Marisa
En el videoclub de Jesús se podían encontrar todo tipo de películas. Porque Jesús era un tipo al que le encantaba el cine. Gracias a esta pasión, poco a poco, se formó una tertulia de parroquianos que allí se congregaban todas las tardes para discutir de aquella afición común o de lo divino y lo humano.
Uno de los integrantes más activos era Bosco. Un tipo delgado, de larga melena castaña recogida por un elástico a menudo de colores estridentes que le daban cierto aire norteamericano. De comentarios irónicos, a menudo condescendientes.
—Mira, Jesús, lo que dice Marisa. Que viene de ver la última de Spielberg. ¡Pero si ese es un manipulador! ¡Seguro que te ha hecho llorar bien con esa musiquita que haría estremecerse al mismo Goebbles! —decía Bosco, mientras miraba a Jesús, agitando, como el cantante de Locomía, su larga cabellera con pequeños giros de cabeza de izquierda a derecha.
Marisa fue la única chica que integró esta tertulia. De aspecto tímido, pero comportamiento asertivo cuando la situación lo demandaba. A Marisa parecían incomodarle a menudo los exabruptos de Bosco. Salidas de tono, sin embargo, que llevaba con tono afable y nada beligerante ya que sus gestos serios los sabía alternar con palabras conciliadoras y generadoras del buen ambiente.
Apenas nadie supo reaccionar a la muerte trágica de Marisa. Muchísimo menos, Javier, su pareja, persona también igualmente querida, aunque se prodigara mucho menos en el videoclub. Cierto día, Marisa encontró su muerte, al salir de casa —en la misma calle del videoclub— al ser atropellada mientras cruzaba descuidadamente la calle Afán de Ribera por un autobús de la línea 26. Según el conductor, Marisa había cruzado la calle sin ni siquiera girar la cabeza.
Semanas más tarde, apareció Javier por la puerta del videoclub. Bajo el brazo traía un reproductor de vídeo VHS Radiola, el cual apoyó en el mostrador mientras se saludaba con Jesús.
—¿Cómo va todo, Javier?
—Pues mira, Jesús, muy duro. Todo el mundo te dice que hay que seguir. Que poco a poco reencuentras tu vida. Pero para mí es muy duro, echo mucho de menos a Marisa.
—Normal, Javier. ¿Y esto? —pregunto Jesús posando la palma de la mano abierta sobre el aparato.
—Era de Marisa. Hay una película dentro. Está bloqueada. No soy capaz de sacarla y no me atrevo a forzar el aparato. Imagino que la veía antes de salir a por lo que fuera que buscara con tanta prisa. No sé si tú podrías echarme una mano.
—Claro, déjamelo. Pásate mañana.
Y así se hizo. Tras despedirse de Javier, Jesús dejó el vídeo en la trastienda para continuar con su rutina.
Por la tarde, una vez echada la cancela del comercio, Jesús procedió a desmontar el vídeo. Unos tornillos quitados más tarde dejaron los componentes electrónicos al aire. Sin mucha dificultad, Jesús desenganchó la cinta que se había liado con el cabezal. Una cinta casera sin ninguna pegatina ni inscripción sobre la carátula negra. Poco a poco, en la cabeza de Jesús, tomó forma la idea de que Marisa quizás había salido a visitar su videoclub. Que quizás le buscara para sacar lo que allí hubiera.
«Ya estoy pensando en gilipolleces, Jesús, qué me gusta una teoría de la conspiración».
Jesús volvió a montar la carcasa del vídeo Radiola, tras lo cual descolgó el teléfono con la intención de llamar a Javier.
Sin embargo, al mirar la cinta sobre la mesa de trabajo, algo le retuvo e impulsó a colgar y a visionar el contenido de aquel vídeo.
Atónito, observó la sucesión de imágenes de Marisa sudada, de Marisa completamente inmersa en su tarea de sexo frenético, a horcajadas, con un chico de espaldas al que abrazaba cuya identidad desconocía. ¿O no? ¡Ese elástico de colores! ¡Esas melenas! El actor aficionado gira la cabeza en un momento dado como para saludar al espectador.
—¡Hijo de puta! ¡Bosco!
Sin saber qué hacer, Jesús encadenó cigarros buscando una solución. Porque no podía darle eso a Javier. Ni hablar. Vaya palo. «¿La destruyo? ¿Qué le digo? Porque seguro que va a preguntar».
Al día siguiente, apareció Javier por la tienda.
—Mira lo que veía Marisa —le dijo Jesús a Javier mientras que le alargaba la película Smoke. —Jesús había verificado la ficha de cliente de Marisa y Javier y ese había sido su último alquiler.
—Juraría que Marisa me dijo que la había devuelto…
—Pues se la quedaría para verla de nuevo —respondió Jesús sosteniendo la mirada, con el semblante serio.
—Me dijo que le parecía muy pesada —insistió Javier.
—Lo mismo la quería volver a ver.
—No sé. Marisa bien cabezona que era cuando se empecinaba en que no le gustaba algo.
—Pues mira. Nunca se sabe. Se arrepentiría y querría volver a verla.
Javier se quedó mirando a Jesús. Había algo que no le cuadraba.
—Estoy harto de que me oculten cosas. No sé por qué no me habías dicho nada, Jesús… —Espetó Javier con el rostro muy serio, sosteniendo la mirada a Jesús.
Jesús comenzó a enrojecer. Las pulsaciones se le aceleraban. Apenas se atrevía a desencadenar una respuesta ante el temor de dejar evidente su pánico de ser descubierto.
—Hombre Javier, no sabía cómo decirte…
Javier frenó en seco a Jesús. Con un brazo extendido, con la palma hacia abajo moviéndola de arriba abajo.
—Tranquilo, Jesús, no me tienes que dar explicaciones. Que si a Marisa se le olvidó devolver la cinta en su día, me lo deberías haber dicho. Que no vives de la caridad. Que también tienes derecho a cobrar tu recargo, aunque sea en estas circunstancias. Que yo lo comprendo. ¡Toma! Que no soy un niño pequeño. Se me ha muerto alguien y lo estoy pasando mal pero no me tienes que tratar como a un gilipollas. Y menos nosotros, que nos conocemos.
Jesús recogió el billete rojo de dos mil pesetas que Javier había dejado sobre el mostrador. Con vergüenza lo metió en la caja registradora.
—Por cierto, tengo que ver a Bosco —continuó Javier—, me ha dicho que tiene que contarme algo importante. A ver qué se trae entre manos el coletas este. Nos vemos pronto, Jesús.

Buena historia Mario 👍👏🙂
ResponderEliminarGracias Myna :)
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