El camarero novato
Cuando comienza la temporada de verano, en el club Miramar, se abre la terraza junto a la piscina para servicio de restauración. Al mediodía, se mezclan los olores a cloro, césped recién cortado y viandas. Las mesas conforman una sinfonía asimétrica punteada por manteles floreados.
Aquel era el domingo de inauguración de la temporada, en vísperas, como todos los años, de Pentecostés. Camareros de pelo engominado y camisas blancas inmaculadas, danzaban entre las mesas verificando la perfecta disposición de cubiertos, vidrios y demás atrezos. Uno de esta cuadrilla —la mayoría, incipientes candidatos para los viajes de la tercera edad—, Andrés, de patillas pobladas y alargadas, domadas, como todo su peinado, con fijador espeso, con olor a colonia fuerte, de esas de garrafón que se vendían a granel, explicaba el servicio al novato Jeromo, un joven de unos veinte años, quien escuchaba con los ojos exageradamente abiertos.
—Mira, chaval, esta mesa para ocho es la cuatro. Esta otra —que ya está reservada—, para doce, es la diez.
Así le iba explicando, Andrés a Jeromo, mesa a mesa, la configuración del lugar.
—Tú, te vas a ocupar de esta zona —decía mientras trazaba en el aire, con el índice de la mano derecha, una línea imaginaria delimitando un grupo de seis mesas, cuatro para cuatro comensales y dos, para seis—. De todas formas, aquí nos ayudamos todos. Quédate bien con el número de las tuyas. ¡Venga, que esto comienza!
—Pero no son correlativas, tengo la dos, la nueve… —repuso Jeromo a quién Andrés no dejó terminar.
—¡Espabila, chaval, que ya llevamos muchos años trabajando con este sistema! ¡Tú, apréndelo rápido, que es lo que tienes que hacer!
Jeromo se quedó, por unos instantes, repasando mentalmente sus mesas. «Esta la dos. Esta, la nueve. ¿Y esta otra? ¿Esta era mía?».
Pronto comenzaron a llegar los comensales. Entre ellos, dos parejas, con maneras de nobleza inglesa, mirara al frente, de soldado legionario, cuyo portavoz, con las manos agarradas por la espalda, se expresaba con locución grave de experto en comunicación.
—¡Hombre —así hablo Don Luis al encargado Rodrigo, que había salido raudo a su encuentro—!, mejor no podría estar todo preparado, Rodri! ¡Menos no se podría esperar de usted!
El encargado, con reverencias un tanto aparatosas, agradecía a Don Luis, «su confianza un año más a la que espero no fallar». Acto seguido, siguió los pasos de la pequeña comitiva, encabezada por Don Luis, quien ya se encaminaba al lugar donde había decidido sentarse. «La quince, excelente elección», afirmaba con tono amanerado y solemne Rodrigo.
Se trataba de una de las mesas de Jeromo, la quince, quien pronto les tomó la comanda, incluyendo los aperitivos, las bebidas y el menú.
—Qué personal más eficaz —decía una de las dos mujeres de la mesa de Don Luis—. Con el cuidado que se ha de tener hoy día con el servicio. Claro, la gente que no quiere trabajar. Dinero fácil, ¡eso sí! A cobrar las paguitas y a golfear que es lo que les gusta.
Mientras hablaba, esta mujer ignoraba los intentos de Jeromo, que, botella de Rioja en mano, le había pedido permiso para rellenarle la copa en dos ocasiones sin éxito. A la tercera, fue la vencida. La comensal retrocedió lo justo su cuerpo, mientras que continuaba con su alocución, para que así el vino le fuera servido.
—¡De ninguno te puedes fiar! ¡De ninguno! ¡Si no te dan la entrada te dan…
—¡Un disgusto! —exclamó, entre risas, otro de los comensales de la mesa de Don Luis.
Acto seguido, tras servir los vinos de la quince, Jeromo continuó dando tumbos de izquierda a derecha por aquella terraza que se atestaba a velocidad de Fórmula 1. Unos minutos más tarde, como pollo sin cabeza, acumulaba desaciertos, provocados, a menudo, por la irracional distribución de los números de las mesas cuyo orden todos —menos él— parecían conocer.
