No Sex, no Party (Cap III)
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—Es mucho más de lo que imaginaba— exclamó el cura del barrio, una vez que hubo traspasado el umbral de la tienda. Un momento antes, había sonreído ante el rótulo fucsia sobre la puerta: Carmín Amenities. Miraba alrededor, justo cuando Joe Carmín salió a su encuentro: «Vaya, padre, esta era una de las últimas visitas que esperaba».
Don Antonio era el cura del barrio. Persona con la que ya había coincidido Joe Carmín unos días antes y con la que había bromeado sobre si bendecir o no el local (a lo que el cura repuso, con cierta ironía, que no creía que fuera una buena idea). «Está bueno el cura, un quesito suizo», se dijo entonces. Don Antonio era un tipo delgado, bajito, de piernas, torso y brazos definidos, dignos de haber sido inmortalizados por algún Praxíteles. De piel clara. Moreno. Con un flequillo corto que perfilaban, a ambos lados, sendas orejas puntiagudas como las de un elfo. De labios delgados y alargados, además de una nariz aguileña. Conjunto que le daba un aire perspicaz y sabiondo.
El cura giraba la cabeza, recorriendo, con la mirada, el local. Observando las diferentes zonas que lo componían. Joe tomó con ganas el interés mostrado por el cura mientras que se decía «¿Qué habrá venido a hacer este?»
—He tirado —comenzó a explicar Joe— los tabiques del cuarto de las neveras. ¿Recuerda que estaban allí, al fondo, a la derecha? ¿A qué se ve ahora el local mucho más grande? También, los del almacén, para dejar el espacio lo más diáfano y grande posible para darle la forma que yo quería. Atrás —decía extendiendo el brazo— solo queda una trastienda con la que no sé qué hacer todavía —en realidad, se refería a la parte del bien que lindaba, al fondo, con la clínica veterinaria. Ese lugar donde había habitaciones, una cocina y un cuarto de baño. Ese espacio extraño, en el que apenas había entrado, cuya puerta de acceso había ocultado con un mueble expositor, sobre el cual había un rótulo: No Sex, No Party— . Quiero que sea un sitio amplío y claro. He visto demasiados sex-shops por Europa lúgubres y sórdidos. No quería eso para este barrio.
Don Antonio recorría la tienda, observando atentamente. A la izquierda de la entrada, la sección de librería cuyo contenido iba desde el Kama Sutra o novelas eróticas, hasta revistas porno, para chicos, para chicas, de chicos con chicos y de chicas con chicas. Traídas muchas de, entre otros países, Alemania o Francia. «¿Y cómo van a leer esto en alemán, o en francés? —pensaba para sí el cura, aunque después sonreía— Me da a mí que la lectura les importa poco». Lo mismo se dijo cuando pasó, un poco más a la derecha de esta librería, por la sección de películas «estas son de veinte equis, madre mía», pensó.
Mientras, por el hilo musical, sonaba una canción de Serge Gainsbourg. Je t’aime, moi non plus.
—Esa es la esquina Zen —le dijo mientras señalaba en la misma dirección que el cura dirigía su vista, hacía la esquina al fondo a la izquierda del local en cuyos lados había dos sillones rojos largos de tres plazas cada uno. Frente a los dos sofás, se situaba una fuente pequeña con una pileta turquesa presidida por cuatro figuras de ranas, cada una con un pene erecto del que surgían chorros de agua a un ritmo armónico.
Don Antonio, sin decir nada, subió la vista, aún dirigida a la esquina Zen. En un lateral, había una luz de neón rosa: Endless love, opuesta a esta luz, otra, esta vez naranja clara, consistía en un pene, en posición horizontal, conteniendo el siguiente mensaje: Grande y libre, en letras rojas, amarillas y violetas, junto a un dibujo con una fresa con estos mismos colores. Completaban el conjunto, una máquina de café y otra de refrescos cuyo cartel de publicidad había sido cambiado por una foto del Moulin Rouge.
Tras apartar la mirada, y sin hacer ningún comentario, volvió la vista a Joe, que entendió que Don Antonio quería continuar con la visita guiada.
Ahora suena Joe Dassin: À toi.
—Mire, eso es lencería femenina —le dijo señalando con el dedo a un mueble, a la derecha de la esquina zen, con vitrinas, que parecía restaurado—. La hay muy bonita para señoras y para las más jóvenes. Los corpiños, estoy seguro de que van a gustar mucho. También hay ropa interior para chicos —decía mientras señalaba otro expositor con estructura de hierro rojo metalizado, el que ocultaba la puerta que daba a la trastienda— En este había uniformes «que ahora están muy de moda»: de enfermera, de bombero, de institutriz, etc.
—No Sex no Party —leyó el cura, en voz alta, mientras miraba al luminoso rojo sobre el expositor—. Pues yo no estoy de acuerdo con eso. Yo creo que sí, que hay otras formas de disfrutar muy bien en la vida —añadió Don Antonio.
Varios segundos de silencio.
—Huele bien —dijo don Antonio que inhalaba con intensidad mientras levantaba la barbilla y cerraba los ojos, ante la mirada de Joe que lo observaba como un enamorado a su primera novia.
