La Española

Se llamaba Española. Era blanca. Resplandeciente. Le había hecho una estructura de metal con cuatro varillas, a manera de soporte, que sostenían un toldo rojo. Qué buena sombrita hacía para los calores del verano. De ambos lados de la rueda trasera salían sendos pequeños mástiles con la bandera de Andalucía. En la parte delantera, sobre el manillar, delante de la cesta, había instalado una radio con la cual podía retransmitir con un micrófono. Esta explicación no sé darla muy bien, pero sí, yo hablaba por el micro y la voz salía por la radio como si se tratara de una emisora más. 

 

 

Cuánto te echo de menos, Española, cuántos viajes hemos hecho juntos. Ahora te recuerdo y quizás no sepas que el que escribe esto no soy yo. Ya sabes que jamás aprendí ni tuve oportunidad. Lo que decían que si «el niño este es un retrasado». En fin, el hermano es el que ha insistido para que cuente cosas y yo le he dicho que por dónde empezar. Que él va a escribirlas porque yo no sé. Que luego las pondría a su forma para que estuviera bonito. A ver qué hace el mamón este que me mira con cara de enfado, que no me deja fumar los Celtas a su lado.  

Que eso. Que me ha dicho que cuente historias para que así no se olviden las cosas que me han pasado. Ya sabes que pronto, Española, no recordaré nada, por eso que me pasa ahora de ir olvidando las cosas. Poco a poco, todo, me cuentan. El hermano dice que cuando esté más malito me las leerá.

Me ha animado para comenzar con algo relacionado con la Española, contigo. ¡Nos han pasado tantas cosas! Recuerdo lo libre que me sentía cuando pedaleaba. En realidad, así había sido desde que aprendí a montar, libre de miradas extrañas. Esas que me han seguido desde pequeño. Entonces me daba cuenta lo poco que disimulaba la gente para reírse de mí con las cosas que yo decía, pertrechado con las gafas de pasta gorda que me puso la María desde chico. Tenía algo que me hacía diferente a los demás pero yo no sabía el qué.

Miguel, mi padrastro, una vez me dijo «Pepe, tienes que aprender a montar en bicicleta» y ese día me regaló una. La que vino antes que tú, Española. Cuando me montaba sobre el sillín me sentía tan bien. Tan feliz. La cara rozada por el viento. El levantar el cuerpo para pedalear de pie, como los ciclistas en la televisión. Libre, eso quería ser, libre. Yo sé que a mi madre, María, le he dado muchos sofocones. Que ella no comprendía lo que pasaba, el porqué de mis arrebatos para escapar y coger la carretera sin decir nada. Perderme durante días. Muchas de las historias que se me ocurren tienen que ver con esos momentos en los que me daba por coger puerta, irme por ahí.

Por aquel entonces me daba miedo que me parara la Guardia Civil. En el carnet ponía una cosa de que yo era subnormal o algo así. A mí no me gustaba por lo que pasó la primera vez que me pidieron los papeles. Me preguntaron dónde iba y al ver el carnet llamaron a la María por culpa de eso de subnormal que había ahí escrito. Por eso, a partir de entonces, lo primero que hacía cuando escapaba era dirigirme a una comisaría. Allí denunciaba la pérdida del carnet y me daban un resguardo con el que podía justificar si me paraban —ahí no ponía nada de subnormal—. Entonces, si me paraban, no me decían nada.

Recuerdo un día, contigo, vestido con la camiseta del Betis, en el que cogí carretera y manta, como si no hubiera un mañana.

Creo que ya estaba cansado de pedalear cuando me pasó un autobús por el lado.

—¿A dónde vas, compañero? —me preguntó un tío con barba canijo que bajó del autobús y se acercaba a mí.

—Vengo de manifestarme, compañero —eso fue lo primero que se me vino a la cabeza cuando vi las banderas que llevaban ellos de Andalucía, de un sindicato y otras. A ellos, me dijeron más tarde, les llamaron la atención mis banderas colgadas de la Española, de Andalucía también.

Acto seguido, me subí al autobús. A ti, Española, te cargaron con los equipajes.

—Bienvenido compañero. Vente para el pueblo. Allí vas a comer con nosotros.

En ese pueblo, Marinaleda, me atendieron a cuerpo de rey. Después me enteré de que el tío de la barba que me paró era el alcalde, Sánchez Gordillo. Durante varios días, me sacaron conversaciones. Se reían con el Tobías. (El hermano me dice que ya hablaremos de eso en otro cuento). Se reían con mis ocurrencias, sobre todo con mi táctica con el carnet para esquivar a los «picolos», que así los llamaban ellos. «Tonto pero no idiota», les decía yo y reían y reían aunque me trataban muy bien y eran muy simpáticos.

Días más tarde, la gente del pueblo me preguntó que dónde vivía. Les conté que mi madre, la María, quizás estuviera preocupada. Entonces la llamaron y pronto vino Miguel, mi padrastro, para recogerme con una furgoneta para llevarnos de vuelta a Manuel Falconde, a casa.

Bueno hermano, tú quieres que cuente más historias de estas. Yo no sé dónde le ves la gracia. (Pepe habla mientras saca otro cigarro de su paquete. Otro Celta. Las gafas caen casi a la punta de la nariz. Se las sube, por el puente, deslizándolas con la ayuda del dedo corazón. Este movimiento lo acompaña con un ruido corto producido por las garganta, como el claxon de un camión). Hermano, tienes que hablar de papá. Que yo iba a trabajar muchas veces con él al polvero y que yo le decía papá de cachondeo. Que entonces, como tú eras su hijo, me comenzaste a llamar hermano. Y yo a ti también. Que desde entonces tú dices que somos amigos y a mí me parece que está bien eso de tener amigos.

(En homenaje a Pepe, el Tarzán, con este nombre lo conocí, mi hermano, una de esas personas maravillosas que he tenido la fortuna de disfrutar a lo largo de mi vida.)

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