Siffler sur la coline

El mes de septiembre significaba el fin de la temporada alta en la agencia de viajes. Atrás quedaban las reservas de último minuto; las colas de personas esperando a ser atendidas, incluso con la persiana de la oficina cerrada; las cancelaciones; los over-booking; los suplementos de carburante; los nervios, y esas tantas cosas que situaban a menudo tu temple al borde del precipicio. El comienzo de otoño, en el año 2005, para un agente de viajes —de Barceló, en mi caso— simbolizaba el cambio de ritmo en el trabajo, en los tiempos y todo el sistema de atención al público.

 

 

Sin embargo —la fecha variaba todos los años—, aún quedaba una última etapa que franquear antes del descenso de trabajo de la temporada baja: el IMSERSO, viajes para cuya venta nuestra oficina estaba acreditada a destinos económicos, fuera de temporada, que convenían a los abuelos. Dispositivo económico, con hoteles de costa, compañías aéreas, autocares y cada uno de los agentes protagonistas del sector del turismo, otrora perjudicados por la falta de actividad en, la temida por ellos, temporada baja.

—¡Niño!, ¿ha salido ya el programa? ¡Mira, aún siguen la alta (mi compañera Carmen) y el de las gafitas (yo)! —se decían después los abuelos, unos a otros, al asomar la cara, desde la entrada de la oficina, celebrando la presencia en la agencia de caras conocidas, como si no los escucháramos, como si no supieran que para nosotros sus caras eran igualmente familiares, cuando comenzaban a aproximarse a la agencia para informarse de la campaña de ventas de estos viajes. Y así se sucedía esa procesión de personas hasta la llegada del primer día de ventas. Fecha en la que colapsaban la oficina formando colas desde horas antes de la apertura por la mañana —porque en Sevilla los abuelos forman colas para todo lo que pueda, según ellos, acabarse. Colas para cobrar la paga el primer día de pensión, y para el médico en el ambulatorio por la mañana cuando aún no existía el sistema de citas por Internet, etc.

Una de esas personas era Encarna, señora de unos setenta años, de mediana estatura y cabellos grises. El día antes del comienzo de las ventas se acercó a la oficina y se dirigió a mi mostrador.

—Niño, ¡vaya sofocón que tengo! Que Antonio dice que no puede viajar este año. No sé qué le pasa. Me da a mí que anda con otra porque si no, me tiene toda enfadada este hombre, no me lo explico. Mañana comienza esto ¿no? Pues nada, no sé qué hacer, que yo no quiero ir a ninguna parte sola…

Encarna tenía los ojos vidriosos y a duras penas contenía sus lágrimas.

—No sé preocupe, Encarna, algo le pasará, ¿quiere un poquito de agua?

—No hace falta, hijo, lo que yo tengo no se cura con agua. Que había pensado en ver algo, pero que mejor me voy, que no tengo ganas. —La señora esbozó un amago de sonrisa y salió por la puerta—. Ya veré lo que hago mañana —dijo antes de despedirse.

Antonio era un señor de setenta y cinco años. Delgado y alto. Con ojos saltones. De verbo radiofónico. Cada vez que venía a la agencia nos dejaba un café pagado en el bar de la esquina.

—Que no hace falta, Antonio —le repetía sin resultado una y otra vez.

Esa tarde, un poco más tarde de que Encarna se fuera, entró en la oficina.

—¡Hombre, Mario —me dijo—, otro año más!

Del brazo de Antonio venía agarrada una señora con permanente rubia y los labios pintados con un rojo intenso. Yo me quedé sin palabras con el recuerdo de Encarna aún reciente.

—¡Mira que mujer más guapa me he buscado! —me decía con tono burlón mientras que me guiñaba el ojo. Yo no sabía qué decir—. Mañana comienzan las ventas ¿no? Pues nada, he venido a ver si estabas aquí. Seguro que vengo por la tarde, cuando la oficina está más tranquila, así que ya sabes, resérvame algo bueno, bonito y barato.

Cuando se fue Antonio me quedé con una sensación agridulce. De repente, asociaba las historias de esas personas con cosas de adolescentes, o de veinteañeros, o de personas adultas de esas que aún no se han consagrado lo suficiente en esa calma chicha insoportable que es la madurez y la corrección. Cómo es posible que no podamos verlos cómo personas a las que les suceden y sienten exactamente las mismas cuestiones que a las personas de cualquier edad.

Al día siguiente, entró de nuevo Antonio por la puerta. De su mano iba Encarna, con una sonrisa de oreja a oreja, acompañados ambos por la otra señora de los labios pintados de rojo con la que había venido Antonio, para mi sorpresa, el día anterior.

—¡Mira! ¡Al final se decidió el míster! —repitió Encarna exultante.

Y así se sentaron los tres delante de mi mostrador. Antonio en el centro. Yo miraba a las dos señoras sin adivinar qué había pasado. Antonio llevaba la gestión: la elección del destino, del hotel, hasta que se cerró la reserva para los tres: Salou, quince días en febrero, hotel Neptuno. Cuando solo quedaba pagar los gastos de gestión de la oficina, le dijo a sus compañeras.

—Anda, id al bar y me pedís un cafelito, que yo voy ahora para allá dentro de diez minutos —dijo guiñándome el ojo como el día anterior.

Las dos mujeres salieron en charla animada.

—Ahora me vas a reservar otro viaje para ir yo solo con Encarna, va a ser una sorpresa —me dijo mientras que se señalaba una joya de oro que acababa de entresacar del bolsillo de su blusa blanca recién planchada.

—Mira, este broche me lo regaló mi madre hace mucho tiempo. Este año estoy muy mal de dinero y no pensaba viajar… Hasta ayer que cambié de idea. La señora con la que vine ayer es mi prima Noelia. Este año se ha quedado viuda. Yo quiero acompañarla todo lo que pueda. Para mí es como una hermana que ha vivido desde pequeña en mi casa. Mi madre me lo dijo: «Cuídala, Antonio». Así que seguro —decía dirigiendo la mirada al techo—, seguro, que no se enfadará, porque voy a venderla para poder viajar este año con las dos mujeres de mi vida. Porque solo se vive una vez, Mario, y hay que aprovechar y estar con la que gente que uno quiere. A lo mejor ella me la dio para que la usara en una situación como esta… Como el día anterior, quedé enmudecido, e incapaz de esbozar algo más que unas palabras —que decían algo como «es maravilloso lo que haces, Antonio»— y una sonrisa

Antonio entonces reservó otra estancia, esta vez solo para ir con Encarna dos semanas a la Costa de sol en marzo. Gestión que concretó en pocos minutos. Por supuesto, se ofreció de nuevo a dejarnos un café pagado en el bar a los tres que trabajábamos en el mostrador, desoyendo —una vez más— nuestras reticencias. —¡No es nada!, repetía—. Tras estrecharme la mano, con paso ágil, salió por la puerta despidiéndose con una sonrisa. Yo, por mi parte, recuerdo con claridad quedarme algunos segundos sentado en mi mesa sin pensar en nada, haciendo tiempo tecleando los últimos datos del expediente de Antonio. Decir después a los clientes que yo salía unos minutos. Entrar en el cuarto de baño y llorar allí un ratito antes de volver a mi puesto.

 

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