A quién le importa (Capítulo XI)
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—¡Declaro la reapertura de Carmín Amenities, la tienda más genial de todas!
Al entonar estas palabras, tras mover los dos brazos al aire en círculos, Pedro Almodóvar cortaba, tijeras en mano, a modo de inauguración, la banda dorada atada a dos pivotes negros de un metro que flanqueaban la entrada de la tienda, de Carmín Amenities.
Aquella fiesta había comenzado una hora antes, recorriendo el barrio una caravana de varios coches, entre los que se encontraba el Volkswagen verde limón de Joe y un Seiscientos rosa fucsia, traído por una amistad de la Loba que había venido a Sevilla para acompañar a Joe en la reapertura. Vehículo, este último, en el que se habían instalado dos columnas desde las cuales se escuchaba —con un volumen atronador—Alaska, los Sex Pistols o Rocío Jurado, entre otros. Comitiva que dejaba atrás decibelios y quilos de confetis lanzados desde los diferentes coches por las calles del Cerro del Aguila mientras que se anunciaba a los cuatro vientos, desde el altavoz, anclado al techo del Volkswagen de Joe, la reapertura de la tienda:
—¡Vecinos y vecinas, Carmín Amenities reabre sus puertas! ¡Visítanos y descubre las novedades de la temporada! ¡Atrévete!
Las caras de los vecinos, ante tal espectáculo, en esa primavera de 1985, no manifestaban, sin embargo, demasiado alboroto ni sorpresa. De alguna forma, se pensaba que Joe estaba en su derecho de reventar el barrio si quería después de la brutal agresión. Por otra parte, sus «excentricidades», para los naturales del lugar, impresionaban cada vez menos.
Una vez acabada la procesión, los coches aparcaron en las calles aledañas a la tienda. Del Volkswagen, salió Pedro Almodóvar junto con Joe. Del 600, la Loba. Todos se encaminaron a la entrada de la tienda donde ya se hallaban los modernitos, Martina y Jorge, con sus mejores galas: botas de cuero de media caña, con cazadoras de piel, una, roja y otra, amarilla, y pelos teñidos de rubio platino. Ambos satisfechos por el efecto causado por la promoción de la reapertura de la tienda de Joe. Campaña en la que ellos habían colaborado con el reparto de Flyers. Estos mostraban referencias a Scarlett O’Hara y Lo que el viento se llevó, en su imagen y diseño, con un sauce gigantesco en las penumbras de un atardecer ante el que se alzaba la figura de un chico que proclamaba, sosteniendo un consolador en la mano, alzada al aire, entrecortando su silueta de silicona con la luz de la luna: «¡Puedo prometer y prometo que no te abandonaré!».
Distribución publicitaria a la que había faltado, ante la sorpresa de Joe, Juanlu. Hecho el cual le había sorprendido y preocupado, precipitándose hacia los modernitos nada más verlos.
—¿Sabéis algo de
Juanlu? —preguntó Joe.
Los modernitos vacilaron unos segundos antes de responder. Se miraron el uno a la otra hasta que Martina dijo:
—No sabemos nada de él desde hace unas semanas, Joe. La verdad es que se está juntando con una gente que no nos gusta mucho.
—Está un poco raro —añadió Jorge—, pero cuando lo vemos es amable. Solo que nos esquiva, como si no quisiera saber nada de nosotros. Nos dijo que quería verte, pero mira, tampoco ha aparecido hoy. En realidad no te puedo contar mucho…
A Joe le entristecía no tener noticias de Juanlu, aunque estaba convencido de que tendría sus motivos para mostrarse esquivo. Tenía muchas ganas de verle y de contarle la ilusión que le había hecho recibir el correo con el texto de Batman. Qué ocurrencia esa de llevar a ese fortachón a comprar grifa. Sabía que ese chico tenía mucha sensibilidad y talento y que, de alguna forma, estaba destinado a hacer cosas extrañas antes de encontrar su camino. Esa era la sensación que le invadía y desazonaba. Por eso mismo, no le tranquilizaba en absoluto el gesto pesimista de sus amigos y compañeros, con sus omisiones. Seguro que sabían algo más. En cualquier caso, ese sería un tema del que se ocuparía otro día porque la fiesta seguía y debía atender a los invitados para los que se dispuso música, bebidas y algo de comer.
Para su sorpresa, se prodigaba la presencia de más caras conocidas del barrio de las previstas. Por ejemplo, el cura don Antonio —quien argumentaba la necesidad de posicionarse frente a la barbarie, que eso no tenía nada que ver, «claro está», con su opinión acerca de la actividad de la tienda—. O Luis Álvarez, el veterinario, cuya amistad con Joe no dejaba de crecer.
Tampoco faltaron curiosos, atraídos por la reciente entrevista reportaje, a propósito de Carmín Amenities, que había sido publicada, una semana antes, en el Correo de Andalucía, donde se anunciaban la reapertura de la tienda y la presencia segura de Pedro Almodóvar. Reportaje en el que se ofrecía además el retrato de Joe, «esta persona singular —como se recogía en el periódico— que se había atrevido a montar el primer Sex Shop en la provincia de Sevilla. Para más inri, en un barrio humilde y de clases populares como el Cerro del Águila».
