Plastic Passion
Pertenezco a la era en la que el plástico ha encontrado al fin su paz y su justa importancia. Nuestros cuerpos están totalmente acostumbrados a esta mágica sustancia. Tanto que los análisis, al igual que lo que sucede con otros indicadores, como el colesterol o los triglicéridos, reflejan el porcentaje de plástico presente. Muchos, cuando morimos, después del tratamiento de reciclaje de cuerpos, decidimos donar de vuelta, a la sociedad, el plástico almacenado durante toda una existencia —unos 15 kilos, en mi caso, según los resultados de la última analítica a la que me sometí—. Así, sé que existiré durante generaciones en las más diferentes formas: jeringas que salvarán vidas, o estructuras de cunas para recién nacidos. ¿No es maravilloso pensar que vamos a servir para algo después de muertos?
Otros, con mentalidades más tradicionales, tras someterse al tratamiento de purificación, piden que su plástico sea entregado a las familias. En este caso, tras extraerse toda la materia orgánica, agua, etc., se reduce el cuerpo a su esencia divina. Así, el plástico que somos se transforma en la forma deseada con los colores y dimensiones, siguiendo la voluntad del propio difunto o sus allegados (para mí, aún no lo tengo decidido. Tengo diferentes opciones. Quizás, la de mi primer auto psico-térmico o la de algún utensilio que me recuerde la infancia, esa época en la que fui tan feliz). Nada que ver con las antiguas incineraciones cuyo resultado se reducía a un bote impersonal con cenizas. Sin embargo, ese plástico es sagrado y, la familia, cuando lo recibe, ha de respetar ciertas normas. Nada de incineración, ya que, según las autoridades, no hay desperdicio mayor para nuestra sociedad. De hecho, ni siquiera al mismo plástico le gusta. Puesto que, en caso de ser quemado, libera sustancias que son nocivas para la atmósfera. Hecho que, como ya sabemos, se debe a una de las reacciones del plástico ante las personas que no lo querían y repudiaban.
Estas personas, aunque muy perseguidas por sus abyectos ideales, aún viven entre nosotros. Se empeñan a toda costa en desprestigiar a nuestra adorada sustancia. Predican contra las bondades en las que nosotros creemos. Dicen que no quieren permanecer enterrados como cubos, en esta tierra, contaminándola —según ellos—, ya que eso les impediría el paso, en paz, a la otra vida. Estas personas, a las que hace años se llamaba ecologistas o algo así, hoy día son una secta y lo que hacen —como protesta, dicen— es quemarse después de muertos, y a veces inmolarse en demostraciones públicas, para producir gases nocivos con los que pueden demostrar su obsesiva teoría de que el plástico no tiene ninguna voluntad, que el PET liberado es solo una consecuencia física de la que solo la ciencia puede dar cuenta. ¡Serán majaras!
Por fortuna, las autoridades, cuando detectan los movimientos de algún ecologista, lo encierran en prisión, que es donde deben estar. ¡Qué nos dejen en paz! ¡A nosotros nos gusta la Tierra tal y como es! Con sus amaneceres oscuros y espesas aguas tibias. «¡El terraplanista eras tú!» Recuerdo con claridad esta campaña publicitaria que tuvo lugar en mi infancia. Entonces, las autoridades, comenzaron a hacer frente a esta secta de desviados. Estos locos que aún proclaman con obstinación que hubo un día en que el cielo era claro. Que era azul. ¡Ya nadie cree a estos maleantes que se limitan a ensuciar la imagen de nuestra sagrada sustancia! Y yo les digo: ¿Entonces, a cuento de qué queréis quemaros? ¿Si es verdad vuestra teoría que el plástico no tiene alma, para qué dañar algo que no tiene vida? ¿Qué sentido tiene? ¿Qué mierda de protesta es esta? Entonces te salen otra vez con el rollo de la madre naturaleza, de que mejor es acelerar el proceso para que desaparezcamos, que el plástico no tiene alma, y todas esas supersticiones que tanto daño causan.
