EL DÍA DE LA BESTIA
Luis María Ochoa y Juan Antonio Velarde compartieron trayectoria escolar y universitaria en su ciudad natal de Pamplona. Juntos estudiaron, siempre en la misma clase, en el instituto Iputxa de los Padres descalzos. Esta relación tuvo continuidad en la Universidad Católica Pio LXIX donde se doctoraron, Luisma en Derecho Constitucional y Juantxo en Derecho Administrativo. Después, sus vidas se separaron. Luisma ocupaba su plaza de profesor en la Universidad de Sevilla, en la facultad de Derecho mientras que Juantxo trabajaba en la Deusto de Bilbao.
Esta lejanía, lejos de dañar su amistad, contribuyó a reforzarla aún más, jamás faltaban las excusas para que uno u otro encaminaran sus pasos hacia el norte o el sur de la península. Las excusas, la mayoría de las veces, eran académicas; aunque otras, podían variar desde una escapada de fin de semana a estancias más largas en las playas del sur o en la geografía cantábrica, con esposas y sin esposas. Ocasiones en las que surgían, sin demasiada dificultad, charlas y copas al calor de mesas atestadas de viandas.
Una de ellas tuvo lugar en la primavera del 2015. Era el mes de abril y en Sevilla comenzaba a hacer calor, con el termómetro superando a menudo los treinta grados. En esta ocasión, Juantxo había sido invitado a una clase de Derecho Administrativo en la Universidad de Sevilla.
—Pásate —le había dicho Luisma— a las seis y media. Me gustaría que te presentaras y explicaras tu trayectoria, que hablaras de ti, antes de tu intervención de mañana.
Ese día ambos compartieron mesa en la Casa Asturiana de la calle Rioja, en el centro de Sevilla, donde optaron por comida tradicional, fabada regada con Ribera del Duero y alguna que otra botella de sidra. Después, cayeron con naturalidad un par de Gin Tonics, en un bar de moda de la calle Reyes Católicos, no lejos del restaurante.
—Así no se pueden dar clases. Cómo nos hemos puesto —se dijeron, entre risas, antes de despedirse.
Luisma se encaminó hasta la universidad mientras que Juantxo optó por pasear por el centro para hacer alguna compra y así poder «bajar la comida y las copas».
En el ascensor de la universidad, Luisma repasaba mentalmente cómo se iba a desarrollar la clase, hasta que a las seis y media apareciera su amigo. En un momento dado, comenzó a sentirse raro. La sensación le era familiar, esos sonidos interiores que confirmaban una digestión compleja. «Putas fabes» pensó Luisma. Unos minutos más tarde, comenzó la clase. Ese día presentaba un grupo de dos chicas el tema “Generalidades del procedimiento de contratación”.
A Luisma le gustaba sentarse al final de la sala. Un lugar en el que dominaba el espacio y en el que controlaba que los alumnos no hablaran ni perdieran la atención. Siembre le había gustado mantener un orden en sus clases y no dudaba en cortar cualquier conato de conversación mientras se exponía.
—¿Cómo te llamas? —preguntó Luisma.
—Marta Pereira —respondió la chica de la izquierda.
—Olga Trujillo —dijo, por su parte, la segunda.
En su cuaderno Luisma anotó. Marta Pereira, gafas. Olga Trujillo, jersey verde. Así obraba para no olvidar quién era quién bajo la amenaza del sopor incipiente.
La presentación comenzó. Las chicas se alternaban en turnos de palabra que a Luisma le parecían muy largos, tal y como apuntó en su cuaderno de notas: «Marta Pereira (gafas) lee mucho. Modo papagayo. información incoherente, discurso monótono, etc.».
De repente, parecían confirmarse los temores en el ascensor: «¡No puede ser! ¡Cómo puedo ser tan inútil!». Luisma alternaba posturas en su bancada con el objetivo de ralentizar el proceso flatulento. Ora se erguía con la espalda recta, ora cruzaba las piernas con la esperanza de contener una necesidad cuya irrupción sospechaba inminente. Sería diferente si no se hubiera estado desarrollando una presentación. Siempre podía mandar la lectura de un documento o la realización de una actividad para escapar al servicio; sin embargo, en ese caso, unas chicas estaban en plena intervención. «NI hablar de interrupción. No era posible» pensó.
