Mi carro

 Recuerdo aquellos días perfectamente. Mi llegada a la ciudad. La reunión con Paquita, en la que le daba razones para que me aceptara como inquilino mientras jugueteaba con su gatito Puskas —del que decía lo contento que se ponía cuando ganaba el Madrid—. En esa conversación, en su casa, aún era poco consciente de la vida que me esperaría con ella. No deparé aún en el eterno olor a tabaco que despedía su aliento y que impregnaba cada uno de los rincones del lugar. En sus continuas críticas a la mala situación del país o a los anteriores inquilinos de la habitación que alquilaba. O a los impuestos que tenía que pagar para financiar a sabandijas que se beneficiaban del sistema… Supongo que entonces aún ignoraba cuánto me molestarían después esos detalles. La situación apretaba y yo, sin trabajo y —siendo realistas— con una mala situación económica, necesitaba encontrar un sitio para vivir.

Días más tarde, me mudé al piso de Paquita. Al principio, todo fue bien. Comenzamos a comer juntos con frecuencia —siempre me gustó cocinar— y a mantener buenas charlas de sobremesa, como aquellas en las que compartíamos anécdotas y alguna que otra confidencia: nuestras infancias, juventud o la historia de su traje de boda, confeccionado por una modista de El Ejido. “La ciudad de mi Manolo (en referencia a Manolo Escobar)”. Fue en esos momentos de conversación donde comenzó todo. Las charlas banales dieron lugar a preguntas cada vez más personales. A esas miradas inquisidoras de policía o de cura con las que me sentía juzgado e intimidado. No pasó mucho tiempo antes de que comenzara a costarme cada vez más trabajo estar con esa vieja fisgona.

Comencé a distanciarme. Normal. Yo creo que ella se dio cuenta. Hablábamos —por supuesto— pero yo ya había decidido tomar distancias y eso se me nota a leguas. No era la primera vez que mi actitud esquiva me jugaba malas pasadas. Es como si mi alma paseara en pelotas y todos pudieran verla y hurgar en ella.

Cada vez salía menos de la habitación y me cruzaba menos con ella. Eso parece que alentó otro tipo de hostigamiento en forma de protestas y reproches: “No tires de la cisterna después de usar el servicio por las noches, que es un gasto y hace mucho ruido”. Si no: “Cuidado con las puertas al cerrar, que retumban por toda la casa (a veces me sentía como un atracador girando el pomo sigilosamente, para no molestar, como para asaltar un piso). Que si había visto el túper con las lentejas o con los macarrones, que si no me los había comido yo. Que le faltaba fruta de la nevera…

En un momento dado, me di cuenta de que aquello no podía continuar. Con toda la tranquilidad que pude se lo dije: “Paquita, tenemos que hablar”. Ella se encabezonó al principio. Parecía sentirse agredida. Que ya se esperaba eso de mí, que yo era muy raro. Que mi actitud era muy negativa. Finalmente, tuve que meterla en razón y parece que consintió intentarlo. Los días pasaron y todo volvió a una cierta normalidad. Compartíamos piso, pero de alguna forma, cada uno permanecíamos el máximo de tiempo en nuestras respectivas habitaciones y no nos cruzamos durante días.

En fin, sabía que me la jugaría. Todo no podía ser tan bonito. Creo que llevo aquí encerrado entre estas cuatro paredes blancas más de dos semanas. Dicen que no es una cárcel. ¡No! ¡Tiene que ser peor! No me sorprende. Me di cuenta de su chanchullo para sacarme del piso cuando esos tipos golpeaban la puerta. Con qué violencia me movilizaron. Registraron mis cosas. Madre mía, qué cinismo. Ni siquiera tuvo la vergüenza de salir de su habitación a mirarme a los ojos. A despedirse. La muy cerda. Será cobarde. Seguro que llamó a su hijo y le contó lo que ella quiso de mí. ¡Ella es tan víctima!

Tengo que confesar que ignoraba que tuviera tantas influencias la muy puta. Cómo habrá logrado que me retengan aquí, en esta especie de psiquiátrico. ¡Me tienen atosigado!, ¡una reunión tras otra! ¡Y venga preguntas raras!: Qué quieren que les explique. A mí qué me cuentan que estuviera vestida con su traje de novia en la cama. Que hubieran encontrado su cabeza y la del gato en el frigorífico. Que por qué la guardé allí… ¡Y yo qué sé! ¡Hay que joderse! Esta última pregunta me hacía gracia. Lo mismo lo había hecho para que comprobara, por sus propios ojos, que era ella, la sucia gorda, y no yo, la que se lo comía todo.

Comentarios

  1. Que bueno, Mario... No lo vi venir😅👏👏👏

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    1. Muchas gracias, Dani. Música para mis oídos si tuvo ese efecto. Un abrazo, guapo 😘

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  2. 👋👋Mario es una bonita historia con suspenso que no esperaba para este fin por companero de piso. Aqui puedes escribir historias policiacas. Te convertiras en gran escritor. Buena tarde, Hasta luego 🙂🙂

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