PUNTO 1

 

«Hola Jorge. Hemos creado un grupo de What’s upp de la gente del colegio. Te he añadido ¿qué te parece?»

 

EDIFICIOS Y GLORIETAS DEL PARQUE DE MARIA LUISA – Jardines sin fronteras

Al abrir este mensaje de exalumnos de su clase de EGB, una sensación de asco familiar le invadió. Como con ganas súbitas de orinar sin necesidad fisiológica. Qué hacer. Su mente de persona adulta anticipaba cientos de excusas. «Por qué aceptar, si me produce repugnancia», se decía, «qué me obliga a hacerlo». Por otra parte, le inquietaba la irracionalidad de desestimar la invitación. «Otro de los ritos sociales a los que uno se ha de acostumbrar. Cuándo cojones voy a crecer».  

Cerro la aplicación y siguió con sus tareas. Pensar en otra cosa.

Tarea complicada. Sin querer, invocaba sensaciones, la mayoría desagradables. Su sempiterna cara de pasmado, como de alguien recién descubierto en medio de una fechoría. Centro de atención, a su pesar, por los perpetuos quilos de más, gafas de pasta marrón, zapatos ortopédicos —correctores de pies planos—, todo aliñado con un flequillo a lo Beatles y pantalones de campana con diez años de retraso con respecto a la moda de pantalones ceñidos imperante entonces en aquel colegio de los años ochenta.

—¡Tolón, tolón! —gritaba Enrique, compañero de sexto, que se había agachado para agarrar, haciendo una pinza con los dedos pulgar e índice, una de las patas acampanadas del pantalón de Jorge, tocándola cual campanero aficionado agitando sus cuerdas vocales agudas de preadolescente— ¡Tolón, tolón! El resto de los alumnos había hecho un círculo alrededor de los dos chicos. Jorge apenas acertaba a reaccionar con los ojos abiertos de par en par y la boca cerrada, sin ser capaz de pronunciar una sola palabra, sin realizar ningún movimiento, actitud que, lejos de apaciguar los ánimos de los compañeros contribuía a inflamar sus risas y burlas. 

Porque Jorge no salía corriendo, ni contestaba, ni protestaba, ni se enfadaba, ni hacía gestos, apenas acertaba a esbozar una sonrisa incrédula. Esperar que pase el tiempo. Cerrar los ojos. El niño planta. El niño sin cojones.  El tonto para bobo. Sin alma. Sin vida. Simplón. Fácil de tortear. El estúpido que no protesta. Todo pasará.

«Parece mentira que siga doliendo tanto», se decía.

A ese recuerdo le sucedió otro. Una mañana primaveral de 1985.

—¿Quién quiere comenzar?

Así habló la profesora de lengua, la señorita Juana. Delgada, de no más de treinta y cinco años, nariz aguileña con gafas metálicas negras de cristales gruesos y cabello liso cayendo a la mitad de una espalda enmarcada por dos hombros huesudos.

Los niños, alineados en dos filas de pupitres para dos alumnos, apenas habían ocupado sus respectivos asientos en el aula, una sala rectangular, presidida por un crucifijo y una pizarra verde emborronada por sucesivos usos de tiza blanca.

—¡Venga, callad! ¿No hay voluntarios? ¿Quién va a leer su redacción? ¿Escojo yo entonces?

Los alumnos, ataviados de uniforme azul, evitaban el contacto visual con la señorita. Unos, disimulando tomar notas en el cuaderno. Otros, mirando abajo, en dirección al pupitre. Alguno, siguiendo la trayectoria de una mosca cuyo zumbido, en este momento, se podía oír desde todos los ángulos de la sala.

—Yo…, quiero yo, señorita —dijo, desde el fondo de la clase, Jorge, el Tolón-tolón.

Al silencio absoluto siguió un jolgorio general in crescendo pronto acallado bajo la voz de mando de la profesora, quien percutía, al mismo tiempo, el borrador contra la mesa, creándose una nube de polvo de tiza de contornos irregulares. Material blanco libado durante años proveniente de líneas de dictado con sus correspondientes correcciones, de versos de Machado, Bécquer o Quevedo, del «no corre mar sino vuela», de explicaciones de gramática, análisis sintácticos, las cordilleras y los ríos de España, los diferentes tipos de adjetivos, ejemplos de metáforas, el uso del auxiliar Do en inglés, resúmenes de cuentos orientales y precolombinos, problemas de geometría o de álgebra.

