Me acuerdo

Me acuerdo de mi madre al otro lado del portero automático: «Puri ha llamado, te invita a ir a la fiesta de San Juan». Eran las 4 de la tarde, hacía más de 40 grados. Mi madre había cogido dos autobuses urbanos de Tussam, de esos naranjas que ya no hay, para llegar hasta mi piso. Yo llamé rápidamente a Puri. No me acuerdo si invité a mi madre a subir.

Me acuerdo de cuando me enteré del suplemento que pagas por una habitación cuando vas solo. Cómo me incomodaban las razones de la chica de la agencia: «claro…, los hoteles no pueden perder dinero si viajas solo…». En posteriores ocasiones, mentí, pedía precio para dos, y también cuánto costaba si venía un amigo que viajaba solo. Hasta una vez tuve que responder que no queríamos habitaciones triples.

Me acuerdo de los sábados por la tarde. De ducharme. Afeitarme. Echarme colonia mientras escuchaba el concierto de New Model Army. Ponerme los pantalones de pitillo negros, mi blusa blanca con el cuello finalizado con picos negros, mi cazadora de cuero también negra, la ropa con la que me sentía más guapo. Y de cómo me tiraba al teléfono si, llegado el caso, alguien llamaba para quedar.

Me acuerdo del día en el que me riñeron por mirar una revista porno. Un niño me acusó. La profesora me llamó y me habló de la inocencia que era muy bonita. Jamás supe si esa revista existió ni por qué me atribuyeron su posesión.

Me acuerdo de no llegar a tiempo para responder al teléfono cuando no se veían los números de la persona que llamaba. Coger el aparato y automáticamente marcar un teléfono. La respuesta solía ser «No» a la pregunta: «¿Me has llamado?».

Me acuerdo del suelo de cemento del patio de la casa de Afán de Rivera. De cómo achicharraba en verano. Del bañador y mis nalgas calientes al contacto con el pavimento húmedo en el que acababa de caer el agua de la manguera de goma (recalentada ella también).

Me acuerdo de dormir, entre horas, en la carretilla de mano de mi almacén de materiales de construcción. Ponerla junto al montón de arena fina húmeda, como si de una hamaca de playa se tratara... Recostarme boca arriba y reposar mis piernas en ambas varas. 

Me acuerdo de mis primeros callos. De sus rugosidades y durezas que descubría, como otras partes de mi cuerpo, con las yemas de mis dedos. Y también, de la temperatura y suavidad del acero de aquella pala que cada día me costaba menos trabajo levantar.

Me acuerdo del taller, junto a mi almacén, de mi amigo Antonio. De escuchar con atención, durante horas, sus explicaciones de mecánica: «así se abre el motor…», enseñarme como hay que comprobar las medidas de una junta de culata, de no enterarme de nada y de cómo parecía que eso no importaba mucho.

Me acuerdo de la persiana en el cuarto de mi abuela Carmen, del ruido de sus laminas de madera verdes, agitadas por la corriente, y del platito con agua, sobre la mesita de noche, lleno de jazmines. De dormir allí rápido y mucho hasta que el olor a café recién hecho me despertaba.

Comentarios

  1. Muy bonito. ¿Prosa o poesía? Siempre he confundido los géneros;) Besos, Fer

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    1. Gracias, Fer, por comentar. Este es uno de los primeros ejercicios que hice en los cursos y está inspirado en la obra de Joe Brainard que se titulaba así y que proponía recuerdos como los del ejercicio. En cuanto a lo que dices, la prosa poética es prosa en el que se atiende sobre todo a la forma (eso dice el librito) y en la que la presencia del narrador es cercana, cariñosa, con sentimientos hacia lo que cuenta... Esa es la teoría, pero después soy un poco maleta llevándola a la práctica y, al final, escribo como me parece

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  2. Bonito recordatorio Feliciano Perez

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  3. Tu historia es tres hermosa. Los recuertos son como las olas que vienen y se van. Una voz hechos marcados pour la alegria que calientan nuestro corazon. Hasta luego Mario

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  4. Precioso y muy emocionante, Mario, de verdad.

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