Edu (Capítulo XII)
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No era la primera vez que Eladio rememoraba a Edu, que lo reconocía en otros cuerpos y caras. Al principio, se decía que no, que no se lo podía permitir. Otras, se dejaba llevar sin importarle cómo afectaría eso a su espíritu. Entonces, su mente recreaba, cual procesión sin fin, cada una de las luces y sombras que constituían el recuerdo de su relación con Edu:
Los primeros meses en Madrid. Su primer encuentro en un restaurante de la calle Princesa. Lo embelesado que escuchaba sus alocuciones largas y razonadas. Su discurso sereno de voz grave —«de locutor», le había repetido en tantas ocasiones— al compás de los movimientos de sus manos huesudas y mentón pronunciado. Su cabellera negra, densa y salvaje como la de Carmín.
—¿Qué te parece, Eladio? Se llama Carmín —le había preguntado Edu en las cuadras, pasando su mano derecha por el lomo de ese caballo de pura sangre saíno—. ¿Sabes?, este va a ser el rey de los hipódromos y yo voy a ser su entrenador. Edu y Carmín, jamás nadie olvidará este equipo. —Y no solo reinó Carmín en España durante años, sino que llegó a ser el caballo más laureado de los hipódromos de la Europa de los años 70. Victorias con las que Eladio disfrutaba, una a una, sintiéndose aliado del animal en su fortaleza y decisión. Imaginándose montado en su grupa, volando, desafiando al tiempo y al espacio.
Como contrapunto absoluto, en ese recuerdo reconstituido de su antiguo amante, nunca dejaban de arreciar las imágenes más amargas de Edu. Las primeras mentiras. Sus primeros consumos de esa heroína que comenzaba a irrigar, a inundar, a reventar, la España de los 80. Al principio, Eladio los había tolerado. «Es Madrid, es la noche. Edu tiene que alternar con sus clientes», palabras con las que se había autoconvencido tantas veces de que no pasaba nada.
Sin embargo, llegó la pérdida de Carmín. Y Edu comenzó a faltar al apartamento cada vez más. A veces, durante días. «Tengo que moverme. Encontrar clientes. No me puedo quedar aquí parado», le había repetido a Eladio para convencerle de la coherencia de ese comportamiento que Eladio, en esa época, se resistía a aceptar. Y, entonces, se dio cuenta de que su vida la había construido en Madrid dependiente de la de Edu. Que, sin él, se encontraba solo en el piso, sin apenas planes ni proyectos. Que, sin él, su existencia se encontraba vacía. Y eso le asustaba. Le aterraba. Tanto como las llegadas sin hora de Edu al piso, cada vez más frecuentes, en los diversos estados de ánimo que genera la adicción a la heroína. Tanto como las explicaciones de Edu que, al final, lo hacían sentir culpable y egoísta por no comprender lo mal que lo estaba pasando su compañero, él, Edu López, el mejor entrenador de caballos de España, el artífice del éxito de Carmín.
Y así llegó el día. El momento en el que Eladio no pudo más y decidió dejar atrás hasta su propio nombre. El instante en el que miró a los ojos de Edu. «No puedo soportarlo más. Me voy. Te quiero, pero no puedo seguir porque me vas a matar». Atrás quedaban Madrid, la vida con Edu, las carreras en el hipódromo, las reuniones, la vida social. También, los cuidados de Edu, el papel de persona protectora, madre o padre y amante. Incluso su nombre de Eladio, que como una piel que se muda, cayó en Madrid y Eladio dejo de serlo para llamarse Joe Carmín, impregnado por el alma del caballo cuyas carreras le habían hecho vibrar y soñar.
Sin embargo, a pesar de la nueva etapa que comenzaba en Barcelona, el fantasma de Edu jamás dejó de acompañarle, igual que la sensación de asco consigo mismo por haberlo «dejado tirado», como se repetía. A menudo, el espectro se animaba en el momento menos esperado. En la cara de una persona cualquiera, o en algún gesto. O en cualquier detalle. Joe, Eladio, siempre se había dicho que su salida de Madrid respondía a una necesidad de experimentar. No obstante, en su fuero interno, sabía que había sido otra huida similar a la de la marcha de casa de sus padres años antes en Sevilla —diferente, eso sí, porque en aquella casa no se sentía ni querido ni aceptado.
Sensación de nausea que el paso de los años consiguió atenuar. O eso era lo que pensaba, hasta aquel día en el que hablaba con Antony en el bar. En el que le había mostrado su preocupación por Juanlu. Momento en el que ya había recibido algunas señales de que algo pasaba. Indicios a los que Joe se resistía a dar crédito. Sin embargo, llegó el día en el que la realidad se mostraba en su verdad. Como un viento, romántico para unos, devastador para muchos. Así, la fuerza desatada e inesperada cobraba vida. Como un fantasma, casi con el cuerpo, la voz, los gestos de Edu. Allí estaba esa silueta difusa de la persona de la que se estaba hablando: de Juanlu. Su preferido, su modernito, desde la llegada al barrio por tantas cosas que no acertaba a explicarse. Que, desde aquel día, no dudó en relacionar con el recuerdo de Edu.
Entonces su
cuerpo se vio sacudido por un «otra vez no, por favor». Sin embargo, lejos de
sentir que tendría que huir de nuevo, de repente, su alma se llenó de compasión
por ese ser al que ya había comenzado a adorar. Al que sentía que no podía
desamparar. De alguna forma, se daba cuenta del recuerdo que, sin ser
consciente, había vuelto a cobrar vida en su interior. Su firmeza. Su
optimismo. Su imaginación. Su forma de mirar a la vida de frente, con ojos desafiantes:
«Qué pasa, conmigo no puedes». Demasiado evidente. Demasiado parecido con Edu y
«yo no me había dado cuenta», se diría a partir de aquel día en el bar de
Antony. De repente, allí estaba Juanlu, o Edu, pero esta vez encarnando en su corazón esa otra
versión que le había hecho abandonar Madrid. Esa expresión que tan familiar le
resultaba tantas veces vista en Edu, con la piel pálida y sudorosa.
—¿Qué, Juanlu —casi se le escapa decir Edu—?, ¿no pasas? ¿No quieres tomar algo? —le dijo Joe, intentando dominar el miedo que había comenzado a atenazarlo.
—Bueno. Vale. Tengo prisa, pero podemos tomar una cerveza —respondió Juanlu, entrando en el bar Antony, desconfiando de lo que pudiera decirle Joe.
Continuará
👌
ResponderEliminar:) gracias mil, guapo
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