Sufre mamón

Frente a la puerta principal del chalé de Villa Urquijo, estaba Beltrán, que acababa de tocar el timbre —dos sonidos limpios de campanitas— . Beltrán se afanaba por repasarse el tupé, comprobar que su flamante chaqueta Gucci gris marengo estuviera bien ajustada y exhalar un poco de aliento contra la palma de su mano para evitar sorpresas. No habían pasado cinco segundos, cuando la puerta blanca fue abierta por un señor que le tendía la mano para saludarlo.

— ¿Debes de ser Beltrán, verdad? Pasa, estamos esperándote.

Según supo Beltrán durante la noche, los viernes por la noche se solía celebrar una comida familiar en casa de los Urquijo. En el comedor de mármol blanco y paredes estucadas de amarillo pastel, al que fue conducido, se situaba una mesa enorme para doce comensales que —como le dijeron más tarde— con frecuencia resultaba insuficiente. Lugar en el que, desde que papá murió, presidía la matriarca de la familia: Clara Urquijo, una señora rubia, con apenas canas para sus más que superados sesenta años y de figura estilizada mantenida por largas sesiones de gimnasio y natación.

Tras un breve instante de expectación, Jimena, la más pequeña de las tres hijas de Clara, comenzó a presentar a Beltrán a los asistentes a esa reunión. A dar detalles de cómo coincidieron, en el último año de bachillerato, en el colegio Virgen de la Caridad, aunque sus vínculos se estrecharon en el curso de confirmación de aquel mismo año.

La cena transcurrió con tranquilidad, al ritmo de los platos traídos por dos chicas de servicio, de uniforme azul oscuro, con rasgos asiáticos. Esa noche, una ensalada de endivias aderezada con salsa de quesos azules, seguida de lomo de ciervo guisado en pisto. Los turnos de palabra eran ágiles y más frecuentes a medida que los comensales iban saciando el apetito.

Los invitados se congratulaban de la nueva pareja en ciernes. Dando cuenta de las obvias ventajas que comportaba la educación cristiana, en centros católicos, como garantía para la forja de las mejores familias. Del derecho de los niños a tener una madre y un padre como Dios manda. De la imposición “progre” de tener que aguantar a parejas de maricones —que ni siquiera ahora se les puede llamar así— pavoneándose en la puerta del colegio como si fuera normal. Clara Urquijo, por su parte, ejercía de metre, mientras permanecía atenta a los movimientos de la mesa.

Terminados los postres, alrededor de las 11, los comensales fueron conducidos al salón para el café. Momento que aprovechó Beltrán, acompañado de Jimena, para despedirse de su futura suegra, Clara Urquijo, a la que le agradeció la invitación y ante la que se excusó por marcharse tan pronto. “Me gusta volver a casa temprano. Mis padres son mayores”. Clara Urquijo, por su parte, le devolvió las gracias a ese futurible al que mencionaría varias veces más durante la noche.

Al salir de la urbanización, Beltrán aparcó su flamante Renault Captur rojo deseo en el arcén de la carretera que lo llevaba a Toledo. Cogió el móvil de su chaqueta. La pantalla se iluminó con un color rojo chillón: Fuego de vida se llamaba la aplicación que acababa de abrir. Tenía un mensaje al que respondió con celeridad. En breve se volvió a iluminar la pantalla: “Calle Santo Tomé, bar Puertolas. Llevo falda roja. Estoy sentada junto al Juke Box. No tardes”. Beltrán volvió a arrancar el coche. Subió el volumen, Devuélveme a mi chica, de los Hombres G, y abrió la ventanilla en la que apoyaba el codo mientras que el viento le rozaba el tupé anclado por el fijador.

Dos semanas más tarde, Beltrán volvió a quedar con Jimena para cenar en su casa: “Ven a las 9, que a mi madre le dé tiempo de volver de misa”, le había dicho Jimena. También, que ella iba a pasar la tarde con sus amigas de Derecho. Que si le importaba, a lo que Beltrán le había respondido que no. “Terreno despejado” pensó Beltrán.

Después de almorzar, Beltrán abrió la aplicación de Fuego de vida. Entre las señoras con las que podía quedar, le llamó la atención Gata Montesa. Contactó con ella y recibió respuesta: “17hrs café Rosales, calle Santa Úrsula. Pregunta por Rosa”. Beltrán acudió a la cita. Desde lejos comenzó a mirar. En el bar había unas quince mesas ocupadas. En ese momento, el corazón le dio un vuelco. Apretó los ojos por si su vista lo engañaba: ¡No puede ser! ¡La Urquijo, me cago en la puta! A toda prisa, alejó sus pasos del lugar, rogando no haber sido visto. “Irá a misa, la beata esta, hay que joderse”, pensó para sí.

Ofuscado, volvió por su coche. Aún quedaba un rato hasta la cena. Tomó asiento en una cafetería donde se pidió un gin-tonic de ginebra Bombay Sapphire con tónica Nordic. Cogió el teléfono. Abrió la aplicación. Mensaje de Gata Montesa:

— ¿Dónde estás?

—Imprevisto—, responde.

—Me dejas con muchas ganas, malote.

Beltrán silenció el móvil. Tras hacer tiempo, se dirigió hasta casa de Jimena.

Le abrió una de las sirvientas asiáticas que lo condujo al salón donde se quedó solo mientras Jimena se terminaba de arreglar. Cogió el móvil. En la pantalla había un mensaje que no se atrevía a abrir.

—Perdone— dijo Beltrán a la sirvienta que le había abierto— ¿podría pasar al baño?

Tras encerrarse con pestillo, Beltrán abrió Fuego de vida. Esta vez, se trataba de una foto con texto en la que se veía a Gata Montesa. Llevaba la cara cubierta con una máscara de Catwoman y como único atuendo, una cinta de cuero negro de unos dos centímetros que le rodeaba la cintura:

—Me has dejado muy salida. Mira lo que te pierdes.

Beltrán se excitó mucho. Se miró al espejo. Comenzó a tocarse. Sin embargo, giraba la cabeza de izquierda a derecha en signo de desaprobación respecto a la idea que se le venía… Manos quietas.

En un momento dado, algo le llamó la atención de la foto, cuyo fondo no había sido oscurecido del todo. Comenzó a fijarse en los detalles del lugar desde el que se había fotografiado Gata Montesa. En los azulejos crema con rombos, idénticos a los del baño en el que él estaba y, haciendo zoom, en el ángulo superior derecho, sobre la misma estantería que ahora observaba, de metacrilato blanco,, un juego de 4 patitos amarillos que en corro se alineaban con una descripción idéntica a la del patito que ahora sostiene con manos temblorosas: Reunión de antiguas alumnas de las Madres Descalzas. De fondo, se escuchaba la voz de Clara Urquijo que canturreaba una canción de Hombres G.

Comentarios

  1. Qué bueno leerte cada semana Mario! muchissimas gracias 🙂 un placer de verdad 😊 Sarah

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  2. Hola Mario. Tu ha contado una buena historia 👋👋 Te convertiras en un verdadero escritor. Buene fin de semana

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  3. Buenísimo Mario! Gracias por compartir.
    Galga

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    Respuestas
    1. Muchísimas gracias, Galga :) Un placer que te guste :)

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  4. En hora buena te quiero

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  5. Me ha resultado muy agradable leerte. Muy bien contada la historia. Me quedo con ganas de más, como la señora Urquijo. Aunque yo de letras. Enhorabuena. Pepe Grosso.

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