—¡Callaos! —gritó la señorita—. Vaya, Jorge. ¿Te ha devuelto la lengua el gato? ¡Venga, que no tenemos todo el día! ¡Levántate! ¿De qué has hecho la redacción?

Uno a uno, los cuerpos y cuellos de los alumnos fueron contorsionándose como girasoles gravitando hacia el foco de la expectación en el que se había convertido ese chico que se alzaba lentamente, sosteniendo, con temblores, una hoja de dos rayas manuscrita por ambas caras.

— ¡Venga, Jorge, que no tenemos todo el día!

—He escogido el Parque de María Luisa:

«El Parque de María Luisa es mi lugar favorito de Sevilla. Me gustan diferentes lugares. Por ejemplo, el Monte de Gurugú. Su cascada. Las pendientes para llegar a la cima. Cuando era pequeño estuvo cerrado varios años por obras. Yo deseaba que se abriera. Aún no lo conocía y su nombre me evocaba cosas de misterio, de desiertos, camellos y oasis. Cuando lo abrieron corrí a la cima para divisar desde allí aquella cascada misteriosa cuyos sonidos sabían a desierto y galletas de higos. También me gusta la Plazoleta de Bécquer, que es el poeta del amor. Ese que le gusta a las compañeras porque hablaba de sentimientos delicados. También quiero mencionar la plaza de las palomas, donde mi madre me compraba paquetes de arvejones. El alimento que sirve para dar de comer a esos animales, que a mí me recuerdan a ratones con alas, arremolinados en las manos, en las piernas y los hombros. También es muy bonito el museo arqueológico, con sus fuentes, sus jazmines y aromas a azahar. También, la Plaza de España, con sus edificios rojos. Aunque en las fotos que tengo de niño no se puede apreciar el color porque son en blanco y negro. Me gustan también los triciclos que allí se alquilan y recorrer el estanque montado en barca (...)».

Y así siguió la redacción en la que, hasta el final, Jorge habló por una vez sin miedo. Y claro. Sin prisas. Una sensación de paz inundó al adulto que era ahora.

Coge el móvil. Abre What’s upp y comienza a escribir.

«Queridos amigos. Me es muy grata la invitación para formar parte del grupo. Puedo evocar todas vuestras caras como si recién hubiéramos salido del colegio. Me invaden cientos de vivencias y sensaciones (algunas más agradables que otras). Quería compartir el recuerdo de una de las anécdotas de la que más vivo recuerdo guardo. 

»Fue un día en el que se leía una redacción. La autora, Sonia, se despachaba con una descripción cuyo contenido yo ignoraba porque, para variar, andaba despistado, ausente de lo que pasaba en ese momento, en Babia, como me decían los profesores. 

»En un momento dado, me di cuenta de que todos me mirabais riendo, a carcajadas, junto a Sonia, que ya no disimulaba la risa. Fue entonces cuando caí en la cuenta de que yo era el niño del que trataba la redacción, el protagonista. Demostrando, dando ejemplo con mi despiste, cuán merecidas y justas habían sido esas palabras de la compañera. 

»Por supuesto, el profesor también participaba del alborozo. 

»Como si fuera ayer recuerdo la vergüenza que pasé y lo imbécil que volví a sentirme, como en otros muchos momentos, en aquellos años del cole.

»Pues bien, en honor a ese niño que fui, quiero que lo visualicéis yendo a la pizarra:

»Tras acabar Sonia la redacción. Se levanta y recorre el pasillo central. Se sube al púlpito de madera del profesor. Se sitúa frente a vosotros de espaldas a la pizarra. Ahora estáis más calmados. Todos observáis en silencio, expectantes. Ese niño os mira durante unos segundos y, acto seguido, os dedica a cada uno de vosotros un soberano corte de mangas, con gesto relajado y distendido. Sin más os doy las gracias por la invitación a este entrañable grupo.»

(A continuación se reproduce el último párrafo, el cual Jorge borró y no llegó a mandar junto al contenido restante).

»A veces, he fantaseado con la nube de polvo que se generaba al golpear la profesora el borrador contra la mesa. Esta vez, en lugar de una nube de polvo, el borrador devuelve al aire reproduciendo, palabra a palabra, las frases borradas y las letras de niños pequeños, de nosotros, de vosotros, de mis compañeros de clase, y la mía misma, corriendo libres, sin ataduras, por las clases, el gimnasio, el patio del colegio, por sus fuentes, por el limonero y por el pino gigante de corteza oscura en cuya resina quedan atrapados mis miedos y mis angustias para siempre. 

 

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