The Blood

Jamás olvidaré el día en el que Robert Smith vino al Cerro del Águila, mi barrio, junto a su banda. Eran las 10 de la mañana aproximadamente cuando el helicóptero que los traía aterrizaba en los campos de fútbol de la calle Canal, a la altura de deportes Kendall, levantando una polvareda de albero. De esa calima efímera surgió Robert, seguido por los otros componentes de The Cure. Con su melena —selva de cabellos de longitudes variadas y trazos irregulares, cuyo flequillo caía como una cascada ovalada sobre sus mofletes rosa—. Con sus botines de lengüetas desbordando sus empeines, lazadas blancas sobresaliendo, a ambos lados, como espaguetis y sus labios pintados de rojo carmín intenso. Allí, frente al helicóptero, delante de la portería con redes descosidas que se situaba más lejana a Héroes de Toledo, aguardaban impacientes unas trescientas personas cuyos variados estilos de vestir, peinados y poses habían desconcertado a las gentes del barrio desde temprano: heavies, mods, modernos, entre otros, provenientes de todos los barrios de la ciudad y las afueras. Encabezando el comité de bienvenida, se hallaba el presidente de la peña Ñaque, el cual hizo las gestiones necesarias para la contratación de los vehículos que allí aguardaban alineados en la calle Canal: una decena de carros y volquetes tirados por tractores y bestias. Los mismos utilizados en la cabalgata de Reyes Magos del barrio, en la mañana del 6 de enero. Esta vez, adornados y preparados para unos fines diferentes.

Tras la bienvenida, los organizadores le explicaron por encima al grupo el programa de la jornada. En primer lugar, la cabalgata. Como un niño delante de una vitrina de pasteles, los miembros de The Cure contemplaron absortos la forma en la que cada miembro del comité de bienvenida tomó su sitio en las diferentes carrozas. En una, con el título de Just Can’t Enough, se montaron los depechistas, con sus chupas de cuero, gafas de sol y sus dobles cuellos rapados. En otra, llamada Teddy Boys, se subieron los rockers, tocados con sus tupés y corbatines de lazo abrochados con cabezas de macho cabrío u otros motivos. No Future se llamaba la de los punks. Soledad, la de los heavies, con sus melenas que movían de arriba abajo al ritmo de Iron Maiden. Cucas, la de los pijos, con sus zapatos castellanos, Levi's y llaveros de Alianza Popular. Por supuesto, no podíamos faltar, en la marcha, los modernos, con nuestros guardapolvos, peinados de laca Nelly, ojos pintados con Rimmel y chaquetas negras de los años de la guerra que habían sido rescatadas de los armarios de nuestros abuelos.

El cortejo comenzó su itinerario por la calle Afán de Rivera. Esta calle, junto a otras del barrio, se mantuvo cortada durante todo el día. La gente observaba las carrozas, sorprendidas por el despliegue de color, sonidos y olores. Las abuelas, con vestidos oscuros y peinados humildes, sonreían mostrando su dentadura mal cuidada en muchos casos. Los hombres salían de los bares con sus cafés en la mano haciendo corrillos en los que reían mientras señalaban lo que más les llamaba la atención. La organización había decidido que se hicieran varias paradas en el recorrido. La primera, el bar de la Mariqui, donde toda la procesión paró para tomar churros con chocolate. Allí, al igual que se hacía en la velá del barrio, se había dispuesto un escenario y una barra donde sonaban sevillanas. Más tarde, el séquito siguió por la calle Afán de Rivera hasta la altura de la iglesia. Lugar que llamó la atención de Robert Smith por su aspecto gótico y siniestro. El cura del barrio aprovechó para mostrarle el templo así como las imágenes de la Virgen de los Dolores y el Cristo del Desamparo. Dicen que allí Robert sacó algunas fotos, delante de las imágenes, que jamás fueron utilizadas por el grupo. Esa parada se producía a la hora de la salida del mediodía de los colegios. En unos instantes, decenas de niños se arremolinaron alrededor de las carrozas. Situación prevista en la que cada uno, según sus intereses, aprovechó para sacar regalitos. Por ejemplo, los pijos repartieron llaveros de Mafalda con los colores de España, los punk, imperdibles de colores en cuyo lateral de metal se había grabado con letra milimétrica: «No future in Sevilla».

