Manolita

El año 1984 estuvo marcado, en la vida del Cerro del Águila, por dos hechos extremadamente singulares. En primer lugar, la irrupción y caída de uno de los más esplendidos vídeos comunitarios que hayan existido. Por otro lado, lo que muchos denominaron “el negocio del siglo”. En lo que se refiere al éxito comercial, la freiduría Manolita sobrepasó todos los límites de popularidad conocidos hasta entonces, transcendiendo fronteras y la provincia de Sevilla. Este establecimiento había abierto sus puertas, sin demasiado éxito, el año anterior, en este barrio habituado a presenciar el surgimiento y desaparición de innumerables comercios.

Todo cambió el año siguiente. Fue después de la Semana Santa, allá por el mes de Mayo, cuando las personas comenzaron a acudir a esa tienda en tropel. El número de clientes aumentaba día tras día. Si una tarde eran 20, a la siguiente, 40, después 80, etc. Era digno de presenciar la cola que ya se formaba sobre el mes de junio. Hubo un momento en el que dicha serpiente humana daba una vuelta a la manzana, llegando más tarde a ocupar varias calles. Hordas de gentes que esperaban para comprar frituras: chocos, adobos, puntillitas, croquetas, huevas, gambas rebozadas, pavías de merluza y tantas otras especialidades.

Ante tal masificación, comenzaron a surgir varios problemas. En primer lugar, la frustración de los clientes, ante la espera que podía durar horas. El calor en Sevilla, durante el día, superaba a menudo los cuarenta y pico grados, en ese verano que fue especialmente caluroso. El asfalto y pavimento calientes provocaban un bochorno a duras penas soportable que no amortiguaba el comienzo de la tarde. Los sudores se unían a la impaciencia creando el descontento entre los que esperaban. Situación para la cual Manolita ideó una respuesta. Esta consistió en la creación de un servicio de avituallamiento. Este equipo lo formaban jóvenes vestidos, como los dependientes, con gorra azul, pantalón vaquero cortado a la altura de las rodillas y una camiseta con el logo de la freiduría, un calamar con una sonrisa de oreja a oreja. Cada uno llevaba un carrito de la compra al que se le había dejado solo la estructura, despojándolo de la bolsa de tela o de plástico. Este artilugio servía para transportar neveras de playa repletas de hielo, cerveza y refrescos helados. El cliente saciaba la sed, comenzaba a consumir y se tranquilizaba, creándose además un ambiente distendido que provocaba las risas y la conversación.

Otro de los inconvenientes tuvo que ver también con las consecuencias negativas del calor. Dada la respuesta de la clientela, el horario de apertura se adelantó, poco a poco, al ritmo de una hora por semana. El pescado frito comenzó a servirse cada vez durante más momentos del día. Si en junio se abría a las ocho de la tarde, llegado julio, el olor a fritura comenzaba a estar presente en el barrio desde antes del mediodía anunciando el pescado como almuerzo. En septiembre, llegó la locura, con la apertura desde las 9 de la mañana, para el desayuno también.

A menudo el bochorno provocaba desfallecimientos. Ante tal coyuntura, Manolita reaccionó con rapidez e ideó otra estrategia que pudiera paliar los efectos de la calor: un sistema de toldos y sombrillas instalados por donde iba la cola. Asimismo se trajeron mangueras, que proyectaban chorros de agua hacia la multitud, además de decenas de piscinas de plástico que se instalaron junto a los toldos. Medidas que fueron agradecidas por los clientes que pasaban por miles por la tienda. Muchos declaraban desayunar, almorzar y cenar con pescaíto frito. Tan extraordinaria era la situación que acudieron al barrio cadenas de radio y televisión para dar cuenta del evento: reportajes sobre la tradición de las frituras en Sevilla; declaraciones de los clientes e incluso una entrevista a la misma Manolita, de parte de Peter Jennings, enviado por la BBC World.

