Satisfaction

En la parada de la línea 26, de la plaza Colbert, se ve a Hans. Lee un periódico de esos que se regalan por las mañanas. De vez en cuando, le da una calada a un cigarro. Pasados unos minutos, llega el autobús, al que se sube. Suenan los Rolling Stones en un altavoz pequeño en el salpicadero. El conductor, peinado con tupé y con las solapas de la camisa levantadas hacía arriba, no le devuelve los buenos días. Hans se dirige al fondo del coche tras sortear a unos cuantos de estudiantes que se amontonan por el pasillo. Tras sentarse, retoma su lectura: Olympique de Lyon, ¿para cuándo los fichajes? Parada Saint Hilaire. Los estudiantes salen en tropel. El autobús se queda casi vacío. Tres asientos más adelante, a la izquierda, una mujer habla por teléfono.

—¡Te digo que sí! ¡Me da igual, voy para allá! Estoy ahí en 2 minutos…

La mujer se gira a la derecha mientras que abre la ventana para que entre el aire.

—¡Eso no es así! ¡Las cosas no se arreglan así!—la voz resuena hasta el final del coche.

—Yo también sufro, ¿qué te crees?... La mujer cuelga el teléfono. Lo guarda en el bolso de donde saca una barra de cacao que se pasa por los labios con celeridad. Vuelve a sacar el móvil. Lo mantiene en la mano. Mientras tanto, no deja de mirar por la ventana.

Un minuto más tarde, Hans se levanta para pulsar el botón de parada. Sin embargo, se ha adelantado la mujer, con el teléfono en una mano. En la otra, el bolso. Hans baja del autobús después de ella y sigue con curiosidad sus pasos que se encaminan por la misma dirección que él debe tomar.

—¡Ey, Hans!— le interpela alguien que sale de un bar.

—¡Ey, Robert, ¿vienes?—le responde Hans.

—No Hans… Mira… —habla con nerviosismo—. Dile al jefe que voy a llegar dentro de una hora. Me ha surgido algo que tiene que ver con lo que te conté ayer. Por favor, que no se te olvide. No quiero llamar ahora mismo a la oficina. No tengo la cabeza para eso.

—Vale, sin problemas. Ten mucho cuidado... No escarmientas. Cualquier día te vas a buscar un problema gordo— Hans le dice de forma lacónica.

Robert no responde. Se gira y comienza a alejarse.

Hans, por su parte, retoma su camino hacia el número 40 de la avenida de la République. Al banco Concorde. En la puerta de la oficina, está la mujer de la conversación por teléfono. Junto a ella, se halla un hombre, que no deja de mover los brazos, con el que mantiene una discusión.

Hans se acerca a la entrada de la oficina y les pide paso.

El hombre gira la cabeza…

—¡Eres tú, hijo de puta!— le grita a Hans, mientras que lo empuja con todas sus fuerzas, con los dos brazos. Hans, al recular, está a punto de caer.

Hans se queda inmóvil. El hombre, fuera de sí, acto seguido, aparta a la mujer de un manotazo y saca una Glock 17 de su bolsillo. Se acerca a Hans y le apunta a la cabeza antes de disparar dos veces. La segunda, con Hans en el suelo dando convulsiones.

—¡No es él! ¡No es él!—grita la mujer.

Los disparos han hecho volver a Robert, que observa la escena desde unos quince metros: Hans yace cadáver en el suelo. A su lado está el autor del disparo junto a la mujer que lo zarandea gritando: —

— ¡Eres un salvaje, hijo de puta!

Robert se marcha despavorido. Mira en todas direcciones. En la parada de la línea 26 sigue el autobús que ha traído a Hans y a la mujer que hablaba por teléfono que aún sigue allí. Robert sube al autobús. El vehículo se ha vuelto a llenar de estudiantes. Esta vez más pequeños, parece que van a una excursión. Robert se sienta en el mismo sitio que ha ocupado Hans unos minutos antes. Enciende el móvil en cuya pantalla continúa el mensaje que ya ha leído una hora antes. “Va para allá. Ten cuidado. Quítate de en medio”. Robert apaga el móvil y le saca la tarjeta. Por su parte, la maestra les dice a los niños que no miren y ruega al chófer que eche a andar. Este, con gafas de sol, antes de levantar el freno de mano, poner el intermitente y pisar el acelerador, sube un poco el volumen de su pequeña discoteca. Suena Satisfaction.

   

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