Pasaban los segundos. Luisma sacó un pañuelo del bolsillo de la chaqueta con el que enjugó unas gotas de sudor que comenzaban a descender por la frente. «No puede ser. ¡Ahora! Contención del esfínter. Tensión máxima. Buceo a pulmón vía anal. Ahora, poco a poco. Imparable. ¡Coño!, sin ruidos, qué alegría».
La ligera sonrisa esbozada como reacción a la primera batalla ganada contra los efectos de la fabada, se tornó rápido en mueca de desagrado. «Cataclismo. Situación descontrolada», pensó. Un olor intenso y añejo se expandía por la sala. Sin vuelta atrás. Evaluación de daños: «¿Hasta dónde llegará? ¿Con qué intensidad? ¿Durante cuánto tiempo?» En estas cuestiones pensaba Luisma, cual avestruz, con la cabeza agachada y la mirada fija en los apuntes. «Al menos nadie se ríe. Pero ellos están tres filas más adelante. Cordón sanitario. Sin embargo, si huelen sabrán que viene de atrás».
La presentación concluyó. Luisma retomó el control de la clase.
—Buen conjunto en general. Mira Olga, la teoría tienes que transmitirla mejor sin leer constantemente. Entiendo que no tengáis mucho tiempo para ensayar pero es fundamental en las presentaciones.
Luisma miraba a sus estudiantes —que, a su vez, ahora estaban vueltos mirándolo a él, mientras que hablaba— desde la última fila. «¿Hasta cuándo va a durar este olor, por favor? ¿Acaso ha habido réplicas de las que no soy consciente?, pensaba durante sus comentarios que trataba de concretizar al máximo. Al mismo tiempo, buscaba en las miradas de sus alumnos algún indicio que confirmara el ridículo al que estaría expuesto desde entonces: «El pestoso», «el pedorro navarro».
—¿Marta, verdad? —le preguntó a la persona cuyo nombre acompañaba la nota «gafas»—. Te digo como a tu compañera. Tenéis que ensayar. Poner en común la información porque si no… ¿Tienes algo que decir? —le dijo con tono seco a un chico que —para él— sonreía. «Soy un pedorro pero os voy a putear de lo lindo como os coléis».
—No nada, nada, Luis María, disculpe —replicó el alumno.
En ese momento llamaron a la puerta. Abrió una de las chicas de la presentación, que aún estaba junto a la pizarra. Era Juantxo.
—¡Pasa Juantxo!
Juantxo llegó al fondo de la sala donde se sentó junto a Luisma.
—Creo que me siento mal —le dijo en voz baja, me presento rápido y me voy. Te espero en El Carmen.
A Luisma le extrañaron las prisas de su amigo, pero no quiso retenerlo. Además, persistía en el aire el olor consistente e inerte a flatulencia. Juantxo se presentó brevemente y anunció su ponencia para el día siguiente.
Al salir de la universidad, Luisma se encaminó hacía el bar en el que había quedado con su amigo. Al verlo llegar, Juantxo no pudo reprimir una carcajada. Luisma, por su parte, enmudecido, no sabía qué decir.
—Macho, qué historia —reía Juantxo—. A quién se le ocurre comer fabada con esta calor. ¡Solo a nosotros! Llevo toda la tarde con la orquesta por la calle. Pero no sinfónica sino silenciosa y maligna. Cuando fui a verte pensaba que había pasado lo peor pero en el ascensor hubo réplicas. Dejé pasar un poco el tiempo fuera de la sala pero se hacía tarde. Entré. Me senté junto a ti y me di cuenta de que el olor lo llevaba conmigo impregnado, como un guardaespaldas.
Luisma relajaba sus facciones absorto y reconfortado por la naturalidad de su amigo. Una sonrisa comenzaba a dibujarse en su cara.
—«Los doctores pedorros», nos llamaran, por lo tanto, desde ahora —decía Juantxo entre carcajadas—. ¡A vivir que son dos días, compañero! —añadió con el brazo izquierdo levantado apretando con la mano el hombro de su amigo Luisma.
—Y muy rápido que pasan —concluyó Luisma con una sonrisa.

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