A continuación, la comitiva se dirigió a la tienda de música, El Cerro rock, donde pasaron un buen rato firmando discos. Después, se dirigieron a la emisora de radio del barrio, Radio Aguila Cultural, donde Juani, otro de los organizadores, había preparado una entrevista a Robert Smith que se transmitió en directo. Luego, el séquito siguió su curso hasta el lugar donde se iba a comer.

Se trataba del solar donde hoy se encuentra el ambulatorio de Las Águilas. En esta esplanada se había dispuesto lo necesario para dar de comer a todo el mundo. Unos días antes, durante más de diez horas se había discutido sobre el menú. Las disputas de siempre, aunque, esta vez, todo iba a ser más delicado. Ni más ni menos era Robert Smith el que iba a degustar nuestros Serranitos: la tapa de moda. Tras horas sin alcanzar un acuerdo, se votaron los ingredientes de la receta que se iba a proponer: pan de pepito, filete de lomo, jamón serrano (sin pasar por aceite) y pimiento frito —nada de huevo frito ni tortilla ni otras excentricidades que fueron propuestas—. Manjar del que todos dábamos cuenta mientras que sonaba la música cuando llegaron noticias inquietantes desde el cine Casablanca —siguiente etapa del programa para esa tarde-noche con la clausura del concierto de The Cure— a las que no dábamos crédito. Rápidamente nos desplazamos allí y se confirmaron las amenazas: las puertas del cine de verano estaban bloqueadas por miembros de la peña rociera del Cerro a las que se habían encadenado. Cuando nos vieron llegar, a la gente de la organización, comenzaron a gritar al unísono: «Queremos pureza en el Cerro, viva el flamenco, viva la virgen del Rocío».  Juani, el chico de la radio, comenzó a hablar con los rocieros. A contarles que The Cure precisamente era una banda que quería crear rock andaluz inglés. En un momento dado, les puso The Blood, con el ritmo y acordes flamencos al final de la canción. Les dijo que el último punteo de la canción era obra de Raimundo Amador. Que The Cure iba a difundir el flamenco y la cultura nuestra por Inglaterra. Aunque al principio permanecieron escépticos, no pasó mucho tiempo antes de que cedieran y se fueran soltando uno a uno. Al final, todos acabamos fundidos en un abrazo. Parecía que todo estaba arreglado, pero cuando entramos en el cine la situación volvió a empeorar. Sabotaje. En el lugar donde se habían montado los equipos de sonido, se exhibían pintadas contra la libertad, firmadas por la Juventudes de la Falange. Los equipos, por supuesto, estaban destrozados. Todos nos quedamos consternados. Nadie se atrevía a mover los labios. Impresionados, como nosotros, los rocieros se sumaron a nuestro luto. Habría que suspender todas las actividades. Sin embargo, uno de los rocieros, el que se había mostrado más vehemente al principio, y que había seguido escuchando música de los Cure en su walkman, se expresó: esto no va a quedar así. Tranquilos. Seguidme. En breve estábamos en la puerta del domicilio del grupo de sevillanas La Trocha, que vivían en el Cerro. En pocos segundos, volvíamos al cine con los equipos previstos, por ese grupo, para su gira de ese verano. «Así probamos el material», nos decían en su furgoneta camino del cine. «Además, esto nos puede dar una dimensión internacional. La Trocha colaborando con The Cure, esto puede ser un pelotazo», llegaron a confesarnos… Nada más llegar al cine los técnicos de sonido de la Trocha se pusieron manos a la obra. Mientras tanto, nosotros volvimos al descampado para decirles a los compañeros que estaba todo solucionado.

Sin embargo, nuestros problemas aún no habían acabado. En aquellos momentos, con el desconcierto, no habíamos echado en falta aún a Dj Daga, el telonero del concierto de The Cure. Nos preguntamos por qué no había llegado aún. Si le había pasado algo. Por eso acudimos raudos a buscar una cabina para llamarlo a su casa.

— Dj Daga, ¿cuándo vienes? —le preguntó el compañero.

— Pues está complicado —contestó—. Hoy parece que hay huelga de taxis y no tengo medios para desplazarme al Cerro.

