Jazmines de barro
Al fin duermes, pequeña mía. Qué placer escuchar el sonido rítmico de tu respiración. El aire dulzón, al contacto con mi piel, que expiran tus diminutas fosas nasales. Sueña tranquila. Has comido bien y te has quedado dormida con tus dibujos favoritos. Tu madre vela por ti. Ya llegará el día de las preguntas. De adjudicar un relato a las ausencias.
Qué lejos queda el tiempo en el que con creciente desazón afrontaba las noches, en tus primeros años de vida. El placer culpable que entonces experimentaba al final de las jornadas. Ser testigo de tu rendición al sueño como bálsamo y salvoconducto, para mi tranquilidad, cuando tuve que alternar tus cuidados con los míos propios. Mi alma abatida por la desgarradora herida que produjo el azar que se había llevado por delante a tus abuelos. «Un accidente. Tienes que venir al hospital. Aquí te explicaremos». Destino asesino y ciego.
Inefable malestar del que ya había bebido el día que tuve que mendigarles, a los abuelos, que me dejaran regresar a casa. Sola. Sin recursos. Desorientada y asustada ¿Cómo afrontar el lastre culpable que entonces —he de reconocerlo ahora— suponías también para mí? Apenas te quedaban pocas semanas para respirar en este mundo. Estigma alimentado por los reproches sin palabras del abuelo y los silencios de la abuela que devino hemorragia, y casi muerte, para nosotras también, el día en el que el azar decidió que nos las tendríamos que apañar solas. Que el coche en el que se estrellaron simbolizaba el rechazo que jamás se atrevieron a verbalizar. «Necesitas un lugar. Aquí lo tienes, pero aquí te quedas tú y la criatura que te has atrevido a concebir sin contar con nadie. Hemos rogado por esto y Dios ha atendido a nuestras súplicas. No tendremos que afrontarlo contigo».
Bueno, ¡para!, ¡no te pongas dramática!, hay quién lo pasa peor, me repetía entonces. Y transcurrieron los días, y de alguna forma, me las arreglé para dar coherencia a una realidad que no me terminara de asfixiar. Quizás por la necesidad de soltar lastre y obtener algo de aire, por las noches —cuando dormías como ahora— empecé a sentarme frente al ordenador y comenzaron a tomar forma, a emerger, esas historias camufladas —que yo insisto en contarte, en voz alta, aunque no las entiendas aún—, nacidas de interminables noches de insomnio. Relatos o encarnaciones de mi propia vida, de la tuya, codificados, que necesitaba expresar para asegurarme de que no estaba volviéndome loca. Como si quisiera dejar una traza indirecta de lo que mi alma experimentaba en un código oculto que nadie pudiera reconocer. Así he sido siempre. Celosa de mi intimidad. Casi culpable por sentir cosas que juzgaba incomparables en gravedad a los desastres del mundo.
Y, sin embargo, de alguna manera extraña, mi cuerpo comenzó a sentir el ímpetu ingobernable que empujaba mi voluntad a teclear, en aquellas noches frías, en la cocina del chalé de los abuelos. Ese lugar en el que ya no se escuchaban los sonidos de mamá animando a tomar café amargo endulzado con azúcar de caña. Estancias donde ya no navegaban las voces que habían inundado toda mi vida.
Tranquila, me decía a mí misma, al escribir te vas a sentir bien. Siempre ha sido así. Y así cumplía el rito. Así, tras comprobar que dormías, tras recorrer las habitaciones vacías. Cerrar las ventanas, con los mismos batientes de madera que años atrás abría para fumar, en furtividad, mis primeros cigarrillos. Comprobar las luces apagadas. Paseo por el exterior, respiración pausada, ojos cerrados. Un cigarrillo —y evocaba sin dificultad la piscina llena de agua, esta vez para ti. El olor a cloro y césped recién cortado. Los jazmines que la abuela ponía en platos pequeños junto a su mesita de noche. El timbre de la bici, mientras que sonaba el metal de la cancela al abrirse: «mamá, ya hemos llegado». El aroma a gazpacho recién hecho, el lebrillo de barro cuya superficie rasposa y fría me gustaba acariciar con la yema de mis dedos. La dulzura de los melocotones maduros de verano…—. Otra calada, sentada en el poyete blanco de superficie áspera de la piscina. Así, poco a poco, recobraba el espíritu, encontraba las fuerzas para entrar al chalet. Regresar a ese lugar, la cocina, otrora de tránsito, para acomodarme en una esquina de la mesa pequeña y teclear sin parar. Como dejando sitio a los fantasmas, para que llegaran y se instalaran a mi lado. Quizás ellos fueran los que inspiraran mis historias. Tal vez hablaban por mí directamente. Quizás, nos acompañan y protegen ahora, en esta cama, pequeña mía, en mi vigilia y tus sueños.
Enhorabuena!!!
ResponderEliminarMuchas gracias :)
EliminarJazmines de barro , de chocolate y de colores.
ResponderEliminarMuy bonito Mario
ResponderEliminarMuchas Gracias :)
EliminarMario tu historia me ha sumergido en una dura realitad que he vivado ya sabes por qué. Los que se han ido velan por nosotros. Tu historia está muy bien escrita. Un gran aplausom
ResponderEliminarMuchas gracias, Myna :)
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