Fanny
Fanny era una perrita pequinesa, negra y con un matojo de pelo blanco en el pecho. La trajo mi padre, siendo un cachorro, cuando recién nos habíamos mudado a la casa de Afán de Rivera. Su nombre se lo puso mi madre por una perra que ella tuvo de pequeña. El primer día, nada más llegar, mi madre la bañó en un balde de zinc en el patio de nuestra casa. Hecho que casi le cuesta su diminuta vida ante el desconocimiento de mi madre de que ese animal pudiera ser bañado tan pequeño. Mis hermanos y mis padres, todos, nos mantuvimos en silencio observando la evolución de Fanny. El veterinario, que había venido a casa, nos tranquilizaba, sosteniendo entre sus manos el tembloroso cuerpo de la perrita. «No pasará nada», nos dijo.
La llegada de la perrita supuso uno de los hitos que vertebraron aquel año de 1982. Desde el mudarnos a aquella casa inmensa, con un patio de más de cuarenta metros y una habitación al fondo con otros tanto, donde jugábamos al ping-pong, al fútbol o a lo que se terciara.
Fanny fue la compañera de mis años de juventud. De niñez y adolescencia. Presente en innumerables momentos. Recuerdo llevarla, como Elliot a ET, mientras pedaleaba con mi Motoretta roja metalizada. Con la perrita sacando la cabeza por la apertura superior del bolsillo de mi chaleco. Lengua fuera al viento y vista al frente, con las patitas delanteras sosteniendo su cuerpo agarradas en la tela. También, lo feliz que se sentía ese animal en el patio de casa, de paredes encaladas y decenas de macetas. Lugar en el que corría tras la manguera de mi madre, o, simplemente, en el que descansaba durante horas al sol o a la sombra, dependiendo de la calor, con toldo o sin toldo. Pradera de cemento apta para acoger su vida perruna. Desde sus necesidades más básicas hasta la comida que religiosamente le preparaba mi madre.
Así transcurría apacible la vida de Fanny, sin mayores sobresaltos, solo quebrados por algún incidente motivado por su instinto perruno. En la azotea del cuarto interior de la casa, mi padre había construido una «suelta» de pájaros. Metros y metros de mallas de alambre dando forma a un hogar para aves. Desde palomas a algún faisán, o canarios, o periquitos, o tórtolas, o codornices. Refugio animal, o si no humano, donde fumé escondido algunos cigarrillos. Pensión aviar que, como Alcatraz, también adolecía de alguna falla por la que diversos animales pudieron adivinar una salida a su reclusión. Escapatoria que, sin embargo, no llegaba más allá del patio, de los límites del reino de Fanny, cuyo perímetro consistía en altos muros encalados demasiado altos para la huida. Escapatoria condicionada también por sus alas, en muchos casos, recortadas e inhábiles para levantar el vuelo. Destino cruel para esos seres alados, tras ser acorralados, terminaban por sucumbir a las fauces de la perrita que, una vez capturada la presa, daba cuenta de ella detrás de un sofá de la habitación.
Por desgracia, llegó el día en el que mi padre se hartó. Tras llegar a casa, sorprendió al animal lamiéndose los morros, con alguna plumilla blanca aun adherida a su hocico. Instinto para comer y para saber que aquello no era bueno para ella. Que no era la primera vez que pasaba y que la somanta de palos, por parte de mi padre, volvería a caerle. «Que me quiten lo bailao», supongo que podría haber pensado Fanny, en esos momentos, para aliviar su angustia.
Sin embargo, ese día iba a ser diferente. Mi padre cogió una caja donde metió a la perrita. «Esta no se come más pájaros». Mis hermanos y yo nos echamos a llorar desconsolados. Mi padre montó a la perra en el coche. Los momentos posteriores pasaron con parsimonia. Sin ganas de comer. Sin ganas de reír. Ni de jugar hasta que la cerradura volvió a sonar. Fanny volvía y mi padre más tranquilo dijo que reforzaría la «suelta» para que no escaparan más pájaros. La perrita entró corriendo, contenta por regresar. En algún momento, mi padre había dado marcha atrás en su decisión sin cumplir su amenaza de abandonarla en medio del campo, por lo que regresó con Fanny que ya no volvería a faltar de casa hasta que un día tuve que llevarla a que le pusieran la inyección.
