Juan el taxista

—Buenas noches, ¿adónde va? ¿por qué lleva las luces apagadas?

El taxista, Juan, se queda en silencio unos instantes. Impresionado por la presencia de esos policías que, tras salir de su vehículo oficial, se aproximan.

—Acabo de hacer un servicio. De dejar a una persona que he traído desde Sevilla. Me había detenido para llamar a mi mujer y decirle que iba de vuelta. Creo que me he perdido. Me he asustado un poco. Por eso se me ha olvidado encender las luces.

El policía que se ha dirigido a él lo mira entornando los ojos, desconfiando de lo que escucha. Se vuelve y comienza a hablar con el compañero. Mientras tanto, Juan, parece recrear en bucle lo que le ha llevado a estar ahí, precisamente en el lugar y la hora equivocada, en esos suburbios de San Fernando.

Porque ese día, víspera de la boda de su hija, había sido largo. Desde muy temprano fuera de casa. Primero, había que pasar por la peluquería para pelarse. Acudir a varios recados a petición de la mujer e hija. Después, a partir de las dos de la tarde —en contra de la insistencia de su esposa— salir con el coche a levantarse el sueldo. «Con el taxi no se puede parar cuando uno quiere, Elena, y más, con las deudas que tenemos por más que se case la niña mañana».

Esa necesidad económica lo obligaba pues a trabajar en días señalados como aquel. Por eso mismo, no había dudado demasiado en aceptar, sobre las nueve de la noche, el servicio que lo habría de conducir hasta el barrio de El Carmen.

—Buenas tardes, tengo que ir hasta San Fernando. Allí tiene que esperarse un rato, que puede llegar hasta una hora, para traerme de vuelta a Sevilla.

Juan miraba a la mujer delgada, alta, de unos cuarenta años. Radiografió su vestimenta —conjunto de falda y chaqueta de un rojo oscuro—, peinado y zapatos impecables.

—¿San Fernando, dónde, exactamente?

—El Carmen.

—Ese barrio es muy complicado por lo que tengo entendido, señora. Además, meterme allí solo durante la noche. No sé qué decirle…

La mujer le enseñó dos billetes de quinientos euros.

—Tendrá estos al llegar a San Fernando y dos más cuando regresemos a Sevilla.

Juan masculló un sí, o algo parecido, del cual se arrepintió a lo largo de todo ese viaje en silencio por la autopista A4. «Es un montón de pasta», se repetía, concentrándose en la respiración, al descubrirse aguantando el aliento más de lo conveniente. De vez en cuando, miraba por el espejo retrovisor. Sobre todo, le llamaba la atención un bolso Hermes inmenso que llevaba la mujer en el regazo. «Demasiado grande, qué coño llevará ahí».

Llegados al lugar, la clienta descendió del vehículo. La calle desierta a esas horas de la noche aparecía salpicada con solares baldíos alternados con casas a medio construir, de fachadas destartaladas y enfoscados rudimentarios. Conjunto aromatizado con un efluvio vaporoso mezcla de alcantarillas a punto de explotar, orines de perro, humanos y fritanga de múltiples procedencias.

—Deme su carné de identidad.

Juan se quedó sin saber qué decir. Con la boca totalmente cerrada.

—¡Que me de su carné de identidad o no hay trato, ostia! —ordenó la mujer, mientras mantenía una mano introducida en el bolso cuya piel sucumbía a la presión interior de lo que parecían las líneas de un revolver encañonando al taxista.

Juan sacó el carné de la cartera. El cual le entregó a la clienta, que, al mismo tiempo, le alargó los dos billetes de quinientos euros prometidos como primer pago.

—El resto en Sevilla. Espere aquí. Mantenga el coche cerrado mientras que vuelvo. No le abra absolutamente a nadie. ¿Me entiende? No hable con nadie.

Pasaba el tiempo. A Juan se le venía el recuerdo de las guardias en el servicio militar, el tiempo que se hacía eterno. Miraba el móvil cada dos o tres minutos. Consultaba las páginas de deporte, el Facebook, fotos de las últimas navidades. Abría el WhatsApp. «Se ha ido a las once y veinte. Son y media y a mí me parece que han pasado ya dos horas».

Cinco minutos más tarde vio acercarse a un chico delgado por el espejo retrovisor. Su cadencia de paso irregular se sincronizaba con movimientos de una mano arriba abajo en una cara salpicada de impurezas y trozos de piel infectada. El tipo se paró a la altura de la puerta del conductor. Golpeó la ventanilla con los nudillos como una visita impaciente.

—¡¿Mira, me puedes abrir?!

Juan, extendió el brazo derecho bajo el asiento del copiloto. Allí había dejado a la vista una barra de hierro que llevaba para «situaciones especiales» aunque en su vida la hubiera utilizado. La agarró con indecisión bien disimulada mientras que sostenía la mirada hacia el desgraciado.

