Fuego (Capítulo VI)
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—¡Cuenta, Pedro! —le espetaron al señor que acababa de tomar la palabra.
Joe escuchaba la conversación. Mientras tanto, su boca comenzó a secarse. No sabía muy bien a dónde mirar.
— Pues bien, como estáis comentando por aquí —decía Pedro—, mi mujer también llevaba rara desde hacía unos días.
La gente, a su alrededor, escuchaba con atención.
»Yo se lo decía: «Algo te pasa, Noelia, que tú estás muy rara, que tú estás enfadada siempre y ahora no, y eso es tela de raro».
»Ella me decía que no, que qué le iba a pasar. Que yo estaba majara. Y el rollo de siempre. Que si está jarta de trabajar. Que si los niños, las lavadoras y toda la retahíla. ¡Como si uno no trabajara para llegar a la casa y seguir currando encima! ¡Qué cojones! —la audiencia asentía.
—¡Así se habla!, dijo uno.
—Y que si no sale. ¡Manda huevos! Que vosotros sabéis que yo la saco lo menos una vez al mes —decía Pedro apuntando el dedo índice hacía uno de los flexos amarillos del techo—. A sitios buenos del centro, además, para que se pida lo que ella quiera. Que no se puede quejar. Que no somos marqueses, ¡joe!
»Pues normal. Yo me quedé todo mosqueado con las respuestas de la Noelia. Así que el otro día, ya no podía aguantarme más. Le dije: «Noelia, que me he levantado muy mal. Que no me ha sentado bien la cena. Que hoy no voy a trabajar. Que me voy a quedar en casa».
»La Noelia se fue entonces, como todos los días, a llevar a los niños al colegio y hacer los mandados. «Dos horitas fijo que tengo», me dije.
»Pues entonces, sin saber qué, me puse a buscar. Como me pasaba con mi madre, de chico, con las cosas que me escondía, las mujeres son así…
—¡No se salva ni una! —grito uno bajo con bigote.
—Siempre escondiéndolo todo. A revolver los cajones se ha dicho —como con mi madre—, a los sitios donde nunca toco, «que cada uno tiene que tener su espacio», como me dice, encima que es la reina de la cocina y de la casa.
»Lo primero que hice fue ir a la cocina. Allí no encontré nada en especial. Hay que joderse. Me llamó la atención la caja tan bonita que tenemos para las especias, no sabía que existían tantas —risas entre los concurrentes.
—Y seguro que no usa la mitad, ellas son así —dijo otro entre risas.
Y todos los aparatos que le he regalado. Qué montón de trastos. —Todos miran asintiendo—. Con razón me dice “¿Otro?”. «Será desagradecida», pensaba, encima que le regalo cosas y también se queja.
—¡Encima con la de trabajo que les ahorra los cacharros esos para pasarse todo el día delante de la tele! —añadió otro.
—Pues nada —continuó Pedro—, ahí están todos en sus cajitas y en sus plastiquitos, que parece la casa el Ivarte. Si me quedo parado podemos venderlos, porque ella es muy cuidadosa, eso sí que lo tiene.
»Nada, que en la cocina no encontré nada.
»Después me fui al cuarto de los niños. Sin resultado, donde guarda las mantas, que ahí no toca nadie.
»Al cuarto de baño, con sus roperitos…
»Y entonces me dije: “¿A dónde no voy nunca?”
—¡A invitar a tus colegas! —le dijo otro con una risotada.
—Pues eso —continuó Pedro, con cara seria—, me fui al cuarto de la plancha. Que casi me doy un costalazo con la tabla, la cabrona, que fui a moverla y por poco me pilla las manos.
»Allí, en el ropero empotrado que le he hecho (que no cuestan caras las maderas ni nada). Allí, en el altillo, tenía un montón de cosas. Fotos de antes de conocerme. Algunas con un tío que no sabía quién era. Cartas. Hasta poesías. ¡No está flipada! Papeles con cosas de esas que escribirá cuando le da el punto. Y, más al fondo, en el altillo, había una cajita blanca con un lazo rosa, así todo mono.
»Pensé, «estas son cosas de la primera comunión. O un sombrero para una boda. Será para la boda del hermano».
»Así que me dije: «Voy a mirar de todas formas».
»Y entonces me quedé alucinado con las cosas que había dentro...
En este momento todos escuchaban con atención. Incluso se podía oír con claridad la radio que Antony tenía sintonizada en voz baja.
Tras dejar de hablar durante unos instantes, Pedro dirigió su mirada al lugar donde estaba Joe Carmín, que en esas alturas de la narración, fijaba , a su vez, su vista en Pedro y compañía, absorto por lo que allí se decía.
»Pues me da corte decir lo que había dentro de la caja. Me da vergüenza, no, lo siguiente, bochorno. ¡Así no le importaba que yo llegara tarde! ¡Para hacer lo que sea que se haga con esas cochinadas!
