Constancia

 

Sé constante. Porque sí. Porque el trabajo da sus frutos. Si necesitas bajar de peso, por motivos de salud, porque te quieres ver más guapo, o, simplemente, porque te da la gana, pues eso. A comer sano, a enterarte de lo que son las proteínas, los hidratos de carbono, las grasas, las saludables y las que son una caca, los omegas y las fibras, que hay que tener un buen tránsito intestinal, ir a cagar con regularidad. Y, una vez logrado un equilibrio en la alimentación, muévete. Haz deporte, un día sí y otro también. 

Escoge la actividad que más te guste. Andar durante una hora todos los días puede ser suficiente, pero quizás te guste el levantamiento de pesas o si no el aerobic o el zumba, o algo menos aeróbico y más de esfuerzo como la halterofilia, o si no la hípica (pero aquí creo que el que se mueve más bien es el caballo). O si no la natación que va muy bien para las rodillas. Y eso, sé constante, porque el que quiere puede. Eso es así, no hay excusas, eres tú y solo tú el que te pones los límites con excusas. Prueba a tener una mejor forma física y un mejor estado de salud y todos te sonreirán. Nada que objetar. Dicen los chinos (o al menos eso leí en un cartelito de un gimnasio donde hice yoga durante una temporada, así con letras chinas y todo, con un sol y un amanecer sobre una montaña perdida en el horizonte, paisaje que para los chinos, como ellos ven que son percibidos, tiene que ser el equivalente a nuestra paella y toro de Osborne) que no hay conocimiento o habilidad que no se le resista al hombre si a ella le dedica, al menos, cinco años de su vida. Con intensidad, eso sí. Que si quieres estudiar latín, o alemán, o bailar la lambada, o hacer la danza del vientre, o pelar cacahuetes con las dos cachas, ninguna de estas habilidades se te resistirán si dedicas los cinco años que se acaban de mencionar. Y yo me digo que sí, que eso de los objetivos está muy bien, que cada uno tiene los suyos, pero que es importante también el sentir que te sean propios. En caso contrario, se podría sentir como una alienación del deseo. Querer lo que otro quiere por ti. No obstante, yo creo que hasta que no sientes el objetivo como propio no hay fuerza ni impulso que haya de mover tu acción. Que si tu padre quiere que seas abogado, el mejor, como de serie americana, para vacilar con los amigotes en el club de campo mientras que se juega a la petanca con pedos olor a colonia cara. Pues eso, que si tú no quieres ser abogado, al final estudias, cumples con tus objetivos (prestados) y acabas satisfecho con las palmaditas en la espalda que vas a recibir hasta el día de la muerte. Porque sí, al final estás satisfecho, porque no hay nada mejor que ser reconocido. El acto mismo sin par de sentir el tacto en la espalda de una palabras o la suavidad de una palmada cariñosa en los contornos de tu alma. «Good boy. You’re the best». Lo máximo sería ya que esa aceptación fuera acompañada de un objetivo que desearas de verdad. Esa disciplina y constancia referidas anteriormente puestas al sueño del objetivo que tienes desde pequeño, intransferible. Sin que nadie lo dicte. Sin que nadie te diga lo que tienes que hacer. Eres tú el que le dices a tu padre: «Abogado va a ser tu padre (lo cual es materialmente imposible si el padre del padre no lo ha sido aún porque los abuelos ya piensan en cualquier cosa menos en ponerse a trabajar de nuevo. Y menos para estudiar. Egoístas ellos que solo quieren cobrar la pensión)». Una vez dicho esto, en el caso de que no tengas aún el objetivo pensado y quieres que sea verdaderamente tuyo, te vas una semanita a la sierra y te abres una libreta donde apuntas los deseos. Tus pasiones desde pequeño. Lo que te va a hacer feliz. Anota pros y contras. Después, escoge el proyecto que te salga de la punta de la nariz aunque sea el que tenga más puntos negativos. Porque sí, porque es tu elección, porque es la que más vas a disfrutar. Eso sí, habrás de aprender a ser contorsionista para darte tú mismo las palmaditas en las espalda. Para concluir con el tema de la disciplina, la constancia, los objetivos y que, lo mejor, estos objetivos han de ser emanados desde las profundidades de la propia querencia, una vez analizado todo esto, os confieso mis propios deseos. Me he propuesto como objetivo tocar el piano y también acabar con el capitalismo. Para lo primero doy clases privadas desde hace cinco años. Por lo tanto, ya soy capaz de tocar tela de bien. Me han contratado para varios espectáculos por Francia en los que ofrezco un repertorio que está siendo aceptado bastante bien. Este incluye desde las piezas más clásicas hasta adaptaciones de fandangos de Huelva y otros palos flamencos que van desde lo jondo hasta Pitingo. Por cierto, me encanta mi vestuario de blusas y chaquetas con chorreras, de estilo corrida rondeña. Por lo tanto, en lo profesional mi vida va bastante bien. Con respecto a lo de acabar con el capitalismo me lo tomo mucho más tranquilo. Porque sí, yo tengo muchos valores, y no soporto las cosas malas que pasan en el mundo. Eso de los niños que no tienen para comer me pone enfermo. Sobre todo cuando te lo ponen en cualquier anuncio mientras esperas  a que cargue un vídeo de lo que sea. Pero ahora que comienzo a disfrutar, gracias a las teclas, de una realidad económica un poquito mejor. Que digo yo que no es el momento para querer cambiar el mundo, que para eso están los políticos.

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