I Shot the Sheriff

Ian acaba de recibir el mensaje: Blue Nile. A las 11. Guarda el móvil en su chaqueta. Anima sus pasos. Queda poco para llegar. A unos metros de la puerta, hay 3 negros fumando marihuana. Un poco más allá, varios árabes discuten de fútbol. En la esquina hay un hombre de aproximadamente 1.80, vestido con zapatos de piel de leopardo y un traje rojo ceñido a su cuerpo musculado que refleja, como sus dos dientes y collares gruesos de oro, la luz del sol que comienza a apretar. Se trata de El rubio, el narco mayor del reino. El distribuidor oficial de drogas, armas y todo lo que se pudiera trapichear en ese culo del mundo. El tipo habla a voces increpando a alguien al otro lado del teléfono.  

Ian reduce el ritmo de sus pasos antes de situarse al lado de El rubio. Le llama la atención el traje. Quizás se podría comprar uno igual muy pronto «aunque no de ese color ni estilo —se dice—, desde luego». Aguarda, como el que espera su turno en la carnicería, a que El Rubio acabe la conversación. En un momento dado, El rubio termina la llamada: «Venga, te quiero ver ya aquí, pedazo de mierda» —dice antes de dirigirse a Ian.

— ¿Cuánto era? ¿5000? —pregunta a Ian con desgana mirando de izquierda a derecha—. Ya sabes las normas, mañana, antes de las 10, me traes 6000. Sin historias —dice mientras le muestra un sobre blanco, que acaba de sacar de uno de los bolsillos interiores de la chaqueta roja, agarrándolo con fuerza, que mueve en movimientos cortos, dirigidos a la cara de Ian, de arriba abajo.

Ian, tiende la mano para coger el sobre que, durante unas décimas de segundo, sujetan ambos, antes de que El rubio abra la mano para dejarlo partir.

Acto seguido, Ian entra en el local. Huele a tabaco mezclado con alcohol y a letrinas a las que no se les dedica demasiada lejía. Al fondo, sobre el mostrador, se ven 4 pantallas de televisión que proyectan carreras de caballos y otras competiciones. En el centro del salón, hay varias personas acomodadas en sillas dispuestas como las de la sala de espera de un hospital.

— Blue Nile, a las once. 5000 euros —dice Ian mientras aproxima un fajo de billetes de 50 euros a la persona detrás del mostrador que le devuelve un recibo en el que se justifica la apuesta.

A continuación, Ian sale de la sala. Se dirige a un bar que hay en la esquina del local de apuestas cuyo nombre se distingue con dificultad en un letrero de colores difuminados por el paso del tiempo y el sol. Allí se acomoda en el mostrador para pedir un café con leche y unas tostadas con jamón y mantequilla. Coge el periódico y lee con desgana algunas noticias. De fondo se escucha Bob Marley: I Shot the Sheriff.

Once y cuarto. Ian vuelve al local de apuestas. Mira el tablón de resultados y repasa, uno a uno, los resultados de las carreras de las últimas dos horas. ¡No puede ser! Vuelve a leerlas… ¡el nombre de Blue Nile no aparece por ninguna parte! Revisa de nuevo. Su frente comienza a enrojecer.

Sale por la puerta. Apenas se da cuenta de un tipo, que lo insulta vivamente, con el que acaba de tropezarse y casi tira sin darse cuenta. Acelera los pasos hasta un callejón situado a unas tres calles. Coge el teléfono para hacer una llamada. Nadie responde «¡No puede ser!» exclama varias veces. Le pega varias patadas a una papelera…

Vuelve a marcar. Esta vez descuelgan el teléfono «¿Todo bien?», se escucha desde el otro lado.

— ¡Me cago en la puta!... ¡Me cago en la puta! ¿De dónde cojones has sacado al mierda ese? ¡300 euros por la información!… «Toda una ganga» me dijiste, ¿no?… ¡Un carajo Blue Nile!

» ¿Qué me tranquilice? ¿Eres gilipollas o qué? ¡6000 le tengo que dar al hijo de puta ese mañana! ¿Qué hago? ¿Un atraco? ¡Qué cojones voy a hacer!...

» No mira, escucha… ya lo sé que estaba en la mierda. No hace falta que tú me lo digas. Aun así, eres tú el que me has metido en esto también...

» No, no puedo tranquilizarme. Hay que actuar. Un atraco no pero sí me va a venir bien el bicho que le compraste al cabrón este…

»Ya sabes cómo funciona esto... Mañana a las 10 me ha dicho el hijo de puta… ¡Déjate de historias! ¡No te hagas el loco, sé que la tienes! ¡Que se la compraste a él! —en estas últimas frases, Ian ha ido bajando el tono de la voz…

» ¡Me lo debes! ¡Voy para allá!

Al día siguiente, Ian se dirige hacia el punto acordado que se sitúa en una zona de naves sin actividad, una jungla de cemento y acero con aspecto de apocalipsis. Conduce un coche que aparca dos calles antes del lugar de la cita.

Ian sale del coche. Recorre la distancia que le separa hasta el punto de encuentro. Las manos, en los bolsillos de la chaqueta. El Rubio —que lleva el mismo traje rojo del día anterior, esta vez tocado con un sombrero negro— lo espera junto a otros dos mastodontes. Mira a Ian a los ojos. Ian esquiva la mirada y baja la cabeza.

Unos 10 metros antes, Ian vuelve a fijar su mirada en el trío. Saca una mano para saludar y directamente, con la otra, saca una Glock 18 con la que efectúa varios disparos que abaten a los tres individuos. Sin demora, se acerca a los cuerpos. Uno de los tipos aún respira. Al igual que sus dos compañeros, recibe un último tiro de gracia entre las cejas.

Ian, al acercarse, ha esquivado los charcos de sangre que se están formando. Borra las huellas de la pistola antes de dejarla sobre el pecho del prestamista, devolviendo el arma —según se comenta desde entonces—, a la persona que la había vendido a su amigo unos meses antes. «Estaba en garantía y hubo que devolverla», se dice que también bromeó alguna vez cuando subió en la escala de narcos de la ciudad.

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