Mi móvil

Mi móvil me controla. Paso mucho tiempo con él. ¿Quién no ha escuchado a alguien plantearse su relación con este artefacto? En mi caso, la historia ha ido mucho más lejos. Todo comenzó con la escritura automática. De alguna manera, sentía que había tomado posesión de mí. Entonces estaba muy enfadado con David, mi jefe. Se trataba de una de esas ocasiones en las que se dice que hay que contar hasta diez antes de decir nada, o respirar para dentro, o yo qué sé, cualquier estrategia vale antes de cometer alguna imprudencia... «Ya no lo soporto más», me decía, «ya está bien de echar horas extras por la cara, ni las putas gracias da el cabrón». Con la frustración, comencé a escribirle un mensaje. Aunque la tarea no es sencilla cuando uno es inseguro e indeciso. El elegir las palabras más convenientes, unido al hecho de que tampoco quería quedarme sin trabajo (pues este me viene muy bien y además trabajaba una chica, Carmen, que me gustaba y a la que quería algún día invitar a una Coca-cola, aunque tampoco sabía si esa era la mejor forma de comenzar una relación. Tampoco tenía claro si estaba bien salir con una chica del curro por eso de donde metes la olla o eso que se dice por ahí…) En resumidas cuentas, quería quejarme pero no perder el trabajo. Cubrirme las espaldas, vaya. Ahora —me decía— que ni sé muy bien cómo hacer un CV con la de años que llevo sin estar en el mercado. Así que nada, con mis dudas y con la lluvia de ideas que desechaba constantemente por parecerme inapropiadas, el móvil comenzó a proponerme palabras, y después frases…

Así, me dejé llevar, y donde quería escribir algo como: «David, tengo que hablar contigo» salió: «David, tengo que hacerte llegar la nueva receta que hace mi madre de croquetas de pimientos». Total, yo sé que a David le gusta la cocina y no me pareció mal comenzar la comunicación con un gesto amistoso (de alguna forma pensé que el corrector activaba su plan de tender puentes diplomáticos. Provocar un encuentro donde dar cuenta de mis reivindicaciones. A mí solo jamás se me habría ocurrido). En los días sucesivos, y ante el éxito de las croquetas, le mandé un par de ideas más de cocina además de aconsejarle un hotel muy apañado en Rota. Finalmente, y a pesar de que tenía la impresión de que el móvil usurpaba mi voluntad, me pareció conveniente su gestión ya que David terminó por aceptar mis peticiones. A pagarme las horas que le reclamaba, gracias —según sus palabras— a mi desenfado y espontaneidad que parecían haber provocado en él un cambio de actitud respecto a mis condiciones laborales, y más en general, a mí como persona humana. Simplemente, el corrector había optado por una estrategia conservadora y se ponía en plan sabio para conservar mi trabajo y no alejarme de Carmen, mi compañera, a la que algún día invitaría a tomar una Coca-cola. Sin embargo, cuando me decidí a contactar con ella —para mi sorpresa y ante mis dudas—, el móvil volvió a tomar la iniciativa. Al final —lejos de mis intenciones por entablar contacto con ella—, terminé por escribirle un mensaje en el que le di el teléfono de Luis, de Recursos humanos, que compartía con ella su gusto por el tenis de mesa. El mensaje funcionó y triunfé —para mi desdicha— en mi papel de Cupido. Atónito, me disgusté con el cacharro aunque él no parecía mostrar ningún interés por mis sentimientos.

En ese momento, decidí apartarme de él. Castigarlo. Para ello, lo dejaba encerrado en un cajón de casa, durante horas, y a menudo, salía sin cogerlo. Para mi sorpresa, pareció que mi enfado logró ablandar su altivez, su cinismo. Cierto día, me sorprendió con un tono de llamada que yo no había programado. Campanera, de Joselito. Al principio no quise prestarle ninguna atención. Pero no podía, era demasiado fuerte. Esas notas desgarradoras. Se me caían las lágrimas. No pude contenerme y fui al cajón para recuperar ese artefacto iluminado al ritmo del Pequeño ruiseñor a grito pelado: «Porque ha pintao en tus ojeras la flor de lirio real. Porque te han puesto de seda, ay, campanera, ¿por qué será?». Otro día, esta vez con el tono de entrada de mensaje, sonó El duo dinámico, 15 años tiene mi amor. Es que no podía quererlo más, me había ganado y me lo volví a meter en el bolsillo. Pasamos días disfrutando juntos de la banda sonora de mi vida —y de la suya también, imagino, porque estaba seguro de que él, en su corazón de mineral metálico, compartía conmigo mi alegría y preferencias.

Nada es eterno, dicen. No pasó mucho tiempo antes de que volviera a hacer de las suyas. El cacharro seguro que me guardaba rencor por sus días de reclusión. Un día llamó a mi ex varias veces —toda una arpía—. Con su tonito nauseabundo me repetía: «Oye, que no pasa nada. Que sabes que no es bueno que me llames. Tienes que superarlo…» Como si le importaran una mierda mis explicaciones. Que no había sido yo. Que se había tratado de una equivocación. Que sí, que habían sido varias llamadas, pero que no quería —al menos en ese momento— volver a hablar con ella… En otra ocasión, hizo lo mismo con el técnico que me jodió la televisión. Con el imbécil ese que encima me había dicho que lo estaba acosando, y de que, para más inri, me había sacado una buena pasta por no hacer nada. En fin. Era suficiente. Ese puto móvil quería amargarme. Eso estaba claro. Totalmente fastidiado, tras acabar la conversación con el tonto del técnico, cogí el trasto y lo tiré al suelo y lo golpeé con el palo de la escoba. La pantalla rota. Tampoco era para tanto. Esa noche apenas pude dormir debido a una presión que comenzó a apoderarse de todo mi pecho. Al día siguiente, sin reflexionar, lo llevé a reparar. La pantalla nueva. Para mi sorpresa, cuando lo recogí, comencé a respirar mejor.

Decidí apagarlo entonces pero el dolor regresaba, esta vez en la cabeza y todo volvía a arreglarse en cuanto que lo encendía de nuevo. Desquiciado, cogí el coche para salir de la ciudad hasta el arroyo Tagarete. Desde un puente lo lancé muy lejos. En ese momento, caí al suelo desmayado. Gracias a Dios, alguien observó el incidente y llamó a urgencias, que no tardaron en llegar para socorrerme. Por otra parte, la persona que llamó a urgencias tuvo tiempo de bajar a recuperar el móvil que extrañamente —porque yo habría jurado verlo hundirse— se encontraba en una de las orillas, incluso sonando con una canción de Bertín Osborne. Preciso instante en el que dicen que recobré el sentido.

Actualmente, me encuentro ingresado en el hospital. Parece que al personal sanitario le llamó la atención mi historia y decidieron entonces mantenerme aquí para que me vieran psiquiatras y psicólogos. No sé para qué la verdad. Ellos dicen que la terapia surte efecto. Que he sufrido de un episodio de yo no sé qué estrés postraumático o algo así. Que pronto estaré mejor. Yo no sé qué pensar. Más aún desde esta mañana. Mi compañero de habitación ha recibido un mensaje. «Es para ti, me dijo». Después de darme su móvil vi este mensaje que aparecía en la pantalla: «Pronto estaremos juntos. Me gustó la excursión al río».

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