Joe Carmín

 

Como Iggy Pop, con el lazo de una correa de perro de cuero fucsia anudado en el cuello. Así apareció el primer día, en el Cerro del Águila, Eladio Torres —o como le conocíamos todos, Joe Carmín, «me gusta Joe porque se escribe como ¡joé!, como para mostrar enfado, y se dice You que es muy tierno. Ternura y rabia, eso mola»—. Eladio, o Joe Carmín, había aparecido por ese culo del mundo para arreglar, como único beneficiario, la herencia de su tío, Tomás Torres. Este, junto a su mujer, también recientemente fallecida, Consuelo Miranda, habían regentado una tienda de ultramarinos, durante 30 años, en el barrio. Negocio cuya clausura había originado la pena de sus antiguos parroquianos.

Esa mañana de octubre de 1984 el día se despertó desapacible. Con un ligero viento que hacía más desagradable el frio de otoño incipiente. Joe llegó a bordo de un Volkswagen escarabajo verde limón que aparcó en la calle de la plaza (gracias a Dios era temprano porque, en caso contrario, no habría habido forma de encontrar aparcamiento y quizás se habría frustrado, se habría ido, y quizás la historia habría sido otra). Pues eso, frente a la entrada de la plaza de José María de Pereda, del coche verde limón, salió un tipo larguirucho, correa fucsia al cuello. Otrora moreno, de pelos cortos de punta teñidos con agua oxigenada, pantalones de pitillo vaquero gastados y botas de cuero de punta también fucsias.

Pronto supimos detalles de la trayectoria de Joe. De su salida de Sevilla 20 años antes. Del hartazgo por sus costumbres casposas, acentuado por la falta de libertad del dictador. De su traslado a Madrid donde encontró un trabajo en el Hipódromo de la Zarzuela, lugar en el que conoció a la que fue su pareja durante mucho tiempo: Edu. Cuidador de caballos, entre ellos, Carmín, uno de los más célebres que hayan corrido en los circuitos de España. Caballo árabe zaino con una mancha blanca en la cara junto al cual Joe podía pasar horas. «Gracias porque no te moleste que haya tomado tu nombre prestado, noble Carmín, mi sultán colorado, pero yo también soy dulce y bestia como tú», le decía a menudo mientras que pasaba su mano por el lomo del animal.

En compañía de Edu, Joe pasó algunos años en Madrid. Su vida transcurría confortable y placentera, entre competiciones por ciudades de España —y algunas de Europa— a las que Joe pudo asistir como ayudante de Edu. Vida de alta sociedad en la que se infiltró, gracias a Edu y a la impecable trayectoria de Carmín. Veranos en Sanlúcar, restaurantes caros en San Sebastián, reuniones en la Moraleja en casa de los Astolfi, entre otros eventos. Sin embargo, esa vida de cócteles y canapés, de postureo, según deíca, acabó por aburrirle. Cierto día, a mediados de los años 70, decidió abandonar Madrid, a Edu y a su querido Carmín: rumbo a Barcelona, que comenzaba a ser una de las capitales europeas de la cultura underground. Allí conoció la vida nocturna, el ambiente moderno y liberal. Las discotecas, las luces de neón, los espectáculos de travestis y transformistas. Desde Barcelona, viajó a Londres, a Berlín, a París, lugares donde aprendió de moda, de las nuevas costumbres y del lenguaje de la libertad. No tardó mucho en hacerse un nombre, como relaciones públicas, en los locales de moda, que no paraban de reclamarlo. Hasta que cierto día, estando en Paris, recibió una carta inesperada, por cuestión de una herencia, que lo llevó a Sevilla.

«¿Qué hago con esto?», se dijo a sí mismo cuando le dieron las llaves del local. Cuando franqueó la puerta de esa tienda de ultramarinos. Cuando vio la vitrina en la que se había apoyado tantas veces. Su tío Tomás preparándole un bocadillo de jamón york y queso Cigarral en una pieza de pan de viena recién salida del horno. «¿Te gusta?», le decía mientras se lo acercaba, liado en papel de estraza, con una sonrisa dibujada en la cara. Su tía, Consuelo, ofreciéndole onzas de chocolate, a escondidas, como la que pasa contrabando oculta en una esquina. 

Joe salió de la tienda. Bajó las persianas metálicas. Con estos pensamientos comenzó a dar una vuelta por el barrio. Ya se había quitado el collar perruno del cuello. «Demasiado cante», se dijo. Se sentía demasiado observado y aquel momento era de recogimiento. Pasó junto a la carbonería y saludó al dueño con una sonrisa. Pasó por el bar en el que desayunaba con la abuela y con el tío Tomás. Por la frutería de Julia. Por la carnicería de Antonio. Por la quincalla de Manolito. Por la lechería de Juan. Por la plaza, con sus sonidos de tenderos que hablan a gritos con las clientas. Con olores a fiambres cortadas de colores vivos. A codornices y conejos, carnes rojas y blancas engarzadas en ganchos de corsario. A pescados más o menos frescos ordenados como un ejército de soldados de plomo. A adobos y aceitunas, presentadas en tinajas de barro. Cuánto color, pensaba, cuánta vida. Pero qué brutos son todavía. Cómo miran, ni que yo fuera un bicho, se decía sonriendo, como perdonándolos, diciéndose «qué pinto yo aquí», pensando ya en su otra vida, en Paris, Montmartre, la Chatte Sauvage y la programación para aquel invierno. 

Absorto en esos pensamientos, pasó junto a un local de recreativos, del que salía un grupo de jóvenes. Le llamaron la atención sus ropas negras, sus pelos largos y cardados. Sus zapatos de colorines y botas de piel de leopardo. Sus porros en la mano —junto a vinilos de portadas oscuras y nombres de grupos impronunciables— echando un humo que, junto a sus pintas, provocaban los comentarios de las personas que transitaban junto a su lado. De repente, le hizo mucha gracia no ser el único extraño en aquel ecosistema decadente y, al mismo tiempo, lleno de vida. Se fue hacía ellos para preguntarles algo intrascendente, como alguna dirección. Su forma de hablar, medio gangosa y entonaciones pronunciadas en sílabas imposibles, con vocabulario escogido de giros rimbombantes, le llenó de ternura. «Aún hay esperanza», pensó mientras sonreía con un gesto que los jóvenes consideraron fuera de lugar aunque acorde a ese ser extraño que más tarde convinieron en calificar como «alguien que molaba. ¿De dónde habrá salido?»

Joe se despidió de ellos y retomó el camino hacia el coche. Ralentizó sus pasos. Paró en la esquina de la plaza. Sacó un cigarrillo del paquete de Marlboro. Miraba alrededor mientras a veces giraba la cabeza de izquierda a derecha, como diciendo que no, mientras que otras cambiaba el sentido para afirmar. «Pourquoi pas ? Tampoco le vendría mal algo de aire nuevo a este barrio», comenzó a pensar. Y así, fue adquiriendo forma la idea. De esta manera, cuando había entrado en el coche, todo estaba decidido. Vuelta a casa. En menos de una semana, había arreglado sus cosas, en París, para volver a Sevilla. «Ya toca, creo, ya es hora de que se me pase el enfado a mí también». Plan decidido: vivir en el piso de los titos y hacer algo con el local de la tienda de ultramarinos.

Capítulo II

  

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