A Joe, le agradó también la presencia de varias señoras del barrio. Muchas más de las que pensaba a priori, clientas a domicilio de los productos de Joe —distribuidos con la ayuda de los modernitos—. Mujeres cuyas reservas a apoyar a Joe parecieron abandonadas tras las injusticias cometidas en su contra. Entre estas personas le sorprendió ver a Noelia, la señora cuya visita en el hospital, con su regalo de bombones, tanto le emocionó. Más aún, que, junto a Noelia, se hallaba también su hijo, Rubén —según supo cuando fueron presentados—. Ese chico noble, según su madre, que andaba tan confundido. Joven que parecía dejar atrás su estética skin con un cabello que no se afeitaba desde hacía días.
—Hola Joe, soy Rubén. Lo siento por todo el daño que… —dijo con dificultad para terminar cada palabra. Agachando la cabeza. Tartamudeo que lo había delatado en la agresión y que había sido referido por su madre en la visita al hospital.
—No te preocupes —le contestó Joe—. Todos nos equivocamos. Además, ya no me duele nada y tú estás aquí. Y eso me alegra. Ven a verme cuando quieras.
—¿Y quién es este morenote? —preguntó la Loba mientras que se acercaba a la escena.
Rubén le devolvió la sonrisa y siguió hablando con la Loba, con su madre, Noelia, participando también de la conversación. Mientras tanto, Joe continuó ocupándose de los invitados. Entre ellos, Pedro Almodóvar, al que se escuchaba desde lejos, que no dejaba de hablar de cine con Antony, con el que se había vuelto a encontrar, que también se había acercado por allí.
«Nada pudo salir mejor». En estos pensamientos andaba unas semanas más tarde Joe, mientras que recreaba, en su imaginación, los mejores momentos del día de la reapertura. Apoyado en la barra del bar de Antony, dando cuenta de una cerveza Cruzcampo fría. Lugar que había vuelto a regentar. Sin demasiadas complicaciones, Joe retomaba su rutina. Eso sí, aliviado por el peso del que te despojas cuando superas un obstáculo. Alentado por su perseverancia ante el reto de no abandonar. Al fondo, se escuchaban, como otras veces, los hombres en sus conversaciones públicas, para el que quisiera escuchar. Los mismos que, unas semanas antes, habían destapado su operativa de reparto de productos a domicilio.
—Pues ya te digo, a mi mujer le ha dado ahora por los perritos. Se ha comprado una pekinesa negra. Muy chiquitita. ¡Anda que no está contenta! Por mí, genial, que se entretenga así mejor que con otras cosas… —El parroquiano interrumpió su alocución mientras que miraba, un poco cohibido, a Joe, el cual le devolvió una sonrisa y un brindis con su cerveza en la mano.
Todos comenzaron a reír.
—No, si es normal, todas tienen que entretenerse con algo, se pasan el tiempo aburridas en casa mientras que estamos trabajando. La mía ha hecho igual, se ha comprado un perrito.
—¡La mía igual! —dijo otro.
Algunas risas.
—¡Al final, nos va a costar más caro el veterinario! ¡El Luis ese se va a poner las botas!
Todos carcajeaban.
Uno de los hombres se dirigió entonces a Joe. Quien lo miró mientras le hablaba.
—No te preocupes, Joe, ya sabes que aquí somos un poco chapados a la antigua. No nos tomes demasiado a mal, hombre. Además ya se ve que te viene clientela de otras partes, así que no echarás de menos a tus clientas del barrio.
Joe le devolvió la sonrisa y trató de disimular un gesto de cortesía ante esa irrupción masculina entre condescendiente y paternal.
—¡Tranquilo, todo va bien! —respondió Joe.
En ese momento, Antony comenzó a hablar con Joe.
—No les eches cuenta, Joe, solo fanfarronean aunque saben que te has ganado tu sitio en este lugar. Dales tiempo para que lo asimilen... Por cierto, me encantaron los Flyers y su referencia a Scarlett O’Hara, aunque yo soy más de Clark Gable —risas—. Al que no vi repartiendo fue al chico más alto.
—Ese es Juanlu. Lleva perdido desde hace semanas. Me tiene un poco preocupado —repuso Joe.
—Sí, creo que sí, que es Juanlu. Joe, algún día creo que te debería de hablar de ese chico. Me da un poco de mala espina…
De repente se calló Antony, dirigiendo su mirada a la puerta del bar. Acto seguido, Joe volvió la cabeza.
—¡Hablando del rey de Roma! ¡Pensaba que te habías ido con Batman! —exclamó Joe.
Por la puerta del bar se erguía la silueta larguirucha de Juanlu, sudando, con ropa sucia y tres discos de The Doors bajo el brazo.
Aplausos Mario
ResponderEliminarMuchas gracias, Sofía :)
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