Dragón Rojo

Pocos en la oficina dieron crédito a la manera en la que Félix Ulloa cayó en desgracia. En primer lugar, su mujer, sin previo aviso, lo había abandonado. Luego, sus hermanos le comunicaron que tenía que abandonar la vivienda familiar en la que vivía desde hacía años.

 

 

Félix —según muchos, uno de los tipos más carismáticos del departamento de ventas—, a su manera, mantenía el tipo, en su persistencia por sonreír y mostrarse afable. Los compañeros, no obstante, intuían su desazón.

—Félix, cómo podemos ayudarte, por favor dinos algo.

Pregunta ante la cuál, Félix reaccionaba con naturalidad, tranquilizando a su interlocutor.

—No pasa nada —respondía con su sonrisa sempiterna.

Lejos de desanimarse, insistían y buscaban la manera de acercarse a él. En la máquina de café de la oficina, en el comedor o en la sala de reuniones.

—Félix, que estamos pensando que tenemos que organizar una salida. Este viernes hay una fiesta en el Dromedario. Queremos tomarnos unas copas. ¡Venga, que eso te puede venir muy bien! ¡No seas cabezón! ¡Tienes que salir, la suerte te va a cambiar!

Ante este ofrecimiento, Félix reaccionaba con escepticismo. No era la idea que le rondaba por la cabeza. Por otra parte, no podía evitar recordar sus días más duros de adolescencia. Aquellos en los que experimentó —tras el fracaso escolar—, más intensamente, la soledad e inseguridad. Época en la que se sucedieron borracheras en las que arrastró el alma por antros y discotecas, perdiendo con frecuencia los papeles —un gremlin pareces, bebes una copa y eres otro, le repetían los colegas—. Por eso, limitaba casi a cero sus salidas y consumos de alcohol. Menos aún en las circunstancias que vivía en esos momentos. «Ya es lo que me quedaba —se decía—, volver a beber y liarla».

—Solo necesito un poco de calma. Muchas gracias por vuestro interés. Por favor, no insistáis que no puedo —terminaba respondiendo Félix.

Tanta era la insistencia de los compañeros que, ese día, desde que llegó a casa, no logró sacarse de la cabeza el ofrecimiento. «No puedo permanecer indiferente a su ayuda. Es muy egoísta de mi parte», se decía. Tenía que salir de aquel pozo en el que se hallaba. «¿Qué mal podría hacerme salir un poco y despejarme? Tampoco se puede ignorar a las personas cuando se preocupan por uno».

Con estos pensamientos, Félix acabó por cambiar de opinión. Al llegar a la oficina, al día siguiente, se dirigió a Adrián, el compañero que le había propuesto el plan del Dromedario, el cual, como el resto de la oficina, acogió con alborozo el cambio de opinión.

—¡Escuchad, este viernes la liamos!

Llegado el viernes y, tras tomar unas tapas en el bar Manolo, los de la oficina se dirigieron al Dromedario. Allí, al calor de la música de los ochenta, Félix encadenó varios chupitos de tequila que su compañero más persistente, Adrián, se empeñaba en ofrecerle.

Adrián contemplaba atónito como la primera resistencia numantina de Félix se iba transformando; no solo en una auténtica avidez por la bebida sino en un carácter nunca visto. Con una locuacidad a la que apenas daba crédito.

—¡Soy un gremlin! —comenzó a vociferar Félix mientras que se desabrochaba los botones de la camisa y se abrazaba a los compañeros, uno a uno, que apenas daban crédito.

En un momento dado, entró en el local una visita inesperada. Se trataba de Lorenzo, el director, que se quiso sumar a la fiesta. Aún con traje y corbata —uno de los allí presentes bromeó, «ese no se quita el uniforme ni para dormir»—, se dirigió a la barra a pedir una copa. Por la derecha se acercó Félix.

—Te veo bien, Félix —dijo mientras le tendía la mano con incredulidad producto de la euforia inusual del subordinado.

Félix. Al estrechar la mano del jefe, le dirigió la boca a la mejilla, para besar, como hacen muchos hombres actualmente, a lo que Lorenzo reaccionó lo más natural que pudo. «No es el momento de formalidades» debió pensar para sí. Sin embargo, los labios de Félix avanzaron hasta llegar al cuello del superior que comenzó a besar en repetidas ocasiones. Al mismo tiempo, le colocó la palma de la mano abierta sobre la cremallera del pantalón. «¿Qué tienes aquí, guapo?».

Lorenzo retrocedió estupefacto. No daba crédito.

—¡Estás chalado!

