La parada
En una parada de autobús, ahí vivía Diego. Su día a día transcurría plácidamente, con la mirada perdida en el horizonte, el cual, por otra parte, se reducía a un bloque de pisos amarillos en medio del extrarradio de Sevilla. Diego llevaba viviendo en esa parada veinte años. En ese lugar, permanecía sentado durante horas. Algunos hablaban de un hecho terrible, acaecido allí. De una noche lluviosa, en la que, mientras Diego, junto a su mujer, esperaba el autobús, se produjo un atraco. Su esposa, en un estado de embarazo avanzado, fue apuñalada en varias ocasiones, lo que produjo la muerte del futuro bebé. Suceso que dio comienzo a la vida de Diego allí, aguardando la vuelta de su amada.
Los días de Diego no solo se reducían a esperar. En esa parada, también, hacía deporte y charlaba con quienes se acercaban, aunque siempre de temas superficiales y que no le implicaban personalmente. Otras, tan solo le proporcionaban el sustento necesario para llenar con un poco de dignidad la vida de Diego, en forma de ropa limpia, víveres, etc. Entre estas personas, destacaba una mujer de unos 50 años que le ofrecía comida, cuidados y hasta le hablaba por su nombre: «Mira Diego, hoy es tu cumpleaños. Te he traído esta tarta, que sé que te gustan las fresas». Regalo que Diego aceptaba con educación y una leve sonrisa.
Las personas del lugar se habían acostumbrado, por lo tanto, a su presencia. Algunas, incluso, ofreciéndole su casa para el aseo y la higiene mínima. Propuesta que Diego aceptaba siempre y cuando no se hubiera de alejar a más de 30 o 40 metros de la parada y, en cualquier caso, jamás perdiéndola de vista. Los servicios sociales del ayuntamiento y de otros organismos habían intentado ofrecerle ayuda; él, no obstante, jamás aceptó salir de ese lugar o su perímetro. «Tengo que estar aquí para cuando vuelva», solía decir.
Así pasaron los años desde el suceso. Años en los que Diego, bajo una estructura de metacrilato naranja, vio pasar miles y miles de veces el autobús, esperando, en vano, la llegada de su amada. Por allí desfilaron, ante sus ojos, autobuses con publicidad de cada una de las elecciones autonómicas, locales y nacionales que se celebraron a lo largo de esos años. Con fotos sonrientes de los candidatos de las diversas ideologías. Imágenes con eslóganes, desde los peligros de beber al volante, «si bebes no conduzcas», hasta consejos para la educación sexual «Póntelo, pónselo». Autobuses abarrotados de personas en dirección al estadio de fútbol, armados con banderas o, de vuelta de un concierto importante, ataviados con la mercadotecnia de la figura de turno. Imágenes que Diego veía pasar, junto al interior del vehículo, siempre observando con detenimiento por si, en algún momento, aparecía su amada.
Cierto día, durante la época del cuarenta aniversario de la empresa de transportes de la ciudad, Diego estaba sentado en la parada. En ese momento le llamó la atención algo de ese autobús que venía a lo lejos. Quizás el brillo de la fotografía que recorría toda la banda lateral del vehículo. Para conmemorar los cuarenta años de servicio, Viajes del sur había escogido el eslogan: «Nos movemos por ti». Para dicha campaña, la empresa de transportes públicos había decidido mostrar imágenes de personas haciendo uso de sus servicios. En este caso, la foto daba cuenta de un autobús visto desde el lateral. En las ventanas de la instantánea, se veían usuarios mirando hacia fuera, quizás atraídos por el reclamo del fotógrafo en el ejercicio de su trabajo. Los coches eran entonces de un color diferente y se podía percibir, también, la estética propia de la época, en peinados, ropas, y otros detalles. Quizás de unos 20 años antes.
Absorto con esa foto, Diego cambió su modus operandi; es decir, fijarse en los rostros de la instantánea antes de que en los verdaderos usuarios. En ese momento, algo le llamó la atención. La cara de Diego cambió de color, abrió los ojos y la boca. También, los brazos, moviéndolos como el náufrago que ve un barco en la distancia: «¡Carmen!», gritó con todas sus fuerzas, «¡lo sabía, ibas a volver algún día!».
Diego chilló al conductor. «¡Espera! ¡Han venido a por mí!» Subió al autobús. En ese momento buscó en su cartera. Todo el mundo lo observaba con atención. Diego sacó un viejo abono de transportes de ese objeto de piel resquebrajada. El conductor le sonrió: «Diego, puedes pasar, veo que hoy quieres viajar».
—¡Carmen está aquí! —le respondió.
Entró y se situó donde calculaba que estaba la foto de la mujer por fuera.
—¿Me permite sentarme aquí, por favor? —pidió a la persona que se situaba en el asiento que Diego señalaba, la cual accedió con rapidez.
Diego se sentó en ese lugar con una sonrisa. Abrió la ventanilla y sacó la cabeza en repetidas ocasiones, respirando profundamente y dejando que su flequillo fluyera con el ligero viento de aquel día. Diego miraba a través del cristal, como el niño que viaja a un sitio deseado con una sonrisa en la cara. Reconocía cada una de las paradas y las iba enumerando al resto del público que escuchaba con atención. «¡El cine! ¡Aquí veníamos, Carmen! ¿Te acuerdas?»
Después, se tranquilizó un poco y ya solo susurraba.
—Aquí los juzgados, el día de la boda, vinimos solos, como hacen los de Las Vegas con Elvis, nadie se enteró.
Así, poco a poco, parecía que Diego iba adquiriendo con claridad conciencia de hechos del pasado.
En un momento dado, comenzó a sentirse muy nervioso, la calle le resultaba muy familiar.
—¡Pare aquí, por favor! —gritó.
—Tranquilo, Diego, la parada está solo a 30 metros —respondió el conductor.
Diego salió. Reconocía aquel lugar. Le era muy familiar. Cada vez andaba más rápido hasta que sus pasos se pararon frente a una casa de fachada larga y puerta de hierro gris.
Llamó a la puerta varias veces.
Para su sorpresa, allí vivía la señora que más se ocupaba de él en la parada. La que le había traído la tarta de fresas en su último cumpleaños.
—Hola, Diego —dijo la mujer con voz temblorosa.
—Hola —respondió.
Diego entró en la casa, sin esperar a ser invitado ante la aquiescencia de la mujer.
Comenzó a recorrer las salas. A reconocerlas. Los olores. Los muebles. Los colores. En el salón, se paró delante de un mueble coronado por fotos donde, para su sorpresa, él aparecía junto a la mujer. Era una boda y él, el marido, el Elvis. Otro marco contenía su imagen sosteniendo una tarta de fresas, con dos velas indicando la edad de cuarenta y cinco años. Junto a la parada. Vestido con las mismas ropas que en ese momento llevaba y cara seria.
Se volvió a la mujer:
—Sabía que volverías (podrían haber dicho cualquiera de los dos).
Muchas gracias por tu comentario
ResponderEliminarGenial, me ha tocado el alma 😊
ResponderEliminarMuchísimas gracias :)
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