Gran Ganga (Capítulo VIII)

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—¿Cómo estás? —dijo Luis, el veterinario, nada más aproximarse a los pies de la cama de Joe, en el hospital.

—Bicho malo, nunca muere —agregó el cura con una pequeña sonrisa.

Ambos se situaron a izquierda y derecha de Joe. El cual tendió su mano primero a Luis y, después, a Don Antonio, quien se la apretó esbozando una breve sonrisa.

—Estos días ya he escuchado eso algunas veces —dijo Joe—. Pues sí. No me voy a morir, de eso no hay ninguna duda, si no es de aburrimiento.

—Tranquilo, Joe, pronto estarás fuera —dijo Luis.

—¿Me habéis traído tabaco u otra cosa que se pueda fumar? —preguntó Joe.

—Te vendrá mejor cuidarte durante algunos días —repuso el cura—. De todas formas, te gustará saber que muchas personas se han interesado por ti y me mandan sus mejores deseos. Por cierto, has recibido una visita que se ha encontrado con la tienda cerrada.

—Es un chico —continuó Luis— que dicen que es director de cine. Pedro Almodóvar, creo recordar que se llama.

—¿En serio, ha estado Pedro por allí? ¡No me lo puedo creer!, ¡y me lo he perdido!

—Sí, como vio la tienda cerrada, entró en el bar de Antony. Allí estuvo hablando un rato con él. Le preguntó por ti. Dijo que le habían hablado de tu tienda en Barcelona —agregó el cura.

Joe escuchaba con una sonrisa en su cara.

—Esa seguro que ha sido la Loba. ¡Qué cabrón!, ¡y no ha venido a verme! —exclamó Joe.

—Precisamente —respondió el cura—, a Antony le ha dicho que iba de paso, que no le daba tiempo para venir al hospital, pero que contactaría contigo. Que tiene muchas ganas de verte. Que se alegra por la tienda. También habló un rato con Antony que lo reconoció nada más que entró por el bar. A tu amigo le llamó la atención que lo conocieran en el barrio. Claro, entonces el americano le explicó lo de que le gustaba el cine. Ya sabes como es él. Así que estuvo en el bar un rato. La verdad es que tu amigo cogió carrera y no paró de hablar. ¡Parece que come lengua! —risas de los tres.

—Por lo visto —continuó Luis—, también le dijo a Antony que no dejaras que te vencieran, que siguieras, que ya te lo diría en persona… —Luis agachaba la cabeza mientras proseguía—. Pero ese amigo tuyo no sabe lo peligroso que es que te quedes allí. A mí, por lo menos, comienza a darme miedo pero tampoco es justo…

—¡De allí no me voy, Luis, ni me van a echar! —exclamó Joe incorporando la cabeza.

—¡Cabezón sí que eres, Eladio! —le reprochó el cura—. Mira que con lo caldeados que están los ánimos.

—¡Entonces qué piensa, padre, que es mejor que se impongan los comportamientos a ostias! —espetó Joe con tono grave y alzando la voz.

—¡Yo no he dicho eso! —replicó el cura con enfado.

—¡Pues lo parece! ¡No he hecho nada para tenerme que ir de mi casa!

Luis miraba nervioso de izquierda a derecha. Como si no supiera que decir aunque el enrojecimiento de su cara dejaba traslucir un descontento que tomaba forma. De repente tomó la palabra.

—¡Yo sí te apoyo, Joe, y haré todo lo que esté en mi mano para ayudarte!

El cura miró sorprendido al veterinario. Abrió los ojos y comenzó a girar la cabeza de izquierda a derecha en signo de desaprobación.

—No me lo puedo creer. Parece que habéis nacido ayer. ¡Que las cosas no se arreglan de la noche a la mañana¡ ¡Que esa tienda ha llegado con mucho adelanto a nuestra realidad! Quizás dentro de treinta años...

—¿Y quién fija las fechas? —dijo Luis, el veterinario, mientras que el cura permanecía ahora con la mirada fija, sin mover ni una de sus facciones. Sin dar crédito a lo que oía—. ¿Quién asegura que las cosas cambian sin acción? ¿Acaso no han sido muchas las mujeres que han contactado con él? ¿Quién les ha pedido a ellas opinión? ¿¡A quién le ha importado nunca lo que piensan!?¿Y por qué los hombres han resuelto su sexualidad con libertad, acostándose con quien quieren? ¡Claro! Ellos son los machos. ¡Y todo con la venia de sus señorías! ¡Hoy el padre nuestro y  mañana a la casa de putas a pagar cuatro duros a esas pobres desgraciadas! ¡Enfermos que estamos! ¡Pues lo mismo hay que cambiar algo! ¡Y yo no digo que lo de Joe no haya sido atrevido, ni que lo aplauda, pero que no ha obligado a nadie a comprar en su casa! ¡Eso también es verdad!

