Carmela
Cierto día, escuchaba música, en el patio de nuestra casa recién estrenada —quizás The Cure o The Smiths, algunos de los grupos que me gustaban por mi adolescencia, por el año 1986— cuando Carmela se aproximó a mí.
—¡Qué aparato más raro! ¿Eso que es, con cada botón salta una copla? —decía mientras que señalaba mi radiocasete.
Ignoro si me extendí demasiado en la respuesta, ya que, por aquel entonces, consideraba aún a Carmela una persona de otra época, desfasada para comprender cualquier explicación pertinente sobre aquel objeto negro.
Carmela había pasado media vida trabajando en tabacalera, con condiciones que habían servido para una exigua paga de jubilación. Por eso, a pesar de sus piernas hinchadas, decoradas por varices contenidas por medias descoloridas, atravesadas de carreras, hasta la altura de las rodillas; a pesar de sus manos y espalda gastadas por la artrosis, de su espalda encorvada; a pesar de todo eso, aún se veía obligada a salir a la calle a buscar dos duros en aquella España de los años ochenta.
A Carmela la conoció mi madre, unos años antes, porque iba a casa de una vecina una vez a la semana para ayudarla a limpiar. «Tú me pagas lo que puedas, Maruja», le había dicho a mi madre, quien, a partir de ese día, comenzó a contar con ella una vez a la semana. A mí, por alguna razón desconocida aún, no me gustaba esa mujer que hablaba tan fuerte. No me gustaban sus manos al aire mientras se cagaba en «los muertos del faraón», sus aros grandes, de colores y pesados, atraídos al vacío por la gravedad, dejando tras de sí, lóbulos desproporcionados. Tampoco, que con sus manos callosas tomara mis mejillas. Ni su forma de comer en la mesa con nosotros. Ni sus zapatillas, de color indescifrable por las que se le asomaban los callos de los pies. Ni su manera de mendigar los restos de crema. «No tires los tarros aunque estén vacíos, Maruja, que yo los rebaño y los aprovecho».
Mi clase de cuarto de EGB se situaba en un bloque distinto en el que se encontraba el patio del recreo. Todos los días, a la hora indicada, los niños salíamos en fila de un edificio a otro para los treinta minutos en los que tomabas el refrigerio de media mañana. Cierto día pasaba por al lado de un almacén del trayecto. Del fondo surgió una voz que me era conocida.
—¡Mario!
Esa fue la primera vez que vi a Carmela trabajando como limpiadora en ese local, al que iba una vez a la semana, según supe después. En ese momento, me hice el loco y miré hacia otra parte. Supongo que Carmela estaba liada. Supongo que dio por hecho que yo andaba despistado.
Llegó el día en el que Carmela se dio cuenta de que mi forma de actuar poco tenía que ver con el despiste ni la falta de atención. Sobre todo, la vez en la que salí corriendo cuando se aproximó con la intención de besuquearme o de dejarme en evidencia delante de todos.
Una vez que mi madre se enteró de mi comportamiento, me reprendió muy enfadada. Yo imagino que poco tuve que objetar y que apenas balbuceaba respuestas a eso de lo que me hablaba sobre los valores con las personas que lo necesitan. Apenas recuerdo porque bastante tenía —en ese colegio— con no hacerme señalar ni acrecentar mi mala reputación, coronada con éxitos como la de haber sido escogido, para mi gloria, como el mayor pringado de la clase, por sufragio universal en forma de papeles garabateados, depositados en una bolsa de Polvillo, haciendo las veces de urna.
Si no otro día, en el que fui protagonista de una redacción. Contenido que leía su autora en voz alta, ante el jolgorio de la clase, sin que yo me diera cuenta de que el protagonista era yo (que como ya dije andaba siempre despistado).
Años más tarde, andaba por el centro. Había vuelto a Sevilla en una de mis vacaciones. Paseaba por la calle Sierpes cuando escuché una voz que me resultaba de nuevo familiar.
—¡Mario! ¡Me cago en los muertos del faraón!
Al ver a Carmela sentada en un velador, acompañada de un café con leche y un platito con churros, me fui para ella. Con placer indescifrable sentí sus manos recorrer mi cara. Acto seguido la abracé, «cuánto me alegro de verte», «cuántas veces te he querido pedir perdón, que estaba muy perdido, que eres una persona maravillosa, que admiro tu lucha».
—¡Tranquilo, rey moro! —me decía—. Tómate un café y unos churritos, verás lo ricos que están. Pues mira —continuó—, aquí estoy echando los días que me quedan. Me gusta venir y sentarme. Ver pasar a la gente. De vez en cuando recuerdo cosas de cuando era niña. Esta calle —se refería a la calle Sierpes, casi de esquina con la Campana— era para mí entonces el centro del mundo.
De repente, escuché unas campanas que repiqueteaban, para mí felicitándome por la suerte que había tenido. Terminamos el café y charlamos durante más dos horas. Después se negó a que la acompañará de vuelta a su casa. Solo vi una vez la calle donde vivía, la avenida de la Calzada, ese lugar desde donde sale San Benito, en una casa de vecinos, de esas en las que vivían familias enteras en apenas una habitación. Lugar equipado quizás con cocinilla provista de algunos utensilios donde se calentaba los tupes que las personas le ofrecían. Con baño común y una palangana, debajo de la cama, como ducha. Hogares populares, que a la llamada del dinero, años más tarde, fueron derribados, junto a la vida de los que allí moraban a renta baja. Quizás, Carmela fuera dirigida a un asilo, un lugar de esos donde los religiosos recogen las personas por caridad. «Mejor eso que dejarlas en la calle». Otros pensarían que por qué no tirarla en los escombros directamente. ¿Por qué no? Allí quizás Carmela muriera. Quizás sola. Quizás acompañada.
—No te preocupes, rey moro, que ya vuelvo yo tranquilita. —Y esas fueron las últimas palabras que escuché de Carmela.
Por supuesto, este encuentro jamás se produjo. Ojalá fuera justa la vida de vez en cuando. Lo fantaseé el otro día, andando por Lyon. Por las calles grises que me recuerdan el invierno infinito. Las calles mojadas. El olor a asfalto. La gasolina mal quemada. De repente se me vino a la mente un olor, después un sonido, después un tacto, el de sus manos acariciándome la cara. Después se dibujó, con claridad, su rostro en mi mente. Y no pude evitar sentirme vacío.

Mario y Carmela. Triste y hermoso como la vida misma. Abrazos. Mario. Pepe Oliver.
ResponderEliminarMuchísimas gracias, Pepe :)
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