Vuelta
Una historia sobre la aceptación. De qué puedo hablar. Hace ya muchos meses que no escribo. Así, como lo estoy haciendo hoy. Estoy en Conil. Me he levantado temprano. He hecho deporte (antes, control de glucosa. 101, todo bien). Después del deporte me toca desayunar. Dos huevos duros, la mitad de un aguacate, aceite de oliva, un trozo de atún a la plancha (de esos que vienen de la otra punta del mundo), resto de un filete mayor que no acabé ayer. Después del desayuno, preparo la mochila. Lo tengo pensado, es una de las razones por las que estoy solo durante unos días en Conil. Cojo la mochila, ahí meto el ordenador, teclado, el ratón y la batería, algunos bolígrafos y papel en blanco (sin ti no soy nada). Salgo del apartamento. El objetivo está claro: hoy retomo la escritura.
Como un augurio. Así viví mi encuentro con Daniel el viernes pasado. ¿No escribes? ¿Por qué lo has dejado? Tras ofrecerle algunas excusas me di cuenta -conforme las iba dictando- que eran solo eso. Por si no lo tenía claro, ahí tuve un aviso. Venga, el despertador ha sonado. Toca trabajar. Pues eso, con un plan, retomo la escritura. Camino a la biblioteca de Conil. Con GPS y todo, porque ya se sabe que Conil, sin GPS, es un caos. Me puedo perder entre chiringuito y puesto de verduras.
Llego a la biblioteca. En un acto de valentía, desconecto el móvil cuando enfilo la última calle que me lleva al destino. Allí, toca atravesar un patio abierto, grande, donde se podrían celebrar carreras de cuadrigas, presidido por un escenario, donde, quizás, en las noches de verano, se sucedan los conciertos o veladas de esas que nunca te olvidas. Porque sí, porque lo que vives de noche, al aire libre, el olor a mar, el susurro lejano de las olas tronando en las pausas de los quejíos flamencos, la noche clara. Esas impresiones te acompañan en los días cortos de Francia o de cualquier lugar de esos en los que la vida se mide en decibelios e índices de contaminación.
Tras cruzar el patio, observo un plano del lugar que incluye la explicación del origen de esa estructura, una antigua almadraba. La biblioteca, justo detrás de donde se erige el escenario de tablas. Recorro pasillos y salas de lectura donde se apiñan estudiantes universitarios afanados con apuntes, subrayadores y gomas de borrar. Una vez llegado a la última sala retrocedo mis pasos. Al final, elijo la primera sala donde se disponen varios ordenadores. Igual de silenciosa que aquellas dejadas atrás hace unos instantes aunque potencialmente susceptible de acoger ruidos y, en mi caso, el aporreamiento al teclado en esa sucesión de golpes marca blanca de las vetustas máquinas otrora operativas. Con su palanca para girar el carro una vez llegada al final avisado por un toque de campanita.
Me siento, saco el papel en blanco. 5 minutos más tarde, escribo mi primera palabra: aceptación. Absorto. Miro al vacío. No sé por dónde continuar. Saco una botella de agua, que es buena para la diabetes. Eso lo he aprendido mirando tutoriales, que para eso están. Bebe dos o tres litros de agua al día. La orina evacua el azúcar. Después miro algo en el móvil. Recibo una llamada. Excusa perfecta para parar un poquito. Termino la conversación. Vuelta a la mesa. Escribo referencia. De nuevo varios minutos en el limbo. Me digo que qué cojones hago ahí. Que jamás voy a ser escritor. Que vaya chorrada. Que quién me he creído que soy.
Cambio de táctica. El entrenador pide cambios dando saltos desde la banda. El arbitro se vuelve. Lo mira, le autoriza. Sale un jugador largo, con medias subidas más allá de las rodillas. Da saltos así con las rodillas izquierda y derecha simultaneándose. Así como si corriera sin avanzar ni un centímetro. Abro la mochila. Así en plan decidido. Saco el ordenador, el teclado, el ratón. La batería no, porque no creo que vaya a durar mucho el impulso. Pongo la nota con las palabras referencia y aceptación debajo del teclado. Comienzo a teclear.
Se te echaba de menos 😊
ResponderEliminarGracias :)
Eliminar