Tecnocasa
En el autobús se monta un hombre. Tiene unos 50 años. Es moreno, de pelos cortos y rizados. De nariz aguileña y mandíbula ancha. Va vestido con un traje gris marengo, no de esos que utilizan los empleados de las inmobiliarias, sino de los que te pondrías incluso para casarte. Los zapatos, de piel marrón, hacen conjunto con el maletín que sostiene. El señor, en la entrada del vehículo, discute con el chófer. Le explica que ha tenido un problema con la cartera. Que la ha perdido o algo así. Que no tiene dinero para pagar. Que un euro y medio no es nada. Que le deje pasar. Explica que tiene que coger el autobús para regresar a casa. Que le es imposible ir andando. Que qué puede hacer. Que aquello es un servicio municipal.
El conductor no se atiene a razones, sino que, simplemente, tira de reglamento y le dice que no, que sin billete no puede subir. En Sevilla es así, los conductores hacen las veces de portero con diferentes atribuciones. Por ejemplo, la de vigilar que el usuario lleva la correspondiente mascarilla, sin la cual, debidamente ajustada en la cara, es imposible acceder al vehículo. O si no, la de expendedor de los títulos de viaje, además de vigilante para que nadie acceda al vehículo sin un título de transporte válido. Obligaciones reglamentarias que a algunos no les parece en absoluto importar hacer cumplir. Ese tipo de responsabilidades que te otorgan poder sobre otros.
Pues bien, allí está el conductor del autobús, con un tupé a lo Elvis Presley, patillas rockeras, con la blusa del uniforme abierta hasta casi la boca del estómago, dejando traslucir un pecho depilado y un tatuaje: «Padre coraje» con letras en tipografía vasca.
—Pues mire, señor, que si tiene que ir a ese sitio y no tiene dinero para pagar no es mi culpa —le dice con un tono de voz seco y cortante—. Además, que nos tenemos que marchar, que no voy a quedarme aquí todo el día.
El señor del traje mira, de vez en cuando, como el que no quiere la cosa, al interior del autobús. La gente parece ignorar la situación, incluido yo mismo, que aparto la vista cuando el hombre del traje quiere establecer contacto visual conmigo. Tengo mis razones. Por una parte, no llevo dinero ni suelto ni amarrado para pagarle —acabo de pagar mi viaje con la cantidad justa—. Es verdad que también podría usar mi tarjeta del banco, que ahora se puede pagar así en el vehículo, pero no me apetece, ya habrá otro que se adelante en la misión de samaritano.
—¿Pues sabe qué? Que yo no me bajo, que le insisto: esto es un servicio público. Que mis impuestos le pagan su sueldo. Que… —El conductor no le deja acabar.
—¡Que voy a llamar a la policía, vamos —responde el conductor—, y que se lo van a llevar pero rápido, espabilado, con esos trajes y esos aires! —El conductor usa ahora un tono autoritario y directivo cuyo volumen no le hace falta elevar.
De repente, me llama la atención la actitud de dos chavales que, móvil en mano cada uno, comienzan a grabar al chófer y el señor del traje discutiendo.
Entonces, una señora, de unos sesenta años, vestida con ropa blanca de empleada de limpieza, calzando zuecos blancos, de hospital, y un bolso rojo, en bandolera, de Dolce-Gambanna, de esos que venden los negros por las calles cerca del Nervión Plaza, al ver a los jóvenes grabando, se indigna y comienza a increparles.
—¡Qué poca vergüenza, a dónde vamos a llegar! ¡Grabad a vuestros padres!
La señora, acto seguido, se dirige a la entrada del autobús, saca la cartera y de ella, una tarjeta de crédito azul con lunares amarillos que pasa por la maquinita que han instalado, hace poco, para el pago del título de transporte.
—No se preocupe —le dice al señor de la chaqueta—. Perdone, que no me haya dado cuenta antes. Dónde vamos a llegar. Que poca humanidad. —La señora mira, mientras habla, al conductor del autobús que entonces ya tatarea una canción de Loquillo que comienza a sonar en la radio.
El señor del traje, con la cara que, poco a poco, retoma su color natural, se dirige a la señora.
—Muchas gracias, señora, no sabe de qué situación me salva —dice el señor del traje mientras que sonríe mirando a la señora.
—Venga, avancen ya, que nos vamos, que no vamos a estar aquí toda la mañana. Que cierro las puertas —dice con voz seca el conductor.
La señora se guarda el monedero y se vuelve a su asiento.
Los niños con el móvil vuelven la mirada a la pantalla de los respectivos móviles.
La gente que contemplaban la escena vuelven a los quehaceres respectivos, la mayoría, meter la cabeza metida en los móviles.
En cuanto al señor de la chaqueta, se sienta en un asiento junto a mí. Abre el maletín. Saca una libreta de tamaño cuartilla que abre y en la que comienza a escribir, sin disimulo, con una pluma que acaba de coger del bolsillo interior derecho de la chaqueta
«27 septiembre.
Cerro del Águila. Primer trayecto en autobús. El traje cada vez causa menos efecto. Esta vez han tardado casi tres minutos en pagar el título de transporte.
Creo que hoy me voy a hacer el centro. A ver qué nos encontramos».
El señor cierra la libreta y la devuelve al maletín, al igual que la pluma, que introduce en el bolsillo de la chaqueta.
De repente, el señor gira la cabeza hacia mí y me sorprende mirándolo.
—Buenos días —me dice con voz dulce y un esbozo de sonrisa maliciosa en la comisura de los labios. —Hoy va a hacer calor ¿no cree?

👌 cuántas cosas que te hacen pensar querido Mario.
ResponderEliminarMuchas gracias, guapo :) me alegra que te haya gustado
EliminarTu historias siempre son impactantes y emocionantes. Buenas vacaciones
ResponderEliminarGracias Myna :)
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