Reacción que provocó las risas de Félix, que, cual Joker, comenzó a saltar. «¡Don Lorenzo se enfada!», chillaba.

Lorenzo, ante las caras estupefactas de los allí presentes, se marchó de inmediato.

El lunes siguiente, Félix no apareció por la oficina y así varios días más. «Seguramente —pensaban los compañeros— le da vergüenza». Otros mantenían la teoría de que la actuación en el Dromedario representaba una forma de suicidio público.

Pocos se extrañaron de que Lorenzo decidiera despedir a aquel empleado que había perdido los papeles.

Días más tarde, Félix respondió a la llamada del trabajo para la firma del finiquito.

—Lorenzo no está ahora mismo. Tarda una hora en llegar —le habían dicho en recepción.

Al entrar en la oficina, se acercó a Adrián, el chico que le insistió con los primeros chupitos en el Dromedario. «¡No se ha escrito nada de los cobardes, que ya no tienes quince años!», le conminaba entonces, apoyado en la barra, ignorando las excusas de Félix. «Con esta copa tengo más que suficiente», se excusaba con Adrián en vano.

—Hola Adrián.

Adrián le respondió con un lacónico «buenos días» sin dirigirle la mirada. A continuación comenzó a hilar con dificultad algunas palabras.

—Quería decirte que no sabía que tú no podías, que realmente…

—Tranquilo, tranquilo, Adrián, es normal, tú qué ibas a saber. La culpa es mía. Tú solo eras un buen compañero que velaba por mi bien —decía Félix mientras se quitaba la mochila colgada de la espalda, una de esas grandes de acampada para dos semanas. Algunos interpretaron que se marchaba de la ciudad. De ella sacó una botella de tequila, Dragón Rojo, y un vaso de chupito.

—¡Venga, anímate, Adrián. Por estos quince años juntos!

—Pero, Félix, no es posible —le respondía Adrián—. Ahora no.

—Venga ya, replicó Félix, una copa por mi despedida, ¡que daño puede hacerte!

El compañero accedió, a regañadientes, finalmente. Tomó de un sorbo el chupito siguiendo las indicaciones de Félix.

—¡Así es, quiero despedirme en condiciones! —dijo Félix, dando palmadas en la espalda a su compañero que alargaba ya la mano para recibir el segundo, con una media sonrisa.

Ante las risas, fueron aproximándose varios compañeros que tomaban, uno a uno, tequila según sacaba más vasitos Félix de la mochila.

A las 11h30, una hora más tarde, Félix había vaciado, entre los presentes, las quince botellas de tequila Dragón Rojo que traía en su mochila de Decathlon.

La oficina, en ese momento, por decir algo, era lo más parecido a una fiesta. En una esquina alguien había puesto música y un grupo de personas con chaqueta y corbata bailaban a ritmo de tecno. En otra esquina, había otros cuantos cantando y bailando flamenco. Más allá, se jugaba una partida de Strip Poker.

Ese era el ambiente que se encontró Lorenzo, el jefe, cuando traspasó la puerta de la oficina.

Enmudecido escuchó a varios empleados que le gritaban:

—Si se va Félix, ¡nos vamos todos!

Otro, con una corbata enlazada en la frente, como el chico de Karate Kid, comenzó a animar al resto del grupo que se unió a la proclama:

—¡Porque es un chico excelente, es un chico excelente…!

Todos se unieron al canto. Demasiado para Lorenzo que, de inmediato, se dirigió al despacho del subdirector.

—¡Tenemos que llamar a la policía, Alfredo! —le espetó mientras abría la puerta.

Para su mayor sorpresa, de frente y de espaldas, se hallaba Alfredo arrodillado realizándole una felación a alguien de cuya identidad el director no tenía ni la más remota idea.

Furioso, Lorenzo, se dirigió a su despacho cuya puerta cerró de un portazo.

—¿Se puede? —preguntó Félix tras haberse adentrado ya un metro.

Lorenzo, lo miraba desconcertado sin saber qué decir.

—La bebida es lo que tiene— continuó Félix—, por eso no he tomado nada ni pienso volver a tomar una gota de alcohol en mi vida, espero que sepas perdonarme y aceptar mis disculpas.

El jefe lo miraba de arriba abajo sin decir palabra.

—¿Qué dices, Lorenzo, me quedo entonces?

—De acuerdo, Félix. ¿Qué quieres que te diga? Parece que cualquiera puede tener un mal día. Encárgate del teléfono y del correo central, por favor, y comunica, a quien llame, que la oficina cierra hoy por motivos técnicos.

—¡Porque es un chico excelente! Se escuchaba desde el otro lado de la puerta.

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