Retreta
24 de diciembre. Cantina del cuartel. Algunos soldados acompañan al único camarero que se apura en sus tareas para acabar pronto. Hay que cenar en casa. Una radio destartalada susurra notas de villancicos que envuelven la sala. En una mesa, donde se acumulan botellines de cerveza vacíos, dos chicos intercambian sonrisas. En otra, más al fondo, tres soldados de guardia, a los que se les ha autorizado a descansar unos minutos, departen como autómatas sobre las incidencias del servicio.
—¡Lagares, vienen a buscarte! —vocifera, desde la puerta, hacia esta última mesa, un chico larguirucho al que también le cuelgan cargadores de la cintura como uvas maduras.Lagares recoge de la mesa, con parsimonia, su paquete de Fortuna, el mechero y un par de casetes que le acaban de prestar. Música de garita. De 4 de la mañana. Guitarras metaleras a juego con el machete y las balas del Cetme destartalado. Apenas esboza un hasta luego para despedirse de sus compañeros quienes, por su parte, tampoco reaccionan demasiado. Cruza la puerta en dirección al cuerpo de guardia. A izquierda y derecha se yerguen los pabellones de las compañías. Hogar ocasional de almas que gastan días arañando, con cruces, los calendarios. Al frente, se divisa la gran entrada de carruajes del cuartel donde se ve a un soldado junto a una señora de unos 50 años cuyas ropas coloridas contrastan con la oscuridad del cuerpo de guardia.
—Lagares, tu madre lleva aquí un rato —masculla el soldado que acaba de ir a buscarlo—. Preguntó —continúa— por Raúl López pero nadie te conocía por ese nombre… Al final, ya ves, hoy somos pocos…, nos hemos dado cuenta de que te buscaba a ti. «Si supiera su padre que aquí le conocen por mi apellido…», nos ha dicho. Parece muy simpática.
Lagares (así decidieron los militares, en su primer día de recluta, que se tenía que llamar Raúl en el cuartel, que López hay muchos), sin apenas reaccionar a las palabras del compañero que acaba de buscarle, cruza entonces su mirada con la señora que le espera.
—¡Qué pasa, vieja! —saluda con desgana contenida, tomando las suficientes distancias para evitar la tentación de un beso familiar o, lo que es aún peor, una carantoña inoportuna.
—¡Hola Raúl! Ya les expliqué. En cuanto les conté algunas cosas de ti ya supieron quién eras. ¡Qué angustia cuando no han reconocido tu nombre! —Cristina, la madre de Lagares, le alarga la mano para darle una bolsa mientras que habla atropelladamente—. Aquí tienes, por lo menos para que comas calentito. ¡Ah, se me olvidaba! Esto es de la abuela Carmen. —Con disimulo introduce un billete doblado de 2000 pesetas en uno de los bolsillos de la cazadora, como si se la estuviera arreglando—. Cuídate. Esta noche nos acordaremos mucho de ti. —Cristina se adelanta para tocarle la cara a modo de despedida. De repente, visualiza, unos años antes, a aquel soldado, cuando apenas levantaba unos palmos, de camino al colegio. El dolor que sentía al percibir su vergüenza por ser acompañado. Cómo se adelantaba varios pasos para aparentar que iba solo.
Lagares se despide de su madre y acude raudo a la compañía a llevar la comida. En este lugar, a la izquierda, está el pabellón donde duermen los soldados veteranos. Hoy, todos están en casa. Los pasos se calman poco a poco. Llega a su taquilla. Llaves del candado y apertura de la puerta de metal. Ropas de paisano colgadas en las perchas. Algunas latas de atún y fiambres. Los walkmans y algunas cintas de The Smiths y Joy Divission. Abre la bolsa. Dentro hay un termo con sopa de marisco caliente. También, varios mantecados y polvorones y bolitas de coco. En un papel de estraza, cuidadosamente envuelto, jamón ibérico. En una fiambrera pequeña, varios pasteles sacados de sus envoltorios. «No quise que vieran los plastiquitos de la Pantera Rosa y que se pudieran reír de ti», le explicó días más tarde.
Lagares se sienta en un banquito frente a la taquilla. Saca los walkmans que deja a un lado, sobre la cama, sin utilizar finalmente. Se sirve un poco de sopa y la saborea con la mirada perdida, tratando de dejar la mente en blanco. Más tarde, da cuenta de una lonchita de jamón y, para terminar con esa merienda, coge uno de los pasteles rosa dispuestos con simetría en su contenedor diminuto. El bizcocho es tierno. La capa de chocolate rosa cruje en cada mordisco. La crema blanca está blandita por la temperatura del recipiente. En algún momento, usa inconscientemente la servilleta que tiene en la mano para secarse una lágrima que sin avisar se desliza por su mejilla barbilampiña.
Nos a gustado mucho besos de papá y mamá cuídate mucho
ResponderEliminarGracias :) besos
EliminarBroma aparte muy bonito
ResponderEliminarGracias :)
EliminarEsa abuela Carmen... Siempre😘
ResponderEliminarSí :) Muchas gracias, Dani, que a gustito se hace este camino bien acompañado
EliminarMario es una historia muy bonita y nostalgica. La vida de soldado es difficil. El Dia vienticuatro de diciembre Lagares puede ver su madre que le trae pasteles de su infancia y su abuela que no esta aqui, no lo ha olvidado. Las abuelas siempre son generosas 🙂 Tu historia es muy conmovedora 👏👏
ResponderEliminarMuchísimas gracias, Myna :)
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