMuchas gracias, Dani :)
EliminarBien primo
ResponderEliminarGracias, prima... ¿qué prima eres?
EliminarMuy agradable la lectura de estacion phoenix
ResponderEliminarGrande Mario, el cuento corto que nos traslada inmediatamente a la acción y a la sensación de los hechos acaecidos en esas breves, pero intensas líneas, que transforman la cotidaneidad en algo fuera de lo común. Un abrazo grande y sigue así :)
ResponderEliminarMuchas gracias, Sebastián :)
EliminarMuy interessante.muchas gracias Mario
EliminarMuchas gracias por leerme y por tus comentarios
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