Sheena Is a Punk Rocker

John Hurts se había desplazado a Chicago para realizar la última gestión antes de la gran operación, la compra de la cadena de supermercados Branson. Una firma más y el negocio se llevaría adelante, veinticuatro horas más tarde, en la Gran Manzana. Todo salió según lo previsto. A las 3 de la tarde, el trámite estaba superado. Al día siguiente, vuelta a Nueva York, a las 9 de la mañana, para concluir el negocio. 

 

 

Esa tarde, John regresó al hotel con la relajación fruto del fin del estrés, después de tantas jornadas de trabajo. John subió a su habitación y, vencido por el sueño, durmió un par de horas. Nada más despertarse, optó por ducharse mientras escuchaba su lista de Spotify. Sheena Is a Punk Rocker. Aunque no fuera el plan previsto, pensó que salir a cenar podía ser una buena idea. Antes se pasó por el bar del hotel donde pidió un bourbon con dos cubitos de hielo. En ese establecimiento, le llamó la atención una chica rubia y alta, con una melena lisa que le caía hasta la cintura, a la que se dirigió instintivamente una vez que ambos —él detrás de ella— salieron del bar.

La chica se paró en la puerta del hotel para fumar.

—¿Tienes fuego? —le preguntó John, sacando un cigarrillo de su pitillera dorada grabada con sus iniciales. Un talismán de su juventud rescatado, junto a su hábito de fumar, desde hacía poco.

La chica respondió afirmativamente.

—Hoy estás de suerte. Hace poco que volví a fumar  —dijo la chica mientras le tendía el mechero con la llama encendida.

—Me encanta David Bowie —le dijo John, fijando su mirada en los ojos de la chica, de dos colores diferentes.

La chica sonrió y volvió a guardarse el mechero en el bolsillo.

—Yo creo que cantar no es mi fuerte —agregó ella, con una sonrisa, antes de alejar sus pasos de la puerta del hotel.

John, por su parte, acudió a un restaurante para el que, desde la recepción del hotel, le habían reservado una mesa a las siete.

La cena transcurrió bien: ostras y algo de marisco, acompañado de vino blanco chileno. El justo para animarlo a tomar otra copa en un bar no muy lejos del restaurante.

John ocupó una mesa pequeña en una esquina. Allí pasó un rato ojeando su móvil, al que le quedaba poca batería. «Mejor reservar un poco», pensó antes de volvérselo a guardar en el bolsillo. Una vez realizado el gesto, levantó la mirada. Ante sus ojos vislumbró a la chica que había encontrado tres horas más temprano en la puerta del hotel.

—Parece que el destino nos ha vuelto a unir —le dijo con una sonrisa John tras acercarse.

La chica observaba impasible a John.

—No he querido ofenderte —agregó John— solo es un día muy importante para mí y quería tomar una copa acompañado.

Tras un momento de duda, la chica accedió a sentarse con él. Las horas volaron. Los temas en común no faltaron, además de risas y complicidades que aumentaban al ritmo de la ingesta compartida por ambos de bourbon. A medida que pasaba el tiempo, John olvidaba su vuelo temprano. Su obligación ineludible en Nueva York para coronar el gran negocio. «¿Qué podría pasar?», pensó para sí, ante la duda de continuar la noche en otro local. De aceptar la invitación de Liv —que así se presentó la chica— para tomar la última copa en su piso.

Eran las cuatro de la mañana cuando John salió de la cama de Liv, a la que dejó envuelta en sábanas cuya textura sedosa dejaba adivinar sus curvas. Espectáculo que, en ese momento, poco importaba a John.

«Lo llevo todo», se dijo, tras palpar, por fuera de la tela, la cartera en el bolsillo de atrás del pantalón y el móvil en la chaqueta.

Salió del piso. Una vez fuera, se dio cuenta de que hacía falta un código para activar el ascensor. Información a la que no había echado demasiada cuenta al subir, entre besos, unas horas antes.  Automáticamente, se dirigió a las escaleras. Tampoco era posible salir. Esta vez se necesitaba una tarjeta para desbloquear las puertas de acceso.

«La llamo a su teléfono —pensó— ¿pero a qué número? ¡Me cago en la puta! ¡Si es que no se puede pensar con la polla!»

Acto seguido, se dio cuenta de que el tacto que anteriormente le había evocado al teléfono, ahora era la pitillera.

Llamó al timbre sin resultado ya que no funcionaba. En ese momento, recordó haber bromeado al querer comprobar sin éxito su sonido al llegar mientras que ella abría.

—No me gustan los timbres —le había dicho Liv.

John calculó. No quería armar escándalo en el bloque. Aún conservaba la seguridad que le había acompañado los días anteriores. Así, llegó a la conclusión de que ella se desvelaría al no verlo en la cama y que escucharía su toque en la puerta que repetiría cada varios minutos.

Pasó un buen rato.

«Tienen que ser más de las cinco». Hacía unos minutos que había comenzado a dar vueltas en círculo. Se rascaba la cara. Los brazos. En un momento dado, comenzó a sentirse raro.

«¡Putas ostras!», se dijo.

Miró alrededor. Sus manos temblaban. ¿Qué podía hacer? Su vista se detuvo en un macetón de unos cincuenta centímetros de alto. Sacó la planta y movió el trasto a la derecha en un espacio en el que se creaba una especie de sombra.

Se precipitó al borde del macetón. Antes se había quitado la camiseta interior que después usó para limpiarse y la cual dejó cubriendo sus propios excrementos. Pensaba qué hacer con la planta cuando escuchó una puerta abrirse.

Era el vecino de al lado que sacaba su perro. Por alguna razón, el acto reflejo de John fue el de ocultarse en la sombra en lugar de declarar su situación.

El vecino cogió el ascensor.

John —esta vez sí— comenzó a golpear fuerte la puerta. En un momento dado, la chica abrió.

John apenas intercambió con Liv las palabras necesarias para recuperar su móvil y lograr salir del edificio en menos de dos minutos.

—¡Es él! —dijo el vecino que lo señalaba acompañado de un coche patrulla de la policía de Chicago.

Los dos policías se precipitaron hacia John.

—¡Vengo de la planta sexta! ¡Del piso de Liv! ¡No podía salir! ¡El vuelo, tengo que ir a Nueva York! ¡Me tengo que ir! —chillaba John, con la cara empapada en sudor, mientras que la policía lo mantenía inmovilizado.

El vecino negaba que en su planta viviera ninguna chica con ese nombre ni con ojos de dos colores. Que solo había dos pisos por planta, y que, en el otro, vivía una señora mayor a la que cuidaba una chica latina.

John, a medida que escuchaba al vecino, se encrespaba cada vez más subiendo su tono de voz.

—¡En comisaría se aclarará todo! —le dijeron antes de empujarlo dentro del coche patrulla.

Allí pasaron las horas, sin posibilidad para John de coger su vuelo de vuelta a Nueva York para concretar el último trámite de la compra de la cadena de supermercados.

Meses más tarde. John veía la televisión. Entre cadena y cadena, le llamó la atención una conexión en directo. Se veía al millonario, propietario de la empresa beneficiada por su fracaso unos meses antes. Un tipo ataviado con un abrigo largo. Peinado con la raya al lado dibujada sobre un matojo de cabellos inundados de gomina. Junto a él, una chica morena y sin los ojos de Bowie, pero que estaba seguro que era la chica con la que había compartido sábanas y Bourbon en la fatídica noche de Chicago.

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