—Sí —se recompone, Joe—, me gusta aromatizar con velas. Me vuelve loca… perdón, disculpe. Me encanta la limpieza, en realidad. Que huela a limpio. Soy un obseso. Y que huela bien, por supuesto. Ahora, a jazmín, pero tengo ahí preparadas otras velas de un montón más de aromas, de lavanda, rosa, naranja, canela, sándalo… me encanta. Mire, padre, ¿le puedo llamar así?, esto lo mismo hasta le gusta y todo, y al final, le vendo también a usted y me trae clientela —le dijo mientras le señalaba otro mueble expositor, más a la derecha, donde había aceites esenciales, jabones, cremas y fragancias.
El cura, entonces, no supo si mirar o no ante lo que seguía, más a la derecha hasta la esquina, continuando por el muro siguiente, en dirección a la puerta de entrada : una docena de repisas de metacrilato verde, las cuales contenían bolas chinas, arneses, vibradores, consoladores, juguetes anales, además de todos los juguetes y artilugios que se pudieran esperar en una tienda semejante, todos de tamaños y colores diferentes. Joe, quiso desviar rápido la atención del cura:
—¿Le puedo ofrecer una chocolatina? —le dijo extendiéndole un gran bote de cristal lleno de chucherías de formas infinitas.
El cura reculó un poco, como sorprendido, y después alargó la mano cuando se dio cuenta de que no había trampa en la propuesta. Cautela debida, seguramente, por el lugar de procedencia del bote de cristal, situado junto a otros cuantos, conteniendo cientos de condones a granel de diferentes modelos, tonalidades y tamaños. Estos, a su vez, se hallaban, en un mueble expositor, junto al mostrador, que le era familiar a Don Antonio. Con un primer cuerpo con una estantería que lo dividía en dos. Cerrado, cara al público, por una vitrina. Coronado por otra esférica que solía contener antaño chacinas, quesos y fiambres, y que ahora albergaba figuras de porcelana, recuperadas algunas de la casa de Tomás y Consuelo, sus tíos, y otras, de las estancias en la antesala de la tienda.
—Sí, es el único mueble que he salvado. Me recordaba demasiado a mi infancia y he querido dejarlo aquí, para guardar los bombones y lo otro que acaba de ver, con lo que se había asustado... En fin, soy un sentimental.
Suena ahora Iggy pop. I Wanna Be your Dog.
Don Antonio sonrió y dio las gracias por la chocolatina. «El dulce me pierde», dijo esbozando una ligera sonrisa maliciosa.
Tengo que reconocer que hay color en todo esto. Y mucha personalidad —dijo mientras miraba, de nuevo, el tercer neón: No Sex no Party—. Hay algo, además, que no puedo explicar, para lo que no encuentro las palabras, de eso no hay ninguna duda. —Don Antonio comenzaba a hablar cada vez más lento, como escogiendo las palabras que saldrían a continuación.
— Mira Eladio. Porque así te llamas, ¿verdad? Lo sé por una vecina, que te conoce de cuando eras niño, que me ha hablado de ti. Mira, yo veo que aquí le has puesto mucha ilusión, mucho trabajo. Esa es la verdad. Es muy bonito y acogedor. Bueno. También te tengo que decir, Eladio, que la apuesta que estás haciendo es muy complicada, tienes que prepararte para lo peor. Yo no deseo, te lo digo en serio, que a ti te vaya mal.
»No te creas que esto que te digo es porque yo sea cura. Para nada. Yo soy de la Iglesia de la liberación y en nuestra interpretación tenemos una perspectiva muy diferente, una forma nueva de ver los evangelios. Más acorde con lo que necesitamos ahora. Bueno, quizás estés al corriente.
»Por mi parte, no vas a tener ningún problema. Ni campaña de desprestigio ni persecución contra ti. También es verdad que no puedo apoyar esto que tú haces tampoco. Solo decirte que es un riesgo el que tomas y que puede que este no sea el lugar idóneo. Solo quería prevenirte. También te pido que no juzgues mal a la gente si se resisten a entrar en este negocio tuyo. En cualquier caso, que eso no tiene nada que ver conmigo, con la iglesia.
Con estas palabras concluyó el sacerdote que tendió la mano a Joe, a Eladio, el cual devolvió el saludo. Luego, acompañó al padre a la puerta para despedirlo. Pudo observar un grupo de tres vecinas que habían cambiado de acera al verlos. Cariacontecido, regresó al local, para descolgar el teléfono.
—Hola Loba. Sí, yo te echo de menos también.
»¿Qué cómo va todo? Pues mal. Imagina, una semana desde la apertura, y, el primero que me entra es el cura para decirme que no me extrañe si me arruino. Será cabrón.
»Que sí, que hice los fliers. Cogí a los niños esos modernitos que te dije.
»Que no, que me fío de ellos, que no me han engañado. Que lo han repartido bien. Con el teléfono y todo. Que te digo yo a ti que aquí nadie va a entrar. Que ya me lo dijo el veterinario el otro día. Sí, el que te dije que me había encontrado en el autobús. En el 26, como dicen aquí.
»Ahí, Loba, espera, un momento, ¡que tengo una llamada, que me da un patatús! ¡Te dejo, lo voy a coger!
Oleeeee
ResponderEliminarMuchísimas gracias :)
EliminarDa para una saga ;)
ResponderEliminarGracias, Sebs :)
EliminarMuy bien hilado, Mario... tintes Almodovarianos.
ResponderEliminarMe encanta. Un abrazo.
Muchas gracias, y un abrazo :) ¿Quién eres?
EliminarMe encanta Mario 🥰
ResponderEliminarMuchísimas gracias :)
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