La modelo
Kyoto_love desliza los dedos entre su tanga fino de cuero. Sus gemidos acompañan a una melodía latina que suena de fondo. Sus ojos grises entreabiertos se dirigen de vez en cuando a la cámara. Kyoto_love luce una media melena rubia a lo Marilin. Sus pechos de piel clara desbordan un corsé, también de cuero oscuro, cerrado con varias lazadas finas de tela roja.
—A qué te ha gustado, dime que sí, me has dejado empapada…—dice Kyoto_love mientras se reincorpora.
En la pantalla del ordenador de Kyoto_love aparece un hombre moreno, de unos 50 años, con entradas pronunciadas y barriga prominente.
—Sí, me ha encantado, espero volver a verte —responde mientras comienza a ajustarse sus ropas con movimientos precipitados, como al vestirte deprisa cuando te levantas tarde.
La vídeo llamada termina y Kyoto_love se levanta de la cama. Apaga el ordenador —la música latina deja de sonar— que está sobre un soporte. También desenchufa dos focos colocados sobre sendos trípodes. Después, se dirige al otro extremo de la habitación, donde se ubica un perchero portátil, junto al que se quita el corsé y del que coje una bata de raso rosa pálido que se ajusta al cuerpo. Más tarde, se dirige a un tocador grande frente al cual se sienta para desmaquillarse. Antes, se quita la peluca rubia y la cuelga, a la izquierda, en un soporte ovalado de metacrilato. Este se halla junto a otro par coronados respectivamente con un postizo pelirrojo y otro verde pálido.
Unos minutos más tarde, llaman a la puerta.
—Gloria, perdona. Imaginaba que ya habías terminado —dice una joven de unos treinta años.
—Sí, sí, tranquila Lucinda, no hay problema, ya salía —contesta Gloria mientras que se pasa la mano por el pelo.
Gloria abandona la habitación. Cierra la puerta. Ahí se para junto a Lucinda.
—Dime, Lucinda.
—Hoy la he tenido que ayudar a comer. Tu madre comienza a olvidar cómo se utilizan los cubiertos. Al principio estaba enojada. Después se diría que se ha emocionado cuando he comenzado a ayudarle… «Anda, Virginia, tranquila, estoy aquí para ayudarte», le he dicho y parecía que me entendía.
Gloria la escucha. Su gesto es tranquilo.
— Otra cosa, Gloria… —duda Lucinda y su voz se entrecorta— he estado pensando mucho en lo que me dijiste el otro día… qué puedo hacer… me gustaría que me enseñaras el oficio. Necesito el dinero. También te tengo que decir que seguiría trabajando contigo. Os aprecio mucho a las dos. No te voy a dejar sola. Ahora no.
—Tranquila, ya te dije que podías contar conmigo. Yo también he estado pensando. Puedes venir si quieres a vivir una temporada con nosotras. Mamá está muy a gusto contigo… y yo también. Así creo que todo sería más fácil. Después ya veremos más adelante. ¿Qué te parece?
—¿En serio, Gloria? Me encantaría. No sé qué decirte.
—No tienes que decirme nada… Bueno, no te preocupes, anda, vamos a la cocina… ¿o te tienes que ir ya? Ya vamos hablando para concretar…
—Sí, sí, me tengo que marchar… Bueno, Gloria, muchísimas gracias. Me encanta tu propuesta. Hablamos. ¡Dale un beso a Virginia!
Gloria acompaña a Lucinda a la puerta. Se dan un abrazo. Lucinda tiene los ojos brillantes. Gloria, también. Tras cerrar, Gloria va a su cuarto. En una de las paredes, hay colgada una foto de graduación grande, enmarcada, junto a sus compañeros de promoción de Trabajo social del año 2010. También, dos estanterías repletas de libros. De una de ellas, coje un ejemplar de Dostoïevski, así como un bolígrafo y una libreta de tamaño cuartilla, forrada con papel rojo claro y notas musicales, en la que está escrito, en una etiqueta blanca, con letras alargadas y finas: Mamá.
A continuación se dirige a la cocina donde una televisión emite el concurso de La ruleta de la fortuna.
—Hola mamá, me han dicho que ya has cenado. ¿Sabes…? Lucinda va a venir a vivir con nosotras. Ha aceptado. Ya ves, qué alegría. Vamos a estar acompañadas. No me gusta lo que me ha pedido… pero quién soy yo para juzgar a nadie. Lo mismo encontramos las dos más fuerzas para tirar estando juntas. Las tres.
Gloria va hacia Virginia, que la mira sin decir nada. Gloria le pasa la mano por la cara antes de darle un beso en una mejilla. A continuación, se calienta un plato que estaba preparado en el microondas del que va a dar cuenta de pie, apoyada en el mueble de cocina. Acto seguido, se sienta frente a Virginia. Coge la libreta roja y busca el día correcto. Comienza a escribir: «10 mayo. He hablado con Lucinda. Le ha encantado la idea de quedarse con nosotras. Me ha contado que hoy te ha costado usar los cubiertos (me gusta su forma de preocuparse, me transmite mucha paz). Todo va a ir bien, mami. En lo que toca a la lectura, hoy vamos a comenzar Crimen y castigo. Recuerdo cuánto te gustaba. Cuántas veces dijiste que Dostoïevski lo dijo todo del ser humano… Cuánto te echo de menos.»
A continuación, tras cerrar la libreta roja, que aparta a un lado, toma el libro. Lo abre —acaricia lentamente la hoja por la que va a comenzar con la palma de la mano— y comienza a recitar con voz clara y decidida:
«Una tarde extremadamente calurosa de principios de julio, un joven salió de la reducida habitación que tenía alquilada en la callejuela de S y, con paso lento e indeciso, se dirigió al puente K. Había tenido la suerte de no encontrarse con su patrona…»
Eterna vida y gloria bendita pa Kyoto_love......Muy buenos días broder mio😘😘
ResponderEliminarMuchas gracias, canijo :) !!!
EliminarHolà Mario
EliminarNo comprendo Todo mais le gusta - esta bien
Somos hoy in Paris con mi familia
Buen dia
Fabienne & Felipe
Muchas gracias, Fabienne y Felipe :) Que tengáis un buen fin de semana :)
ResponderEliminarBonita y triste historia, un beso Mario.😘😘
ResponderEliminarGracias mil, Dani 😘
EliminarMe ha encantado. Felicitaciones Mario.
EliminarMuchas gracias :)
EliminarPrecioso relato
ResponderEliminarMuchas gracias :)
EliminarPrecioso relato Feliciano perez
ResponderEliminarMuchas gracias, papá
EliminarMuy buena historia commovedora Mario
ResponderEliminar