Borriquito
Cuenta atrás. Allí estaba en mi dormitorio, apresurándome por terminar. Misión imposible. El objetivo: pintar un mapa de España con todas sus regiones coloreadas en una cartulina de tamaño grande. La tarea, en ese año de cuarto de EGB, había sido encargada por la profesora a principios de curso, allá por el mes de septiembre (cuando los adultos, a pesar de los 40 grados, deciden que ya no se puede ir a la piscina). «Todas las semanas dibujáis una región. Cada una con un color diferente. El trabajo lo tenéis que presentar antes de las vacaciones de Navidad». Yo, como me ha sucedido, en numerosas ocasiones, a lo largo de mi vida, había desoído esas indicaciones dictadas por la autoridad competente. Había ido postergando la ejecución del mapa patrio hasta ese mediodía previo a las navidades. ¿Plazos? ¿Antelación? ¿Eso se come o se fuma? Cuenta atrás: 45 minutos, 44, 43…
Cartulina blanca sobre la moqueta gris de mi habitación y caja de plástico de rotuladores Carioca esparcidos por el suelo. Atacado, dibujaba trazos a izquierda y derecha. Andalucía parecía el torso de Espinete. Extremadura, la cara oculta de la luna. Cuando me di cuenta, me faltaba papel por el norte para dibujar Galicia. Tampoco contribuía a mejorar la situación la presión de saber que era la única cartulina disponible —demasiado tarde para ir a comprar otra a la imprenta que, por otra parte, estaba cerrada—. Tampoco, que no existiera aún el típex. Ni mucho menos, que para ahorrar tiempo, me hubiera saltado el protocolo de perfilar las regiones con lápiz antes de pasar a la versión definitiva con rotulador negro. ¡Ni hablar, que el tiempo vuela!
Movía la mandíbula. Movía las manos. Movía la cabeza de izquierda a derecha: ¡No puede ser!... Otras veces, en mi vida, he hecho este tipo de cálculos. Carrera contra el cronómetro que he resuelto más o menos bien. Ese día, fue mi primer fracaso. Loser de 9 años. Allí estaba imaginando los reproches de la profesora. «¡Inútil más que inútil ¡Tonto de baba! ¡Borrico!». Aún recordaba como esa señorita Marina, de cuarto, me había reñido, unas semanas antes, por mirar una revista porno, siguiendo el soplo sin verificar de otro imberbe como yo. Sus reproches, delante de toda la clase, acerca de la inocencia que era muy bonita y cosas así. Jamás supe, por otra parte, si esa revista existió ni por qué se me atribuyó su posesión…
Vuelta al dormitorio. Cuenta atrás. Menos de una hora para la entrega. La angustia de ser de nuevo acusado en público. Todo mi cuerpo se contorsionaba sin parar. Mis manos. Mi boca. Mis piernas. En el frote de mis muslos, hubo un momento en el que noté como el pene me crecía. Como comenzaba a experimentar una sensación completamente nueva. ¿Qué era aquello? No tenía ni idea. El placer no ocupó en ningún momento mi cabeza, ni mucho menos. Solo la sensación de sentir algo completamente novedoso. Esa parte de mi cuerpo allende el perímetro de mi vientre, volcán de celulitis construido a base de Bollicao y de Pantera Rosa. Campo de batalla de los miles de empachos que viví como niño gordito. Sin embargo, ese cosquilleo, en esa parte de mi cuerpo de la que tanto me avergonzaba en los aseos colectivos del cole, era diferente, era suculento, y al mismo tiempo, muy raro, demasiado. Amanecer de la sexualidad en un episodio a contrarreloj.
A pesar de todo, el tiempo vuela. A pesar de todo, mi cabeza recuperó la realidad: ¡el mapa de España! Todo tiene un límite. ¡Se acabó! En cierto instante, cogí la cartulina y la rajé. La rompí en mil trozos. Sin plan B. Me tocaba ir a la señorita Marina a confesarle mi fracaso. Que no había cumplido con mi deber. La primera vez que suspendía y sacaba notas mediocres. Como buen condenado, acepté la amenaza, por parte de mis padres, de ser castigado sin reyes magos. Lo merecía...
Días más tarde, se celebraba la nochevieja en el local del negocio de mi padre. Don Gualberto, el cura de mi barrio y profesor de mi colegio, vino a buscarme. Me pidió que lo acompañara a la oficina, que quería hablar conmigo. Completamente preocupado, mi padre le había pedido su ayuda para que me aconsejara y me llevara por el buen camino. Con serenidad, como buen culpable, escuchaba las indicaciones que este señor me daba. De cómo tenemos que ser responsables. Que podemos fallar, faltaría más, que Dios nos perdona. Que tenemos siempre la oportunidad de rehacer nuestros pasos. Que nuestra familia nos quiere y no podemos defraudarlos... Cuando terminó la conversación, salimos de la oficina. Yo, tan concentrado estaba en la solemnidad de las palabras del cura del barrio que pasé por alto las dos cajas de cartón que había en ese lugar cuyo contenido aún desconocía: un diccionario enciclopédico Anaya. Más tarde, esa noche, cuando supe de esa compra, me llené de alegría e ilusión. «¡Vamos a llevárnosla a casa! ¡Hoy, por favor, mañana es tarde!» No tenía sentido —insistía— que esos libros pasaran una noche más en ese lugar lleno de polvo.
Allí estaban, en la misma oficina en la que el cura me había echado el sermón. No me lo podía creer. Hasta se me había olvidado la preocupación por no recibir reyes ese año. Doce volúmenes de tapas rojas con letras doradas como la estrella de Oriente. Laberinto de entradas de ciudades lejanas, de países de Asia, América, Oceanía, tribus desconocidas, inventos inverosímiles, fórmulas matemáticas, gráficos, ilustraciones, esquemas de poleas y artefactos, acontecimientos históricos, batallas legendarias, biografías de capitanes, de generales, de escritores, de pintores, de personas singulares, de poetas, de dioses del Olimpo, de países desconocidos, de mares inhóspitos. ¡Como en casa del Tito Pepe —ese salón, lleno de libros, con su chimenea y sofás largos, donde ya había pasado tendido o sentado, tardes y tardes, leyendo, sin prisas, sin acusaciones de revistas porno, sin bromas a las que era incapaz de contestar, sin peleas de recreo a las que no sabía reaccionar, ese lugar donde descubría y dibujaba y escribía y leía en paz—!
¡No podía ser cierto! Allí estaban, en esa oficina polvorienta, esas cajas cerradas que para mí eran lo más cercano a la magia que había experimentado en toda mi vida. Le insistí a mi padre que nos lleváramos la enciclopedia esa misma noche. Mañana era tarde. A pesar de su resistencia, al final fui capaz de convencerle. Como el almacén estaba cerca de casa, mis padres se las apañaron, refunfuñando, para cargar con los libros, preocupados todavía por mi futuro escolar, mientras que yo ansiaba llegar a casa para disfrutar de esos ejemplares, esas cajas de cartón que, desde su lugar en el pasado, no han dejado de brillar e inundarme con su hermosa y delicada luz.
Un
ResponderEliminarLo vivo😉👌
ResponderEliminarMuchas gracias :)!
ResponderEliminar