»Así que esperé a la Noelia pero me llamó y me dijo que se iba para la casa de la madre que se había puesto mala y que tenía que atenderla
»Que eso es otra. Dejando la casa abandonada para ayudar a la vieja, como si los hermanos no tuvieran mujeres que den el callo. Que le dejan todo el marrón a la Noelia.
»En fin… Que no volvería hasta la tarde.
»Cuando vino ya habían vuelto los niños. La cogí y me la llevé al cuarto de la plancha, «que te tengo que enseñar una cosa». Ella se puso como una fiera. Que qué hacía tocándole sus cosas. Los niños se asustaron y todo, con los chillidos, hasta el grande que entró al cuarto y lo vio todo. Y se fue corriendo.
»Yo le dije que «cómo que tocándote tus cosas si esto es una cosa muy mala lo que tú has traído aquí. Ya me explico porque nunca tienes ganas de nada». Qué asco me da.
»No es por nada, pero me da a mí que yo sé bien de dónde vienen y yo sé, también, que si buscáis como —dijo mirando uno a uno a sus contertulios— os vais a quedar helados.
Entonces todos los parroquianos miraron a Joe Carmin, con gestos diferentes, frunciendo los ojos y apretando las mandíbulas en todos los casos.
—Ahí está, riéndose de nosotros —dijo otro.
—Pues esto no va a quedar así —agregó otro levantando la voz, para que se escuchara al fondo.
Antony miraba a Joe, sin decir nada.
—500, por las dos tapas y la cerveza —le dijo Antony a Joe, tras haber hecho el último el signo de pedir la cuenta, frotando los dedos gordo y anular.
—Al guarro ese hay que echarlo del barrio— dijo otro bajando un poco el volumen, pero no lo suficiente como para que no se hubiera escuchado en todo el bar.
Joe pagó. De inmediato se despidió de Antony y se fue del bar. Luego, anduvo hasta la tienda que había cerrado una hora antes aproximadamente.
Allí levanto la persiana y volvió a cerrarla. Sacó el paquete de Fortuna que había guardado en el cajón del mostrador. Encendió un cigarrillo. Fumando recorrió la tienda. Observaba la fuente de las ranas. Los luminosos. Todas las estanterías. ¿Qué cojones hago aquí? —repetía en voz alta, a veces levantando, al aire, las manos.
Al cabo de un rato, se calmó un poco. Fijó su vista en el expositor debajo del luminoso No Sex No Party. Ese mueble tras el cual estaba la puerta que había ocultado. No tenía prisa. Sabía que quería quedarse en la tienda un rato. Reflexionar.
Uno tras uno, retiró cada uno de los uniformes que llenaban el expositor rojo metalizado, dejándolos en los sofás a la izquierda donde algún día había imaginado que se iban a sentar personas a hablar durante horas.
Una vez vacío, cogió ese amasijo de madera y metal para dejar al descubierto la puerta que escondía o tapaba el apartamento trasero que, desde las obras, había decidido no tocar. Porque no era el momento y porque sentía que no sabía qué hacer con ese espacio. Su sentido de la organización y de la utilidad le habían llevado a actuar como otras veces en su vida. «No toca ahora», se había dicho.
Una vez hubo franqueado la puerta, le llamó la atención el olor a humedad que era menos intensa de lo que se podría haber esperado. Frente a él estaba el pasillo oscuro que daba a las habitaciones, a izquierda, y a la cocina y el cuarto de baño, a la derecha.
—¿Aquí veníais algunas veces, verdad? ¿Por qué teníais este sitio? La verdad es que, si os pasaba como a mí, este barrio no da para más. Con razón os habíais montado esta isla pequeña. Con lo fácil que es coger un avión y pirarse. Pero no, vosotros os habéis quedado aquí. Sin embargo, con este refugio que seguro que necesitabais. Cuánto os comprendo.
Abrió la puerta a la izquierda. Se notaba en la pintura la silueta de una cama y unos muebles que habían ocupado esos espacios. También, el perímetro de lo que podía haber sido un cuadro. Así sucedía también con la otra habitación. Solo habían dejado, en todos los espacios, dos cajas llenas de objetos, entre los cuales se hallaban las figuritas de porcelana que ahora adornaban el expositor conservado de la antigua tienda. Cajas que ahora ojeaba.
«Creo que no he mirado aquí, pensaba Joe, con la suficiente atención. Que no me he preocupado mucho», se decía Joe revolviendo varios objetos que ahora le llamaban la atención como tazas, cuadernos, entre otros. Momento que aprovechó para meter allí una silla, que trajo de la tienda, en la que se acomodó para continuar ojeando las cajas.
—¿Qué secretos tendréis? —había susurrado con un marco en las manos, con la foto de su tío, en bicicleta. En breve, el cansanció venció y se quedó traspuesto en la silla.
Un rato más tarde, con las calles ya apenas concurridas, un ruido sacó a Joe del ensimismamiento.
Joé salió de la habitación. Se dirigió a la entrada del local y de allí recogió una nota del suelo, que habían deslizado por debajo de la puerta, garabateada con caligrafía apenas legible:
«Vete del barrio, guarrón, si no te vas a enterar, hijo de puta».
Ojú
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