Joe Carmín, la apertura (Capítulo II)

 

Una semana más tarde, allí estaba Joe Carmín, en la puerta del local. Qué locura. Comenzó a sentir cosquilleos en el estómago ante el desafío. Abrir un negocio en aquel barrio anclado en el pasado. ¿Qué iba a hacer? El recinto era inmenso, un rectángulo profundo de 25 metros, por 8 de fachada. «Cualquier día —solía decir su tío Tomás al veterinario— te compro el local», refiriéndose a la clínica veterinaria que daba a la calle de atrás, cuyo fondo lindaba con su tienda. «Bueno, para eso también hace falta que tú quieras, Luis. —Que así se llamaba el veterinario—. Así —añadía su tío sonriendo—, hago un Cortes Inglés pequeñito que dé a las dos calles. Entras en la tienda, comienzas por los garbanzos y sales por la calle Lisboa, con el uniforme del niño y los bolígrafos para el colegio».

Y esa idea «Qué negocio poner», le rondaba por la cabeza mientras que recorría las diferentes estancias en que se dividía el recinto: la entrada, el cuarto de las neveras y una trastienda que se usaba de almacén, tras la cual se habría una puerta que daba a un apartamento interior, dividido por un pasillo central ante el que se abrían dos puertas en cada lado. A la izquierda, dos cuartos y, a la derecha, una cocina y un cuarto de baño. 

«Qué poca ventilación, se dijo, quién ha podido dormir aquí. Lo mismo lo usaban si se peleaban. De momento, no pienso en esto». Vuelta a la tienda. A los mostradores. Pasando el dedo índice por el polvo de las vitrinas que ya no albergaban jamón ni chacinas ni nada comestible.

—No, no quiero vender ni alubias ni tocino, eso está claro— exclamó. Y así, transcurrieron varios días en los que reflexionaba en las diferentes posibilidades que iba desechando una a una. Porque sí, porque él quería hacer algo diferente. Porque al pensar, por ejemplo, en las peluquerías no evitaba reprocharse: «Ya hay muchos maricones en eso». Ni tampoco, en algo más moderno, un vídeo-club. «Tampoco he sido nunca muy de cine. Y ahora tener que estar detrás de la gente para que te devuelvan las películas. Qué pesadez».

Pasaba el tiempo y a Joe no se le ocurría nada. De su primer impulso, ir allí y crear algo diferente, apenas quedaba nada. «¿Qué coño voy a hacer aquí?» Así le decía, por teléfono, a la Loba, su amigo de Barcelona, con quien tantas aventuras había vivido.

—Maricón —le decía la Loba— con la de ideas que tienes tú.

—Que sí, Loba, que yo tengo ideas, pero tú no te puedes imaginar lo cutre que es esto. Que no quiero poner algo con lo que esté hasta el coño a los dos días. Que yo me conozco. Que sí, que me lío la manta a la cabeza, pero que después también me vengo abajo y me harto— le respondía Joe.

—Qué exigente eres, reina. Yo me parto contigo. Ya iré a verte y te daré motivación —reía— que es lo que te hace falta. Que mira, que allí por lo menos tienes el Moro cerquita y buen costo no te va a faltar. Y que tú tienes muchas ideas, te lo digo otra vez. Tú acuérdate de los sitios dónde has estado. Cierra los ojos, o te cojes un vuelo, y te vuelves a visitar Amsterdam, o Londres, o yo que sé, monta algo loco. Haz lo que me dijiste. Líala en el barrio. Que si te tienes que marchar que sea con la cabeza alta y dejando atrás tu impronta, que de eso no te falta.

Joe se reía y dejaba hablar a la Loba.

—Ay, cuantos años de puta y a veces parece que todavía no has conocido un buen nabo.

—Bueno, eso sí que haría falta aquí —carcajada— aquí hay más de una y uno que parece que lo está pidiendo a gritos.

—Pues nada, ¡pon una tienda de nabos! —Joe se moría de la risa mientras que finalizaba la llamada con su amigo.

Después de aquella conversación, Joe pareció haber cogido energías. Con ganas renovadas se encerró en el piso de sus tíos. Comenzó a dibujar. A escribir ideas, a desecharlas. A garabatear papeles. A hacer llamadas por teléfono. En breve, los albañiles aparecieron por el local cuyas puertas y ventanas laterales se cubrieron con pintura negra que impedía ver al interior.

Un mes más tarde, en otoño de 1984, se anunciaba a bombo y platillo la apertura del nuevo establecimiento, en la calle Afán de Rivera, en la antigua tienda de ultramarinos de Tomás y Consuelo. Lugar cuyo luminoso, desde su colocación en las vísperas de la procesión de la Virgen de los Dolores, por el barrio del Cerro del Águila, no había dejado de dejar atónitos a los transeúntes: Carmín Amenities, el primer sex-shop de la provincia de Sevilla.

Capítulo III

 

 

  

 

 

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