Morgan
Morgan está en el salón, sentado su silla, delante de algunas hojas y el ordenador a su derecha. La luz burbujeante de la única bombilla que funciona en aquella estancia asimétrica ilumina el lugar. Sus manos garabatean palabras que apenas tienen sentido en borradores que desecha mecánicamente. «No puedo más», piensa mientras vuelve a dar forma, con su manos, a otro folio cuyo destino es el suelo de terrazo de tonos rosas.
En su cabeza relampaguean, de vez en cuando, fragmentos de vivencias inconexos. Imágenes gramaticales sin argumentación ni conexión que se sustancian a veces en fantasmas de significado disperso. Por ejemplo, los días posteriores a los de la ruina en casa, por la quiebra del anterior negocio, al comienzo de su adolescencia. De pedalear contento, junto a su padre, sin motivaciones ecológicas, desde su casa camino al nuevo almacén. Su primer trabajo. Aquel establecimiento recién abierto desprovisto de permisos y escasas mercaderías cuya lenta evolución había compartido su padre con él, día a día, en ese verano del 86.. Sus primeras octavillas repartidas: Materiales de construcción. Presupuestos sin compromiso.
También recuerda aquel día al final de otro verano, este más reciente. La entrega del trabajo con el que debía concluir su Máster unos días más tarde. «Hay que entregar esta tarea», se convencía entonces a menudo, mecánicamente, sin demasiada fe. En aquellos días, tenía la impresión de trabajar por inercia sin ningún tipo de convencimiento. «Seguro que no llego», le repetía una y otra vez a su compañero de piso. Sin embargo, en esa mañana que se le viene ahora a su mente algo había cambiado. Se había levantado temprano robándole, otra vez más, horas a la noche. Acudido a las maletas aún sin deshacer, desde hacía meses, de las que sacó ropa limpia que dispuso con cuidado en la cama. En el cuarto de baño, se había frotado las manos con jabón que después diluyó en agua fresca en sus palmas cerradas en forma de cubeta. Solución jabonosa con la que se lavó los ojos como su padre le había enseñado como remedio para la somnolencia: «Hola vida, me despierto y en ti me sumerjo, hoy sin miedo», se dijo aquella mañana delante del espejo.
En un momento dado, Morgan interrumpe sus pensamientos y vuelve al presente. Al salón de iluminación decimonónica. «Hasta de la inactividad y el bloqueo se ha de descansar». Morgan se levanta. Recoge del suelo esas bolas de papel tiradas que en tiempos de oficina habrían valido para jugar al baloncesto. Acude a la cocina. Abre el frigorífico y mira un huevo solitario con el que podría hacerse una tortilla o quizás unos huevos revueltos en los que echar algo que quedara en alguna esquina de la nevera. «Habría estado bien unas patatas fritas», se lamenta tras comprobar que el poco aceite que queda no dé más que para manchar la sartén. «Otro día será. No pasa nada. Hay que seguir». Final del trabajo de inspección, al modo de tropa invasora, puerta por puerta, de todos los muebles de la cocina y sonrisa con el botín inesperado de medio paquete de galletas aún en condiciones medianamente aceptables.
Vuelta a la mesa. Vuelta a la silla. Vuelta al papel que pronto será, quizás, de nuevo garabateado. «Tengo que sacar alguna historia de aquí, mañana tengo la entrega». Morgan respira profundamente. El aire comienza a fluir. Sus brazos acercan entonces el ordenador que está a la derecha. Que enciende y en el que abre el Word. Su rostro cambia de expresión. Su semblante parece más ligero y aparecen pliegues en el rostro antes hierático. De repente sus dedos comienzan a escribir en el teclado. Se suceden las primeras palabras, las primeras líneas. El primer párrafo adquiere forma. Otro más, y sin pensarlo, en la pradera blanca de la pantalla comienzan a dibujarse escenas de las que, sin remedio, deja de ser el propietario.
Hermosa inspiration, y gracias pour el cuento tan lindo 🙂
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