Resistiré (Capítulo VII)

Pulsa aquí si te perdiste el capítulo VI 

Pulsa aquí para ir al capítulo I

—Voy a seguir —. Fue lo primero que dijo Joe Carmín, en la cama del hospital, tras despertar. Según le habían comunicado, había pasado casi tres horas inconsciente. «Podría haber sido peor», le había dicho la enfermera tras relatarle los diversos daños que le habían causado: dos costillas rotas y traumatismo craneoencefálico, con brecha de 5 centímetros, que le recorría el cráneo, más una gran contusión en la mandíbula, que le había costado la fractura.

Todo había pasado muy rápido desde la recepción del primer anónimo, que se repitió, uno al día, durante casi una semana. Por más que le hubieron prevenido, Joe no había echado cuenta. No le había otorgado la suficiente importancia a la situación de peligro. Sin cambios en la rutina. Sin cambios en su forma de actuar. «Ni nada ni nadie me van a hacer renunciar. Ya está bien de amenazas. Si no les gusta, que se jodan», había repetido insistentemente.

Sin embargo, Joe hablaba en su propio nombre y jamás iba a permitir que, por su culpa, nadie corriera peligro. Por lo tanto, la primera consecuencia negativa de su nueva situación, bajo amenaza, había sido el desmantelar el dispositivo de distribución, a domicilio, de los productos de Carmín Amenities. Además, los ánimos estaban demasiado caldeados. «Ya pensaré en otra cosa», le había dicho a Juanlu, uno de los modernitos, quien se resistía a admitir que la «intolerancia de los casposos», según sus palabras, se hubiera salido con la suya.

En la cama del hospital, Joe Carmín fue recordando, poco a poco, los hechos: cómo cerró la persiana, de la tienda, a la hora de costumbre, a las ocho, ya de noche. También, que no había casi nadie por la calle. Que el tiempo era desapacible. Que chispeaba y, por eso, se había puesto un chubasquero que había comprado en Londres, con la bandera de Inglaterra, para protegerse de la humedad. El frenazo de un coche y de la persona que se había acercado a él. Que notó un objeto punzante, en su costado izquierdo mientras que le chillaron: «¡Sube, bujarrón!». Que no se le había ocurrido escapar porque, además de la persona que amenazaba, había otros que esperaban en el coche arrancado. Porque, también, sabía que si no era ese día iba a ser otro. Conocía demasiado bien sus códigos de matones.

Recordó que la primera ostia le cayó en el asiento trasero del coche. «¡Mira para abajo, bujarrón! ¡Como levantes la cabeza te reviento!». Entre estas voces, le llamó la atención la de alguien que tartamudeaba y al que le costaba acabar una palabra. En breve, llegaron a un descampado cuya localización reconoció, más o menos, en la oscuridad porque, a unos doscientos metros, se distinguía la silueta recortada en el horizonte de la torre de la Universidad Laboral. Como un juguete en manos de niños, fue sacado del coche. En primer lugar, recibió el golpe en el cráneo, que le causaría la brecha, con el cerrojo de una cadena antirrobos de motos, Python, con el que cayó al suelo. Acto seguido, las patadas le llovieron de todas partes. Una de ellas, le golpeó en la mandíbula dejándola desfigurada. En breves instantes, el corte en la cabeza produjo un charco de sangre en el suelo que asustó a los agresores.

—¡Lo hemos matado! —gritó uno de ellos.

Esa brecha fue, según la enfermera, la que le salvó de sufrir daños mayores. La que le permitió seguir con vida.

—Y así te encontramos —le habían terminado de contar en el hospital. Boca abajo, con los brazos extendidos, en ese lugar apartado. Y todo gracias a una persona que paseaba los perros. Que vaya casualidad que pasara por allí a esas horas. En fin, lo que tienes que hacer es descansar, ya todo ha pasado.

Poco a poco, Joe Carmín, dolorido, en la cama del hospital, fue recomponiendo los detalles de lo que había pasado. Conjeturando asimismo sobre qué rumbo iba a tomar su vida en Sevilla. Porque sí, porque su primer reflejo le espetó a declamar: «¡Voy a seguir!», pero en la vida de verdad existen fuerzas que no se pueden controlar.

En medio de uno de estos pensamientos, dos días más tarde, se hallaba Joe cuando recibió la primera visita desde la agresión. Por la puerta de la habitación aparecían tres siluetas vestidas de negro y pelos cardados al aire.

—¡Oye, pues no te veo tan mal! —dijo una de ellas.

—¡Que te dije, Juanlu, bicho malo nunca muere! —añadió el segundo.

