Tío Bernardo
Hay ciertas personas de las que todo el mundo se permite hablar. Pepe Figueroa, el de contabilidad, era una de ellas. En la oficina, pocos se resistían a no enriquecer el imaginario colectivo propagando historias acerca de este tipo de pelos lacios y mirada taciturna de contabilidad. Por ejemplo, aquella que hablaba de su relación —o ausencia de ella— con el peluquero. Sitio en el que, según sus propias palabras, jamás gastaría dinero. Que una amiga le pelaba —se contaba el chascarrillo de que él mismo se arreglaba el pelo con unas tijeras pequeñas de cortar las uñas—. También se cuchicheaba acerca de su costumbre de no aceptar invitaciones para no tener que pagar de vuelta. O si no de las blusas descoloridas, por los muchos lavados, y con apariencia tiesa a falta de un suavizante con el que mimar las vestimentas. Ni qué hablar de los zapatos con suelas gastadas que apenas se decidía a cambiar cuando alguno de los dedos del pie comenzaba a dar los buenos días al aire fresco.
A pocos les pasó inadvertido el peinado con el que apareció Pepe un lunes. Como si de una Cenicienta se tratara, algo había cambiado en esta persona. Con todo el cuello afeitado como se acostumbra ahora entre los jóvenes. Con capas y texturas que ni el mismo Leonardo hubiera firmado en ese pelo que ahora relucía castaño y sedoso. Más sorprendente aún resultó la manera en la que el mismo Pepe relató a propios y extraños su aventura en la peluquería.
—Doscientos euros me ha costado. Además, me he hecho una limpieza de cutis y me he dejado aconsejar por la chica de un salón de belleza.
Los murmullos esta vez se transformaron en gritos de exclamación —muchas veces sin disimulo— al paso de Pepe por los pasillos de la oficina. Cada día sorprendía con alguna novedad. O una chaqueta nueva. O unos zapatos Martinelli. O unos botines Adidas último grito…
—¡Pepe!, ¡qué guapo te estás poniendo! —le decía Mari Puri, su compañera de departamento.
Lo que pocos sabían es que unos días antes Pepe había recibido una extraña misiva, con matasellos de Brasil. En ella, se daba cuenta de la herencia que su tío Bernardo, en la que había tenido a bien dejarle como único heredero. Sin embargo, esta prebenda inesperada aparecía con una condición que, en primera instancia, Pepe se había resistido a aceptar; ni siquiera, comprender. «Tendrás derecho, con toda legitimidad, de la totalidad de la herencia si cumples con una condición. Ya sé cómo eres y me gustaría ceder mi capital a alguien del que tuviera la certeza que iba a disfrutarlo. En el plazo de un año has de cambiar de hábitos. Has de cuidar de ti. Has de mostrarte generoso contigo y mostrarte como alguien que disfruta con el dinero y no solo con amasarlo, como hacía tu padre, que para nada le valió al final de su vida (el padre perdió, poco antes de morir, todos sus ahorros con una estafa. Que no estamos ya en la guerra. Por lo tanto, solo tendrás el dinero si a partir de ahora sales, te arreglas, disfrutas y generas un cambio en tu vida del cien por cien. Para vigilarlo, hay una persona de mi entera confianza que dará los pasos necesarios dentro de un año para asegurarse de que mi voluntad llegue a buen puerto. Si no cumples con esta condición la fortuna será repartida entre tus compañeros de trabajo».
Al recibir la carta, Pepe Figueroa quedó bloqueado durante varios días. «A qué coño jugaba ese bocazas fugado —se decía rememorando las palabras de su padre— a Brasil que solo se dignó venir a verte una vez». Y así se acordaba de esa visita del tío Bernardo allá por los años de la Expo 92. Su descubrimiento de algunos restaurantes de Sevilla en los que jamás volvió a entrar. Los espectáculos del Palenque. Los desfiles nocturnos con brasileñas mulatas bailando samba. «Mira, Pepito, qué maravilla». O la noche en la que, tras alquilar un coche en la recién estrenada estación de trenes de Santa Justa, acabaron comiendo marisco en Sanlúcar. Aventuras que su padre evocaría más de una vez con desprecio.
—Así es, Bernardo. Mejor que esté lejos de esa cigarra. Ya verás cuando sea viejo. Seguro que aparece buscando cobijo. «El que guarda halla, Pepe». Que sepas que la vida que te ha mostrado es la que llevan aquellos que acaban sin un duro. Si no acuérdate.
No obstante, Pepe sabía desde hacía mucho tiempo que la vida de su tío en Brasil era muy próspera. Ignoraba cuánto, en realidad, para hacerse una idea de la fortuna a la que podría aspirar. Tras varios días de reflexión, Pepe decidió ir a buscar consejo a un psicólogo amigo de la familia.
—Pepe —le decía—, yo no veo tan mal que cambies un poco. Estás solo. Ganas un buen dinero. Yo a veces también he pensado aconsejarte, pero no me he querido meter en lo que no me llaman. Tampoco vas a dilapidar tu vida si sigues esas indicaciones. No sé si tendrás una recompensa a tu «esfuerzo». Sin embargo, creo que merece la pena atender a este mensaje que te llega desde tan lejos.
