Elena Del Cerro
El día comienza. Los niños llegan a la mesa para desayunar. El ceremonial se repite.
—Hola, mama.
—¿Has dormido bien, Teo? ¿Y tú, Isi? La primera clase es dentro de una hora. ¡Date prisa!
Así, uno a uno, hasta contar cinco, Elena va despidiendo a su prole. No sin antes realizar una revisión general que incluye el peinado, la pulcritud de las ropas, la buena elección de los colores, la limpieza de los zapatos, el material escolar, con referencias al dibujo técnico, al equipamiento adecuado para las clases de gimnasia, con las zapatillas deportivas, sudaderas, los enseres para la ducha, la toalla; o si no, repaso a las actividades extraescolares de cada uno, de idiomas, matemáticas, bádminton, catequesis para la confirmación, reuniones con el grupo de scouts, etc.
Poco a poco, la cocina recupera la tranquilidad. Este es el momento en el que Elena aprovecha para desayunar. Se repite el ritual. Café de máquina tradicional con el filtro de papel acomodado en un soporte de plástico en forma de cono invertido, sobre un vaso de cristal dedicado en exclusiva a este uso. Tostada de pan con mantequilla y mermelada de albaricoque.
A las nueve menos diez, se dirige a la tienda, de la que es propietaria, Elena del Cerro, que está cerca de casa. Hora de apertura. Antes de salir de casa, se suele cruzar con Paquita, a la que, la mayoría de las veces, recibe con una sonrisa. Paquita se encarga de algunas tareas del hogar —no de todas, ya que Elena se resiste a aceptar que haya alguien que asume, en su lugar, los deberes de un ama de casa ejemplar— indicadas en un pósit que Elena le deja, a diario, sobre la mesa de la cocina.
«Almuerzo: Teodosio 13hrs. Isidoro 14hrs.
Entre 10 y 11 pedido de El Corte Inglés (¡Revisa bien la lista!)
17hrs merienda de Irene.
Recoger y tender ropa de la lavadora.
Planchar ropa de la cesta cuarto de la plancha.»
Elena, antes de traspasar el umbral de la tienda, se detiene ante los escaparates. Comprueba que los maniquíes están perfectos. Que los precios están situados correctamente. El conjunto de las luces. Al entrar, saluda a Miriam o Irene (a la dependienta que le haya tocado el turno de mañana), realiza un recorrido por la trastienda, el almacén, por las diferentes secciones que conforman el establecimiento.
—Esto de aquí, por favor, retíralo. Hoy vamos a poner algunos artículos en promoción para liberar stock, que pronto cambia la temporada. Ve haciendo sitio aquí para colocar el perchero con las ofertas.
No suele quedarse hasta más tarde de las doce. Sobre esa hora, Elena se dirige al gimnasio. Allí se machaca durante dos horas. Aerobic, bicicleta, musculatura, ejercicios aeróbicos, cinta de correr. Le gusta este rato porque es uno de los momentos en el que menos público hay en el gimnasio. Nada de esconderse para aproximarse al espejo. Comprobar allí, sin observadores curiosos, las arrugas reflejadas que se empeñan en ganar el combate del tiempo. «Cinco hijos a partir de los treinta años es lo que tiene. ¡Lo sabía!», piensa para sí.
Tras salir del gimnasio —sobre las 2 de la tarde—, hora de la comida. Le gusta almorzar fuera de casa mientras continúa alguna de sus lecturas. Quizás ensaladas, pechugas de pollo en el restaurante de El Corte Inglés. Si no, un japonés una vez a la semana o un coreano. Después, vuelta a la tienda. Aún queda un rato para abrir. Se mete en su oficina para, a puerta cerrada, realizar algunas tareas. Labores de contabilidad u otras gestiones. O revisión de catálogos online de los proveedores. O gestión de las redes sociales de la tienda. Las fotos para Instagram, respuestas a los comentarios. Creación de stories. Contestar a los correos. Revisar la cuenta del banco común, la personal, la del negocio.
