Canción de cuna
Desde hace días, me estremezco desde que la luz natural comienza a menguar. Hace tiempo que las pastillas o el café dejaron de hacer efecto. A veces, me duele la mano de apretar el móvil forzando intercambios por redes sociales. Otras, tengo suerte y puedo hablar con alguien conocido alargando conversaciones, con excusas infantiles. Pasear por la calle de madrugada se ha convertido en una rutina mientras paso horas cerrando bares. Solo el hecho de dar cabezadas me produce escalofríos y siento como cuchilladas la pesadez de mis párpados. Como es natural, ayer no iba a ser una excepción por lo que, sobre las dos de la noche, el sueño acabó por derribar las murallas de la vigilia…
En un momento determinado, recobré conciencia en un sitio desprovisto de referencias físicas. No había ni alto ni bajo ni colores ni olores ni ruidos. Ni siquiera una percepción de identidad propia o ajena. Tan solo una intuición de vacío infinito imposible de describir con palabras. En ese momento, me di cuenta de ser algo que no pertenecía a ningún cuerpo. Sentí la necesidad imperiosa de poseer una dimensión física a la que poder agarrarme para desplazarme o moverme hacia alguna parte. Gradualmente, nació otro estado de ánimo que fue reemplazando al de vacuidad. Es el momento en el que recobras la lucidez y te das cuenta de que te hallas dormido: «¡Quiero despertar!».
Poco a poco, se apoderó de mí la sensación de estar postrado en la cama en un cuerpo cuyos miembros ignoraban mis órdenes. Una invalidez que crecía hasta embargar todo mi ser: «¡Quiero despertar!». La consciencia de la situación era plena y luchaba por gobernar ese cuerpo que yacía en la cama. ¿Cómo recuperar el control de la extremidades, de la voz, de la respiración o cualquier cosa que me pudiera devolver al mundo físico? Sin éxito, intenté emitir algún tipo de sonido con la boca para alertar a alguien de mi situación. Con todas mis ganas, también intenté moverme de alguna forma en dirección al filo de la cama. «Con el golpe de una caída quizás pueda despertarme». Aunque al principio mis esfuerzos fueron vanos, tras mucho intentarlo, logré precipitar mi cuerpo al suelo. «Por fin despierto —pensé aliviado—». Me tranquilicé durante unos instantes y disfruté momentáneamente del descanso. Acto seguido, oí un ruido proveniente de un pasillo que no existe en mi piso: pasos lejanos, constantes y bruscos, que se amplificaban conforme aproximaban a una persona, cuya identidad ignoraba, a mi habitación. Se escuchó el girar del pomo. El crujir de las bisagras. El movimiento de la puerta, al abrirse, despidió un poco de aire que me acarició la cara.
El desconocido se dirigió a la cama, ante la que se detuvo, para permanecer unos instantes en silencio. «¿No puede dormir bien el nene?...» Quería chillar, pero el miedo atenazaba cualquier posible movimiento. Inmovilidad absoluta. Mi cuerpo había dejado otra vez de pertenecerme. La sombra, que oscurecía la estancia, permanecía inmóvil delante de mí mientras que tarareaba una canción de cuna. Mi mente entonces se olvidó de la diferencia entre vigilia y sueño, solo quería desaparecer. La muerte, que en una pesadilla suele ser el preludio del despertar, se apiadó de mí entonces y me devolvió a mi cuerpo y a mi vida... «¡Despierto!». Volvían los olores familiares, el olor a café recién hecho. La sintonía de la radio que llegaba desde casa del vecino. Sin embargo, un escalofrío remontó mi columna vertebral. Comenzó a escucharse de nuevo las primeras notas de una nana. La sombra seguía presente: «¿El nene no puede dormir?, pronto te daré otro biberón».
Gran trabajo mis felicitaciones Feliciano perez
ResponderEliminarMuchas gracias, papá
EliminarQue pluma!
ResponderEliminarMuchas gracias, Sofía :)
EliminarMis felicitaciones Mario. Ya me ha ocurrido mientras de sonar que no podia despertarme. Buen trabajo Mario. Tu historias siempre son fascinantes
ResponderEliminarMuchas gracias, Myna :)
EliminarBien Mario, muy "kafkiano". Un abrazo grande :)
ResponderEliminarMuchas gracias, Sebas :)
EliminarMuy buen relato, Mario. Imposible no meterse en la historia. Angustiante a más no poder. Buen final. Gracias por compartirlo.
ResponderEliminarMuchas gracias, Edgar :) Un placer :)
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