Y, sin embargo,
estos ignorantes parecen obviar que, gracias al plástico, ahora tenemos una
realidad de la que nunca antes habíamos disfrutado. Peces de cuatro ojos de
colores anaranjados, violetas o púrpuras que pueden reproducirse en tríos. Que
podemos tener cuerpos inimaginables antaño, con varias piernas y orejas con las
que poder disfrutar de los sonidos como jamás hubiéramos imaginado, y tantas y
tantas otras bondades.
A esto te sueltan los pervertidos que ahora las cosas no saben a nada. ¡Es repugnante
la idea de encontrar algún gusto en el comer! ¡Solo unos descerebrados podrían
pensar así! Es increíble cuando todos sabemos que el engullir solo es el
principio del circuito que concluye en el cagar, y que los extremos se tocan.
¡Deberían saberlo! Que alimentarse es tan solo una necesidad biológica que
tenemos que cumplir sin necesidad de asociar la alimentación, a la que
biológicamente estamos sometidos, con ninguna calidad subjetiva. ¡Qué equivocados!
¡Quién no sabe que los órganos más maravillosos del cuerpo humano son aquellos
que nos permiten ver y oír! Acciones que, gracias a la tecnología, cada vez
podemos llevar a cabo con más éxito.
Al final, algunos piensan que estos degenerados ganarán la batalla. Desde hace varios meses los casos se acumulan. Los cuerpos ya no resisten más plástico, esa divina sustancia que nos mantiene vivos desde los remotos tiempos del pasado. Al final, algunos creemos que han logrado soliviantar a nuestra adorada sustancia que quizás ya no nos soporta más. A pesar del esfuerzo de nuestras autoridades contra los ecologistas —esa escoria terrorista—, no parece que sea fácil parar a estos salvajes y su discurso de odio, inoculado en nuestros cerebros. Palabras responsables de haber enfadado a la sustancia que ahora parece no encontrarse cómoda en nuestros organismos. Por eso estamos muriendo como moscas. Y si nuestros cuerpos ya no aceptan más plásticos, nuestra bendita materia prima, ¿de qué nos vamos a alimentar entonces?
Yo, sin embargo, mantengo la esperanza en el gobierno. Confío en que limpien la Tierra de estos inútiles. Que el plástico lo va a comprender. Que este proceso es reversible. Que volverán las cosas a su estado natural. ¡Que quiten de en medio a estos bocazas! ¡Pues no que ahora cuentan que la gente del gobierno no come plástico como nosotros! Que ellos, en sus áreas de residencia, mantienen invernaderos y producen comidas sin nuestra bendita sustancia. Que allí tienen sus plantaciones y que disfrutan de un mundo parecido al que estos fanáticos invocan. Incluso esta gentuza va diciendo que a algunos nos dejarán vivos como mano de obra esclava. Que pronto desapareceremos la mayoría y que nuestros plásticos se usarán para el proyecto de su nueva ciudad. ¡Serán imbéciles! ¡Muerte al ecologista!
Estos manipuladores van por ahí poniendo imágenes horrorosas de campos de concentración. Lugares donde se dice que mataban a unas personas que se llamaban judíos. Nos muestran esas imágenes desagradables y nos dicen que eso van a hacer con nosotros en nuestras bonitas plantas de reciclaje. ¡Cuánto daño puede hacer la ignorancia! Nuestras autoridades nos tranquilizan y en ella confiamos. Pronto los habrán exterminado y, poco a poco, nuestros cuerpos volverán a aceptar a nuestra bendita sustancia una vez que nos haya vuelto a perdonar.

¿Quién sabe?...😅
ResponderEliminarPues sí, a ver qué pasa, lo mismo estamos más guapos jajaja
EliminarEl futuro dira grand debate !!??🙂
ResponderEliminarEl futuro dirá, Myna :)
EliminarLeer el futuro
ResponderEliminarVale!
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