Juanlo penetró en la habitación.

—¿Me puedo sentar? —preguntó mientras se sentaba al lado de Joe, en la cama, y le tendía la mano, la cual, Joe, tomó y apretó con una sonrisa dibujada en la comisura de sus labios.

—Claro que sí —dijo con algo de esfuerzo por el daño en la mandíbula— ¿Se me ha corrido mucho el Rimmel?

A Juanlu se le caía una lágrima por la mejilla.

—Estás muy guapo, no te preocupes. ¿Sabes? —prosiguió Juanlu—. He escuchado rumores por el barrio. Parece que se han asustado los que han sido, según me han contado. La policía ha estado por el barrio preguntando y dicen que...

—No quiero saber nada. —Joe no dejó acabar a Juanlu. Sabía que una de las claves de su continuidad en el barrio pasaba por dejarlo estar. Aceptar el daño como un mal necesario—. Por ahora seguid con vuestras historias. No preocuparos por mí.

Joe estaba aún dolorido por lo que la visita no duró mucho más. Tras dar las instrucciones necesarias a Juanlu, para colocar un cartel en la puerta de la tienda, avisando de la próxima reapertura, los chicos se marcharon con las cabezas agachadas.

—¡No os vayáis con esas caras! —dijo Joe—. ¡Eso es lo que quieren!

Unos días más tarde, Joe recibió una segunda visita.

—Soy Noelia. Solo nos hemos conocido por teléfono. Me han dicho que estabas en el bar de Antony cuando mi marido contó su batallita. Que se te quedaron todos mirando, amenazando y todo. ¡Qué vergüenza!

—Hola Noelia, no te había imaginado tan guapa.

—Quería venir para disculparme, Joe. Me han dicho que no vas a presentar ninguna denuncia. No lo comprendo, pero en el fondo, me alivia. —Noelia se tomó unos segundos para proseguir—. No creas que mi marido ni ninguno de los del bar. —Paró su alocución mientras agachaba la cabeza.

—Yo sé que no han sido ellos, Noelia. También sé que eran jóvenes y quizás conozcas a alguno.

—Mi hijo se junta con algunos que no me gusta… Con sus bravuconadas y sus banderas. El día de la discusión con mi marido. Cuando hizo el numerito, delante de los niños, y me encontró las “cosas”, se enteró de todo. Se puso muy furioso y se fue corriendo. No sé lo que le ha pasado. Bueno, sí que lo sé, y creo que a ti puedo decírtelo. Yo creo que mi hijo es como tú, cuando era chico lo pasaba mal en el colegio antes de venir a este barrio. Desde chico ha sido especial. Más aún con el problema que tiene para hablar el pobre. Yo sé que se arrepiente si ha tenido algo que ver.

—Tranquila, porque sé que se han asustado. Él tiene que encontrar su camino y yo te puedo ayudar. No te preocupes. Por mí no vas a tener problemas. Ya los sabes. Pronto saldré de aquí. Y volveré al barrio. Y estaré disponible para vosotras. Seguro que todo irá bien. Tú no te preocupes.

—¿Pero te vas a quedar en el barrio? ¿No te vas a ir? —dijo Noelia con gesto de admiración.

—Ya no hay ostias que me duelan, Noelia, ni mucho menos las de cuatro mocosos. Por supuesto que me quedaré y seguiré siendo como soy. Ya está bien de huir y soportar. ¡Os queda Joe para rato! —concluyó sonriendo.

Noelia lo escuchaba, con los ojos y boca abiertos. En un gesto rápido sacó un paquete que llevaba en el bolso: una Caja Roja de bombones Nestlé, que dejó sobre la mesita de noche de la cama del hospital.

—Me han dicho que te gustan. Bueno. Te dejo. Creo que tienes visita después de mí —concluyó Noelia mientras rozaba los dedos de su mano izquierda con los de Joe.

En la puerta aguardaban, el cura, Don Antonio, y Luis, el veterinario.

Joe, tras despedir a Noelia, miró a la puerta y dijo con voz alegre.

—¡Hombre! ¡Las fuerzas vivas del barrio! ¡Pasad! ¡Pasad! Pero no me vais a convencer. De allí no me va a echar nadie. ¡Que lo sepáis!

Capítulo VIII

Comentarios

  1. ¡Qué bueno! Me quedo con ganas de más. Me ha hecho volar la imaginación. Un saludo libertario😘

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Muchísimas gracias y un saludo libertario para ti también :) !

      Eliminar

Publicar un comentario

Entradas populares