— Bueno, podemos ir a recogerte.

— Ni hablar, y después con quién vuelvo. No me gusta depender de nadie… Y del autobús nocturno ni me hables, no me gusta el transporte público.

Nosotros comprendimos su razonamiento. Dj Daga se había ganado todos nuestros respetos. Predijo el éxito de Bowie, la llegada del movimiento Grunge, el sonido Madchester así como el ascenso y declive de Oasis. Y así, con cada uno de los mejores grupos que han salido en los últimos 40 años. Además, había escogido quedarse en Sevilla —para gloria de sus seguidores— pudiendo haber ido a Amsterdam, Berlín o Barcelona o a cualquier otra de las mecas de la música. Nada que objetar.

— Bueno, he encontrado una solución —continuó Dj Daga después de dejar algunos segundos de vacío en la conversación—. Me he tomado la molestia de grabar una cinta de casete de tres horas por las dos caras. La selección es muy potente y seguro que va a gustar.

— ¡Ostras, qué guapo Dj Daga! ¡Eres el mejor!

— En breve, saldrá mi sobrino Papu, en su moto, con la cinta. Yo ya lo había previsto jeje. En media hora la tenéis allí. Solo tenéis que darle al Play y cambiarla rápido cuando se acabe una cara.

— ¡Muchas gracias, Dj Daga, te queremos!

Al colgar el teléfono sabíamos que la situación estaba resuelta. Volvimos al escampado para avisar a los compañeros que estaban aún en el escampado apurando los últimos serranitos junto al resto de participantes. Les explicamos la incidencia con los rocieros, el sabotaje de los equipos, las soluciones, el problema de Dj Daga, la alternativa de la cinta. Todos respirábamos tranquilos. El personal, por su parte, no dejaba de hablar ni de sonreír. Robert Smith incluso se había animado a bailar un poquito de rumba con Simon Gallup. Nada impedía continuar: ¡Para el Cine Casablanca! ¡En marcha!

Una media hora más tarde, la comitiva llegó al cine. Esta era un solar rectangular que daba a dos calles. En uno de los lados estrechos, a Santuario de las Cabezas, y al otro lado, a un bloque de pisos encalados de blanco cuya medianera hacía de pantalla para las proyecciones nocturnas. El espectáculo empezó, y poco a poco, comenzaron a desfilar por el escenario los protagonistas del evento. En primer lugar, Diamantino García, que ofreció unas palabras dedicadas a la dignidad, a la cultura, a la emancipación del hombre y al orgullo de los pueblos. En ese momento, los miembros de The Cure ya estaban sentados en la primera fila, acompañados por el presidente de la peña Ñaque. Aplaudiendo como cosacos —aunque muchos pensáramos que no se enteraban de nada—. Luego, le tocó el turno a Pepe Suero, que antes de cantar, habló de Andalucía, del orgullo de ser de tu tierra y de la vocación abierta del carácter del sur que reúne a las culturas más lejanas. Más tarde, le siguió un espectáculo de Salvador Távora, ante cuya escenificación, Robert Smith, reaccionó con múltiples gestos, bravos y aplausos. Más tarde, se esperaba un desfile de Borja y Lubino, cuyos motivos de inspiración andaluza también provocaron en varias ocasiones la reacción de la banda.

Mientras tanto, todos esperábamos impacientes la cinta de Dj Daga que no llegaba. Extrañados, volvimos a la misma cabina, en la calle Jose María de Pereda, que habíamos utilizado en la primera llamada.

— ¡¿Qué no ha llegado Papu?! ¡Es imposible! —Dj Daga hablaba con tono enérgico, todos los que estábamos alrededor podíamos escuchar perfectamente sus voces que desbordaban el altavoz del aparato—¡No os puedo ofrecer un plan alternativo, os la tenéis que arreglar sin esa cinta! ¡Tenéis que cancelar!