Y de esa manera, como comprobaron atónitos los compañeros del trabajo, Pepe comenzó a adoptar las medidas con las que dar una respuesta adecuada al requerimiento de su tío Bernardo. En poco tiempo, se sorprendió con las bondades que sus nuevos hábitos le iban recompensando. Por ejemplo, cada día le agradaba más ir a la peluquería del que acabaría siendo su amigo Giorgio . También, gozaba con las visitas a restaurantes del tipo que frecuentó con su tío en su breve estancia en Sevilla. Le gustaba que le atendiera el mismo camarero, aprender su nombre, confraternizar. De una manera para él extraña, poco a poco, su nausea por relacionarse con los demás se iba transformando en placer.
Entre estos nuevos lugares en los que alternaba, se encontraba una boutique situada en Nervión Plaza, Les hommes d’abord. De su primera experiencia de Pretty Woman —así se lo contó unos meses más tarde a Daniela, la chica que lo atendió en su primera visita—. Día en el que, al salir de la tienda, acumulaba en ambos brazos varias bolsas repletas de camisetas de diversos diseños, pantalones slim de varios colores, calcetines, blusas o ropa interior de última generación. Establecimiento al que acudía cada vez más a menudo atraído por los encantos de esa chica rubia de extraño acento español.
—¿De dónde es tu acento? —le había preguntado en cierta ocasión.
—Brasileña. De Rio. No lo parezco, ¿verdad?
Y él, entre risas mal disimuladas, le contaba que su tío había emigrado a Brasil. Que una vez en la Expo lo había visitado. Que le había hablado de los amaneceres de Copacabana. De las personas cálidas que poblaban aquel país.
Ese día, Pepe salió de la tienda andando deprisa. Apretando fuerte —como si se fuera a escapar, con el puño de la mano derecha bien cerrado—, un papel en el que Daniela había anotado su teléfono tras aceptar su propuesta de un café. Recorrió calles y fantaseó con ese momento. E imagino cenas con velas y paseos por la playa y miles de cosas más. Sin embargo, para su sorpresa, Daniela no contestaba a ninguno de sus mensajes. Para su alivio, días más tarde, sonó una notificación en el móvil.
«Pepe, lo siento. He tenido que salir con urgencia a Brasil por asuntos familiares. Estamos en contacto. Eres encantador».
Aun quedando tan solo un mes para el final del plazo de la herencia, Pepe se sintió incapaz de resistirse a un último deseo en esa etapa que estaba próxima a concluir. En apenas dos días, programó una visita a Brasil. Para su sorpresa, encontró pocas objeciones en el trabajo. Días más tarde, Pepe paseaba por Río de la mano de Daniela, quien apenas daba crédito a la rápida evolución de su afecto por ese hombre del que, según ella confesaba, también había comenzado a enamorarse.
Una semana más tarde, Pepe sabía que no podía vivir sin Daniela. Sin dudas, se arriesgaba a perder la herencia, pero tomó la decisión más drástica que se le pudiera haber ocurrido; esto es, quedarse en Brasil. «Qué le den al que me inspecciona. Que lo anote si quiere. Lo mismo todo esto es un rollo».
Con sangre fría y paso firme se atrevió a redactar la carta en la que dimitía de su trabajo. En la que exponía que, por razones personales e ineludibles, se quedaba a vivir en Brasil. Que no había marcha atrás. Que muchas gracias a la empresa por estos veinticinco años.
No pasó mucho tiempo cuando Pepe abrió una carta cuya firma pertenecía a la directora de la empresa, la cual, sospechaba, daba cuenta del finiquito u otros aspectos legales relacionados con la dimisión.
«Hola Pepe. Soy Amparo. Tú siempre me has conocido por la señora Mistral. Sin embargo, desconoces la verdadera historia que se esconde detrás de mí y tu tío. Hace treinta años lo conocí. En aquella época, tú eras muy joven. Él vino para la Expo 92 para visitar a tu familia. El recibimiento no parece que fuera muy bueno. Parece que no había buen entendimiento con tu padre. El día que lo conocí se había enfadado mucho con él porque no quería ir a la Expo. Te acababa de dejar en casa y salía para tomar una copa. Bernardo, tu tío, te ha vigilado, desde la distancia. Hace un año y medio, cuando supo de su enfermedad terminal, me encargó esta tarea tan particular que tuve el gusto de aceptar, declarándome la persona que se haría cargo del destino de su fortuna, que ahora es tuya. He de confesarte lo desagradable que me resultaba imaginar con que no pudieras cumplir con sus requerimientos. El tener que repartir su fortuna entre tus compañeros —entre los que se cuentan algunos inútiles—. Finalmente, para mi sorpresa, ayer recibí tu carta de renuncia en la que además te arriesgabas a no cumplir con la condición del año completo y quedarte, por tanto, sin nada. Con mucho gusto te comunico que acepto tu renuncia y que, al mismo tiempo, te declaro único heredero de Bernardo Figueroa. En unos días se harán las gestiones necesarias para que recibas los veinte millones de euros que tu tío te dejó como herencia. Muchas gracias por darme la oportunidad de haber podido disfrutar un año extra de tu tío y de su maravillosa bondad. Espero que tú también sepas obrar justamente con el dinero como él habría querido.

Que bueno...👌
ResponderEliminarPor cierto, comento todas las publicaciones, pero solo aparecen algunas, no se porqué será. Un abrazo fuerte
Muchísimas gracias. No tengo ni idea lo de los comentarios pero estoy muy agradecido por tu interés:)!
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