La vida en aquella casa continuó plácida para la perrita que pareció llevar bien las ausencias de otras presas. Días tranquilos en compañía de mi madre y de nosotros, compañera de juegos, solo interrumpidos por sus pequeñas escapadas. Porque sí, porque Fanny poseía, igual que una atracción por las codornices, un impulso por escapar de esa casa. Costumbre que nos obligaba a ser prudentes. Vigilar que la perra no «nos cogiera las vueltas» para fugarse a la calle. Ante el menor descuido, allí estaba Fanny saliendo despedida al asfalto, cual medalla de oro olímpica de los cien metros lisos, atravesando la siempre transitada, Afán de Ribera, esquivando, la mayoría de las veces, coches, camiones y autobuses, ante nuestra perplejidad y estupefacción.
En ese momento, en el que el animal se perdía por el horizonte del barrio, tocaba, a la persona a la que le hubiera tocado estar allí, correr detrás de Fanny, como en una persecución de policías y ladrones. «¡Va por allí!», podían exclamar las vecinas acostumbradas a las razones de tales carreras. Trayectos que, a menudo, alcanzaban distancias considerables de casa.
Cierto día, me tocó a mí. Fanny salió corriendo desbocada. Cerré la puerta de la casa y fui tras ella. Para mi desazón, busqué a Fanny durante un buen rato. Desesperado, volví a casa a por la moto, la cual cogí, para dar una vuelta sin éxito por el barrio, hasta que decidí volver para pensar en otras soluciones. Para mi alegría, allí estaba Fanny, con su lengua fuera, sedienta, con la baba cayéndole por la boca, debido a su desaforado despliegue físico. Como siempre, le reñí, pero abrazándola y dándole besos que ella me devolvía con la lengua con su lenguaje perruno. «¡Fannina, me has asustado!»
Cuando lo conté en casa, de alguna forma nos tranquilizó porque sabíamos que iba a regresar. Que no se iba a perder tal y como temíamos. Por mi parte, con la esperanza de que, si no salíamos detrás de ella, Fanny moderaría su conducta, la dejé escapar sin correr detrás de ella varias veces más. Reduciendo la perra, cada vez más, su tiempo de volver a casa. Otras veces, la dejaba salir sin más y se daba su vuelta hasta que volvía. «Sentido de la independencia perruna», supongo.
Sin embargo, aquello era demasiado peligroso en un barrio como el mío. Con el peligro de los coches circulando a todo trapo por calles donde hubo varios atropellos —algunos mortales— de peatones. El maltrato, más frecuente, a los animales. Razones por las cuales, cuando la perrita volvía a escapar, retomamos nuestro juego de policías y ladrones para el resto de la existencia perruna de mi perrita pekinesa, transcurrida hasta sus casi diecisiete años, en el que nunca faltaron su arroz blanco, recién cocinado por mi madre, con asaduras, sus bienvenidas sinceras, su compañía cálida y toda esa serie de cosas incondicionales que solo ofrecen los animales.
Hace días tuve un sueño. Soñé que Fanny volví a escaparse. Que yo corría detrás de ella, calles y calles. Que en algún momento me miraba hacia atrás mientras que yo apenas tenía aire para seguir su ritmo. En algún momento, yo era la perrita y entonces sentía el viento frotarme la cara incentivándome a correr más y más.

Gracias por estas hermosas líneas!
ResponderEliminarGracias a ti por comentar :)!
EliminarHe vuelto a esa casa...a esa perrita😍
ResponderEliminarGracias mil por comentar :) !
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