—¡Primeros de la quince! —Fue otra de las comandas vociferadas desde la cocina.
—¡Esa es tuya, Jeromo, espabila! —le gritó Rodrigo, el encargado.
Jeromo recogió los platos y se dirigió a la, para él, mesa quince. Allí se situó firme, con solemnidad, para presentar, con los brazos tendidos, las elaboraciones, aún humeantes.
—Nosotros no hemos pedido esos platos —dijo negando con la cabeza uno de los perplejos integrantes de la mesa con gesto de repugnancia. Como de niño pequeño al que no le gusta una cucharada de papilla que la madre le acaba de obligar a tragar.
De vuelta con los platos a la cocina, apenas pudo distinguir entre las observaciones y los improperios que, al unísono, provenían del encargado y del jefe de cocina.
—¡A ver dónde coño tienes que llevar esto! —decía Rodrigo ante un Jeromo cuya tez se tornaba blanca a ritmo vertiginoso.
—Los he llevado a la quince como me han dicho —musitó Jeromo.
A la escena se acercó Andrés, cuyas engominadas patillas guardaban un orden que ni un solo pelo había osado quebrantar.
—¡Qué coño ha hecho este ahora! ¡Los ha intentado colar en una de mis mesas! —gritaba enfurecido el camarero veterano, sin mirar a Jeromo, de cuyas manos arrebató los platos que comenzaban a enfriarse, mientras que oteaba el conjunto de la terraza para distinguir de inmediato los verdaderos destinatarios de las preparaciones que sostenía con los brazos elevados.
—¡Espabila, chaval, que no te enteras de nada! ¡Los platos son de Don Luis, la quince! —gritó Andrés.
A esas alturas, Jeromo ya no sabía cuál era la mesa quince, ni la veinte, ni la treinta, apenas escuchaba su propia voz. «Tranquilo, que pronto va a acabar todo», se decía una y otra vez.
Y el servicio acabó. A las cinco de la tarde, aún con reverencias, Rodrigo se despedía de los últimos invitados, entre ellos Don Luis y acompañantes. Una vez la terraza se quedó despejada de comensales, los camareros se tomaron la licencia de recoger poco a poco, a su ritmo, algunos con la corbata desanudada y la camisa blanca por fuera.
En la barra, Jeromo se aproximó a la llamada de Rodrigo, quien compartía una cerveza con Andrés, con las patillas aún en perfecto estado de revista. Una a una, Jeromo asentía a las observaciones, respecto a su primer día de camarero, formuladas por el encargado, mientras que Andrés se desentendía de la escena fumando un cigarro. «Al final, me deberías pagar y todo —le dijo el encargado mientras le tendía un billete de cincuenta euros—. La gente como tú nos costáis el dinero ¿Te parece poco formarte en este sitio, el club Miramar, con esta categoría, con nuestra distinguida y selecta clientela? Mucho internet y muchas redes sociales para esto, para no enterarte de nada a la hora de la verdad».
—¿Qué dices, Andrés, lo dejamos venir el domingo que viene?
Andrés miró a Jeromo de arriba abajo con una sonrisa socarrona.
—¿Qué quieres que te diga, Rodrigo?
—Al final, Andrés, poco tienes que decir. Tú eras igual de torpe que este el primer día que llegaste, ¿te acuerdas? Si no llega a ser por mí cualquiera te contrataba con los cuarenta tacos que ya tenías, con tu cara de muerto de hambre.
Andrés agachó la cabeza. Jeromo tampoco sabía dónde mirar con los cincuenta euros aún en la mano. Rodrigo le pegó entonces dos palmadas en la espalda a modo de despedida.
—Anda, chaval, te espero la semana que viene. A ver si la lías menos que hoy.
Bravo Mario!
ResponderEliminarMuchas gracias :)
EliminarBravo Mario 👍 Dificil ser camerero en un restaurante 😏
ResponderEliminarGracias mil, Myna :)
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