Starman

Conocí a Juanca en la facultad de filosofía de la Complutense, en el año 1990. Compartíamos pitillos y cervezas, e ideas desordenadas y caóticas de filosofía, de literatura, y de música, y de un montón de temas más. También, un interés por las pasiones ajenas que convertíamos en nuestras: «¿Estudias matemáticas?, ¿en serio? ¿por qué? ¿cuál es tu rama favorita?...». Curiosidad que, lejos de dirigirse a la disciplina u objeto de la pasión, tenía más que ver con la misma persona, con su perfil y el génesis emocional de sus inquietudes. 

Juanca era guapo, delgado, sus labios, finos y alargados. Pelo moreno apenas rizado y peinado tipo Noel Gallagher, sin chupa de cuero ni su chulería. Me gustaba seguir sus miradas, estremecerme con sus silencios, sus pausas, su forma de dar caladas profundas a cigarrillos Diana, y todo esto, sin que él se diera cuenta. Retarme para admirar sin ser descubierto. Por aquel entonces, no habría podido soportar el rechazo.

El año posterior a la caída del muro, tuvimos la oportunidad de viajar a Berlín. Fue alucinante descubrir esa ciudad con los compañeros de primero de Filosofía. Viaje al que, por supuesto, iba Juanca. Recorrimos los bares del barrio turco de Kreuzberg. Discotecas efervescentes en las estaciones de metro abandonadas. Edificios de okupas y tantos otros lugares donde saboreamos la cultura alternativa que empapaba entonces la vida de Berlín.

Cierta noche, en un antro de la Oranienburger Strasse, Juanca, en una excursión alucinógena cuya última parada fue un cigarrillo de LSD, comenzó a hablar de su interés por la escritura. A mí me dio vergüenza el no estar a la altura. Aun así, por mi parte, le puse palabras a algo que hasta entonces solo había sido una fantasía ocasional en mi cabeza: «Yo también escribo». Aquella noche, y en las conversaciones que siguieron, le hablé de proyectos que improvisaba, de ideas que recién surgían en mi cabeza como si fueran ya planes previamente madurados.

Juanca asentía con simpatía e interés a mis proyectos literarios. A mi impostado gusto por las chicas, que me permitía acercarme a él, ahora se le unia una afición que había sido hasta entonces ignorada, incluso por mí. Compartimos confidencias y, nada más regresar a Madrid, me puse a dar forma a las ideas sobre las que le había mentido. Tal y como habíamos convenido en Berlín, en pocos días, le entregué el borrador de mi primera novela para ver qué pensaba. Estructura. Personajes. Trama de la historia. Jamás había trabajado tanto en tan poco tiempo.

Juanca recogió el borrador con ilusión. Pocos días más tarde, se presentó en mi piso de Alberto Aguilera. No eran más de las 10 de la mañana y allí estaba con una caja de zapatos, forrada con fotografías de grupos de entonces, entre las que destacaba una de David Bowie desatado con una Fender roja. Objeto de cartón que contenía sus borradores, notas e ideas. Juanca quería comentar mi novela, por supuesto. Sin embargo, me despachó en pocos minutos, insistiendo, para mí sorpresa, en que sentía envidia por la pasión y el entusiasmo que yo transmitía por mi proyecto. Que tenía muchas ideas pero que estas no llegaban a ninguna parte. Que le había sorprendido el hecho de verme con un trabajo tan avanzado.

A mí me pareció mentira su inocencia, descubrir sus puntos débiles. El que no hubiera sido capaz de darse cuenta de mi trampa. Le pedí que me dejara su caja para, por mi parte, ofrecerle mi opinión. Allí había trozos de papel con todos los formatos imaginables, de dos rayas, de cuadros, hasta papel higiénico... Desde la primera nota, aquello era oro: Cuatro frases dibujaban un universo, cuatro párrafos, realidades que aún no habían sido nombradas por ningún hombre. Estuve días sin salir de casa cautivo por sus notas. Juanca se alegraba por mi interés. Días más tarde, recogió su caja.

Al año siguiente, perdí de vista a Juanca. Volvía a su pueblo de Soria porque sus padres lo necesitaban. Yo estaba convencido de que, como Machado, allí iba a encontrar sus fuerzas e inspiración para obsequiar al mundo con la brillantez que yo ya había tenido la suerte de descubrir. Años más tarde, al cruzarme con una amiga común, supe de Juanca. De su trágico final. Me comentaba que Juanca no había llegado a acabar nunca su carrera y que su vida transcurrió monótona, en su pueblo, en un puesto de cajero de un supermercado pequeño, hasta que le sorprendió la enfermedad.

Excitado, volví a casa. Me apresuré a abrir el altillo de mi dormitorio donde guardaba un objeto desde hacía varios años: una caja de zapatos, de unas botas de medía caña que compré un día acompañado por Juanca. Por supuesto, adornada con una foto de David Bowie. Objeto que contenía copiadas las notas de Juanca que, durante los días que estuvo en mi casa, yo había manuscrito una a una. Jamás había tenido la fuerza de usarlas con mi amigo en vida. Tampoco, en su día, había sentido escrúpulos por haberlas copiado, palabra por palabra. De vez en cuando, había consultado sin éxito Google por si Juanca se había aventurado a publicar y nunca dudé de que ese día llegaría.

Ahora, voy ya por la tercera novela. No me asustan las prisas de mi editor. En esa caja había historias como para diez farsantes más. A veces fantaseo que no plagio sino que solo continúo la parte de Juanca que él mismo nunca habría podido terminar. Otras, simplemente me relajo e imagino a Juanca, sentado a mi lado, esbozando una sonrisa mientras descubre, con Ziggy Stardust de fondo, cómo sus ideas finalmente cobraron vida.

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