A las cuatro y media abre de nuevo el establecimiento. Horario de tarde. En este caso, Elena está ya dentro para recibir a Miriam o Irene. A quien le toque, le indica las consignas de la tarde.
Sobre las cinco, Elena se marcha. Los jueves, un poco antes, ya que tiene grupos de convivencia en la parroquia. Allí se toman cafés y dulces alrededor de tareas de corte y confección. Chicas más o menos jóvenes comparten confidencias —entre dedales y agujas, a la antigua—, temores y alegrías sobre sus proyectos de vida familiar. Elena, con otras veteranas, reparte consejos y reflexiones sobre cómo se ha de actuar ante el marido, los hijos y las situaciones de la vida cotidiana. Cómo se debe influir en las decisiones del esposo por el bien de la familia sin agobiar, etc.
—Qué positiva eres, Elena, qué bien te desenvuelves —le suelen decir las compañeras.
Terminada la jornada, vuelta a casa. A Elena le gusta anticiparse a la llegada de Teo, Isi, Lázaro, Jimena y Loreto. Las actividades extraescolares en la que los niños están comprometidos le dejan un buen rato libre por las tardes. A esa hora, se marcha Paquita, que da novedades de cómo han transcurrido la jornada y las tareas que se le habían asignado. Luego, se cambia de ropa, un chándal viejo de la época universitaria. Concienzudamente, completa el programa de limpieza que se ha dado para ese día, el cual tiene apuntado en la agenda:
28 abril
Cuarto de baño (30’’)
Cuarto de Isi (30’’)
Cuarto de Loreto (30’’)
Cuarto de matrimonio (30’’)
Le gusta recortar tiempo de cada tarea para poder disfrutar de la segunda ducha del día antes de que lleguen los niños y Camilo, al que le gusta recibir con la mejor de las sonrisas «porque tu marido se lo merece, es un trozo de pan», como le repetían la suegra y la madre, día tras día, en la parroquia, o en las comidas familiares. «Camilo y Elena. Son una pareja ejemplar», comentaban asimismo todas las amistades. «Mira Elena, llevando la casa, el trabajo, los niños, igualito que las quejicas que hay por ahí». O expresiones similares que a Elena le gustaba escuchar aunque por modestia no contestaba más que escuetos «no es para tanto, todo es organizarse».
Avanzada la tarde, llegan los niños uno a uno. Elena, los espera en la cocina. En este caso, les asigna tareas.
—Isi, saca la ensalada. Loreto, hoy comemos tortilla, ¿vale?
Muy a menudo, Camilo no comparte esos momentos. Porque Camilo viaja mucho por su trabajo. Esta vez toca implantación de la marca de componentes electrónicos Calypso en América del norte. Viaje a Estados Unidos, durante dos semanas, con Adrián, su socio y compañero inseparable desde los tiempos de la universidad Loyola.
Llega el final del día. Cada uno de los niños entra en su cuarto. A Elena le gusta quedarse en el salón y dar las primeras cabezadas viendo una película. No sin antes haber mirado el teléfono decenas de veces. Ella comprende que Camilo está muy ocupado en sus viajes. Por eso, para calmar la angustia provocada por la falta de noticias de su consorte se dice a sí misma que será la diferencia horaria. Que tiene mucha responsabilidad. Que no se tiene por qué acordar de llamarla a cada momento. Que no puede comportarse como una adolescente.
Sin embargo, es demasiado fuerte la tentación de mirar al móvil que no suelta de la mano. Aparato que consulta cada cinco minutos hasta entrada la noche, a menudo acompañada de algo con lo que picar. Cucharada de helado. Consulta al móvil. Trozo de chocolate. Consulta al móvil. Cucharada de helado. Así, hasta que vence el sueño.
«Mañana tengo que hacerlo mejor. Elena, tienes que esforzarte más», es uno de los últimos pensamientos que le embargan antes de que el sueño reine a lo largo y ancho del amplio salón cortesano de los Ulloa.

Planificacion familiar muy bien organizada para este ano escolar. 👍🙂
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