Don Antonio se ponía rojo mientras que escuchaba a Luis. Esa persona reservada y tímida que apenas cruzaba dos palabras con nadie más allá de los deberes propios de su profesión. Que apenas paraba por los bares ni frecuentaba otro lugar al que no tuviera que ir por máxima necesidad. Y, de pronto, allí estaba con su alegato a favor de la tienda de Joe, de la libertad de las mujeres y contra la falsa hipocresía. Joe, por su parte, tampoco daba crédito a esa toma de posición de una persona que hasta hacía poco había juzgado de cobardona y reservada.

—Pues sabéis que os digo, que yo no estoy a favor de lo que decís —pero tampoco en contra—. Y que no sé qué decir. Pero que no creo que las cosas se arreglen a las bravas ni por atajos en forma de penes de colores. ¡Dios mío! ¡Me parece mentira tener que decirlo! ¡Os creía inteligentes, pero no sé qué decir, me dejáis sin palabras!... Me voy, que tengo que ir al centro a hacer unos mandados.

El cura terminó su alocución con la voz temblorosa y aire crispado. Parecía tener experiencia en este tipo de situaciones donde las razones se le escapaban y, para él, lo más fácil era hacer lo que hizo en ese momento, a la espera de reflexionar y de ver las cosas con más claridad. Sabía que no era legítimo que Joe tuviera que marcharse por la violencia pero tampoco le resultaba razonable el alcance y la intensidad de las razones que acababa de escuchar para un barrio tan pequeño como el suyo. Sí, los cambios tenían que producirse, pero poco a poco, y, cada cual, colaborando con mesura y pasos firmes, aunque pequeños y sin agresividad.

—Vale, Don Antonio, yo me quedo aquí unos minutos más —le respondió Luis, el veterinario—. Me viene mejor quedarme aquí, que tengo que hablar un poquito más con Eladio, con nuestro querido Joe.

Joe miraba con una ligera sonrisa al veterinario. Como quien mira a un familiar con cierta edad, que se resuelve en una contienda que solo para él es importante. Con ojos de ternura. El cura, por su parte, abandonó la sala en tres zancadas impropias de su pequeña estatura pero dignas de su cuerpo tónico y músculos bien definidos.

—¡Ahí os quedáis, no quiero escuchar nada! —dijo don Antonio antes de cerrar la puerta de la habitación.

Fue entonces cuando Eladio tomó la iniciativa de la conversación.

—Vaya, veo que estás comprometido con las señoras —dijo Joe con un tono suave y conciliador.

—Sí —contestó Luis— ya estoy harto de las mismas historias. Son muchos años aguantando.

—Bueno. Cálmate un poco… ¿Y qué me dices del padre?, ¿no es un pastelito? Me tiene loco, si no fuera porque es pecado. Bueno… —. Soltó una carcajada dentro de sus impedimentos físicos propios de la paliza—. Creo que le gustan más las feligresas o no feligresas. ¡Quién sabe de las fantasías de las cucarachas estas!

Luis enrojeció. Volvió la cabeza, como para asegurarse de que el cura ya no estaba, que había salido ya de la habitación.

—¿Sabes? Yo conocí bien a tu tío. A Tomás —dijo Luis.

—Ya lo sé. Ya me lo han dicho que bromeaba diciendo que compraría tu local. La historia de montar un Corte Inglés chico y todo ese rollo. Entrar por mi calle y salir por la tuya. No me das ninguna sorpresa, querido veterinario.

—Para —dijo Luis—. Te digo que lo conocí bien. Muy, muy, bien —dijo insistiendo en cada una de las palabras—, no puedes imaginártelo. Y ahora pienso que a él le habría gustado mi atrevimiento con lo que te voy a proponer.

CAPÍTULO IX

 

 

 

 

Comentarios

  1. Genial Mario, esperando el siguiente capítulo… te veo firmando en la feria del libro de Sevilla en poco tiempo 🙌

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    1. Muchas gracias, me hace mucha ilusión que te guste :)

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  2. Eso no vale Mario, ésta intriga me mata...😅👌

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    1. Muchas gracias, guapo, pronto se sabrán más cosas... :)

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