No era posible. Qué decepción. El evento sin Dj Daga. Ni siquiera con su cinta grabada por las dos caras… Días más tarde, nos enteramos de que Papu, en su viaje hasta el Cerro se había parado en un bar. Que allí había conocido a dos rubias inglesas y que esa noche lo vieron en la calle Betis montado en un R5 blanco, con esas mismas chicas, donde escuchaba, en una cinta de casete, los grandes éxitos del Fari. Cuentan que sobre el casete —cuyos orificios que impedían las grabaciones habían sido taponados con bolitas de papel— aparecía la frase: Dj Daga on Fire.

Al terminar la conversación con Dj Daga, desde la cabina de Jose María de Pereda, nos miramos todos: Imposible suspender.

— ¿Y si vamos a nuestras casas y cogemos lo que tenemos cada uno? —dijo Tati, uno de los que estaban allí.

— No puede ser tan diferente. Es lo que hacemos ya en las reuniones, cuando nos vemos. Solo que esta vez es para más gente. Juani, además, tiene experiencia en la radio.

Todos nos miramos asintiendo. Había que actuar rápido. En menos de una hora habíamos reunido más de sesenta discos y Juani había aceptado el encargo de pinchar en cuanto se lo pedimos. Además, como no estaba Dj Daga, nos permitimos poner varios discos en los que él jamás habría pensado. Así que nos sentimos incluso más liberados y libres.

De esta forma, nada más acabar el desfile de Borja y Lubino, llegó el momento de bailar previo al concierto. Heavies, punkies, pijos, modernos, todos ocuparon la pista que había sido despejada de sillas en unos segundos. Se sucedieron los temas de New Order, The Smith, los Ramones, AC-DC, The Clash, Elvis Presley, Obús, Barón rojo, La polla record, Los chunguitos y Camela, etc. hasta que llegó el momento más esperado. Las luces se apagaron y subieron sucesivamente cada uno de los miembros de The Cure. Luego, se encendió un foco desde el fondo. En el muro que solía servir de pantalla para el cine se reflejó la en la pared la sombra de la silueta de Robert Smith como la del poster de Boy’s don’t Cry que algunos teníamos en la habitación. Muchos nos emocionamos. Muchos, también, nos echamos a llorar. El concierto comenzó. La gente saltaba, gritaba, reía con cada uno de los temas. Tocaban las palmas del ritmo de Close to Me, cantaban a coro las melodías de The Forest, The Blood y cada uno de los temas que muchos nos sabíamos de memoria. Ese momento duró dos horas, yo no tengo la conciencia de que fuera más de un minuto.  

Al acabar, Robert Smith dijo varias palabras en inglés y alguna en español. Sonreía y repetía la palabras «Gracias» y «de puta madre» con un gracioso acento inglés. Para concluir el día, el cortejo se dirigió de nuevo a la calle Canal donde esperaban los fuegos artificiales que iluminaron los campos de fútbol y todo el Cerro, Hispalis y alrededores. En pocos instantes, el ruido del motor del helicóptero marcó la hora de la despedida, Robert Smith declaró —mirándonos uno a uno— sentirse profundamente emocionado y sorprendido por el conocimiento que teníamos de él y de The Cure, de nuestras ganas de vivir, de nuestra cultura musical, de nuestra interpretación de la cultura popular British, y del gran entusiasmo que les habíamos transmitido, nosotros, esos chicos que apenas habíamos salido del barrio, de Sevilla. Le dimos las gracias, pero él insistió en que los protagonistas éramos nosotros mientras nos sonreía con un gesto delicado. Antes de irse, y como agradecimiento a las muestras de cariño que recogió en aquel día de 1988, nos hizo participe de un secreto a los que nos habíamos quedamos allí para despedirnos con emoción. Desde aquel día —nos dijoؒ— cada vez que lo viéramos tocarse el pelo liándose los mechones en los dedos mirando hacia arriba podíamos interpretar con seguridad, que ese gesto estaba dedicado a nosotros y que cuando nos sintiéramos tristes y sin respuestas podíamos poner The Blood que sería la canción que nos uniría para siempre. 

Comentarios

  1. Ufff me has trasladado en el tiempo.

    ResponderEliminar
  2. Gran trabajo e imaginativo de

    ResponderEliminar
  3. Que gran historia sobre la banda de rock The Cure que me recuerda mi juventud
    Robert Smith fue la figura emblemática del grupo en los anos ochenta. Tu historia me fascinó. 👋👋Myna

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Entradas populares