—¡Puerta!

—¡Eh, tranquilo, que solo quería preguntar una cosa! —El tipo se marchó, de inmediato, alejándose hasta sus contornos se difuminaron en la oscuridad.

Juan comenzó a sentir un sudor frío que le descendía por la columna. Sacó los dos billetes de quinientos que había guardado en la cartera y los metió debajo de la alfombrilla del pasajero del asiento de detrás.

Unos minutos más tarde, distinguió por la acera, a paso ligero, desde el fondo de la calle, por donde acababa de desaparecer el yoqui, las siluetas de tres tipos cuyas formas apenas eran aún distinguibles.

En un momento dado, le pareció que uno era el de antes, flanqueado a izquierda y derecha por dos colegas más, de ropajes y comportamientos similares. Entornó la vista para adivinar si lo reconocía. «Quién coño me manda no haberme comprado las gafas que me hacen falta. Nunca un puto duro para mí. Ni siquiera para ir decente a la boda de mi hija». Mientras tanto estrujaba con el pulgar e índice de la mano derecha las llaves insertadas en la cerradura prestas para arrancar el coche. Los tipos se acercaban. Ahora a menos de quince metros. «¿Será ese?, son todos iguales». Diez metros. «Ahí no viene el tipo de antes», comprobó aliviado mientras pasaron los tres tipos cuyo rastro acabó disolviéndose, por el retrovisor, en el abismo de negritud del final de la calle. «Falsa alarma».

En ese momento, la situación se hacía insostenible. Juan evaluaba. «La tipa tiene mi carné de identidad. Por eso me lo ha pedido la cabrona. Cómo lo sabía, la puta, que esto iba a pasar». Las voces se multiplicaban. Ruidos por todas partes. Finalmente, el ruido ensordecedor del escape rectificado de una moto de menos cilindrada de lo que pudiera parecer, tronó como una tormenta al pasar junto al taxi de Juan, que mantenía aprisionadas las llaves.

—¡Se acabó! ¡Al carajo! —gritó en el momento de encender el coche para desertar de la misión.

Unas calles más adelante, notó las ráfagas de luces largas que le dirigían una patrulla de la Policía nacional. «¡Me cago en la puta, se me olvidó encender las luces!». Los agentes estacionaron el coche detrás del taxi de Juan que, acto seguido, les dio cuenta de su presencia en aquel barrio a esas horas. De la carrera de una mujer que lo había parado en Sevilla. Que había aparcado el coche para llamar a su mujer para decirle que volvía a casa. Que unos tipos con unas pintas aterradoras se habían aproximado y que, como se había puesto muy nervioso, había arrancado el coche olvidando encender las luces.

En ese momento, sonó el teléfono en el salpicadero, iluminando con un haz de luz tenue el espacio del asiento del copiloto. Juan miraba de reojo el aparato así como la barra de hierro que seguía a su lado cuyos contornos metálicos se adivinaban al ritmo de las luces intermitentes de la pantalla. El volumen del tono sonaba al máximo. Sobre la pantalla, aparecía la palabra Canija.

—Es la parienta. Se le habrá olvidado decirme algo —dijo Juan.

El teléfono no dejaba de sonar.

—¿No va a responder? —preguntó uno de los dos policías a quien no le convencían las explicaciones de Juan ni sus nervios.

—¡Venga, vamos a sacarlo de aquí! ¡Este señor está cagado!—le espetó el compañero— ¡Síganos! El compañero alzó los hombros en señal de resignación.

—¡Cómo tú quieras! ¡Hagamos entonces de buenos samaritanos!

Los policías condujeron delante del taxi de Juan a quien dejaron en el acceso a la autopista A4, dirección Sevilla.

 

A la mañana siguiente, en la boda, Juan departía con Elena, en el salón, repleto de invitados, de la recepción del evento, entre bandejas de canapés de salmón y chacinas refinadas. A unos quince metros, le sonrió una invitada cuyo bolso gigantesco Hermes reconoció inmediatamente.

«¡No puede ser!»

El sudor frío de la noche anterior volvía mientras que se intensificaba en sus oídos el repiquetear creciente de unos decididos tacones de aguja rojo fuego a juego con su flamante tocado.

—Es Rosa, la prima de Julio, viene de Madrid —le dijo Elena a Juan.

Juan apenas acertó a esbozar una sonrisa sin llamar la atención de su mujer.

—Rosa, te dejo con mi marido. Por favor, Juan, cuídala.

Juan, sin saber qué decir, durante unos segundos que volvieron a parecerles eternos, comprobó cómo su invitada confirmaba con un gesto afirmativo al gesto de una persona que reclamaba su presencia.

—Tú y yo ya hablaremos en otro momento —le susurró al oído a Juan mientras que lo despedía con dos húmedos besos en las mejillas.



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