Otro de los eventos de ese verano fue la creación del vídeo comunitario en el barrio: Cerro Cinema —regentado por Jordi Gómez, alias El Pollo, famoso DJ de la época, además de artista polifacético, larguirucho esqueleto de huesos infinitos coronado por una cresta rubia de corte desigual, de nariz aguileña y ojos saltones, conocido por su estrafalario atuendo de botas militares, pantalones y chaqueta de cuero, adornado por cadenas, candados e imperdibles—. El Pollo proponía su vídeo comunitario, un sistema de visionado de películas, extremadamente popular en aquellos años, extendido por la mayoría de los barrios. Por una módica mensualidad, el abonado podía ver en su casa un programa regular de películas, que consistía en una programación —en diferentes horarios— de varias películas al día. El Cerro Cinema ofrecía, además de los estrenos, un extenso catálogo con los largometrajes más importantes de la historia del cine. El centro de emisión estaba localizado en un lugar inconcreto que pocas personas conocían. Desde este sitio partía una red de cableado que se extendía por el barrio, llevando la señal de la central emisora a cada uno de los hogares que pagaba su suscripción mensual. De esa forma, ese verano, desfilaron por las pantallas de los hogares del Cerro los mayores éxitos de Hollywood, acompañados de cerveza fresquita y, en muy a menudo, por pescaíto frito de Manolita: el cine de verano había entrado en casa.

De vueltas a la freiduría, tanto éxito tuvo Manolita, que no pasó mucho tiempo sin que surgieran imitadores por otros barrios de Sevilla. Así abrieron decenas de nuevas freidurías con un modelo similar. No obstante, nadie alcanzaba el éxito de Manolita. Sí, acudía público, pero ni por asomo similar a la freiduría del Cerro. Sin embargo, con la llegada del otoño del año 1984, la llama de prosperidad comenzó a apagarse para la freiduría. Las filas eran cada vez más cortas. Ya no era necesario repartir cerveza ni realizar ninguna acción especial por la caída estrepitosa de afluencia al comercio. Muchos pensaron que por el final del calor. Nadie habría podido entonces pronosticar cuando apareció el cártel: cerrado por vacaciones, que aquel local jamás volvería a abrir sus puertas.  

Para más inri, el final de ese verano también conoció la clausura del vídeo comunitario El Cerro Cinema. Muchos no comprendimos la actitud de los dueños de los tres vídeo-clubs del barrio. Según se comenta, se asociaron para denunciar al Pollo —que acabó en la cárcel por este negocio—, y su comercio de cine a domicilio. También se comenta, que después del cierre del vídeo comunitario, los tres dueños de los vídeo-clubs se presentaron en la puerta de la pescadería Manolita para ofrecerle un acuerdo. Un descuento en películas de alquiler para las personas que compraran en la freiduría. Sin embargo, Manolita, les respondió que estaba muy cansada. Que había sido un verano muy largo y que había ganado dinero en su freiduría para retirarse, como así hizo.

Del Pollo, el dueño del vídeo-club, nada más se supo hasta que hace varios días, para sorpresa de todo el vecindario apareció en la televisión. El motivo era un reportaje de un ciudadano alemán cuya vida parecía ser completamente singular. Matthias Scheller, residente en Berlín desde 1989. Especialista en sonido e imagen. También persona comprometida con los movimientos activistas de la Alemania de la caída del muro. Licenciado en Ingeniería por la Universidad de Berlín, cuya carrera en las aulas ha ido en paralelo con su actividad como ciberdelincuente que ha ayudado en miles de cosas. Mathias Scheller —para nosotros, El Pollo—, contaba en un perfecto alemán, su biografía singular. Todos nos quedamos consternados cuando citó sus años de juventud en Sevilla, como punk, en el Cerro. Su actividad en el vídeo-comunitario. Hablaba de la solidaridad. Del valor de compartir. También habló del poder de los medios de comunicación. Que se ha de fiscalizar su poder de manipulación. De su tórrido romance con Manolita. Que no sabía muy bien si arrepentirse. Del experimento que realizaron ambos editando sus películas. Insertando entre fotogramas imágenes de la pescadería de su amante. Fotos de chocos. De calamares. Los horarios de la pescadería. Toda la información que hacía a la gente acudir como zombis a la freiduría durante el día y la noche del año 1984. Actos de los que no se arrepentía, según sus declaraciones porque le ayudaron a comprender la psicología de los hombres.

 

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