Señora
—¡Tenga cuidado, señora!
Eso fue lo primero que le dije. Acababa de entrar por la puerta del Perdón de la Catedral de Sevilla. Acompañaba ese día a una antigua compañera de estudios. Venía a hacer turismo junto a otra chica norteamericana con la que convivía en Granada. Ambas querían conocer la ciudad, así que preparé un recorrido lo más cultural posible.
Hacía unos cuarenta grados. Esa temperatura en la que calculas cada uno de los pasos que das. Evitas ir a un bar que está cerrado por vacaciones. Una atracción fuera de servicio en la que habías pensado para esquivar las horas de más calor. Game Over. En ese momento has metido la pata pero que bien. Estamos en Sevilla y los errores se pagan caros.
Por eso precisamente planeé visitar la Catedral. Allí, se está fresquito. Para mí sorpresa, y a pesar de las calores, el lugar rebosaba vida. Gente que iban de izquierda a derecha, de arriba abajo, un enjambre hermanado por el principio de incertidumbre de Heisemberg. Al menos, así lo pensé cuando esa señora de permanente rubia, gafas de sol, chaqueta blanca, de esas que compran en Vitorio y Luccino, salió de la nada para abalanzarse sobre mí.
«Rocky Balboa golpea fuerte», me dije.
La norteamericana, con su acento español con el cual no sabes distinguir el pollo del término vulgar para referirse al pene, comenzó a reírse y a decir con su acento guiri.
—Ten cuidado, Mario, que te atropellan.
A mí, siempre me han puesto nervioso estas situaciones sociales. Ser el centro de las miradas. Más aún, no sentirme lo suficientemente respetado. Así sucedió, por ejemplo, un día al que fui a un bar al centro con mi entonces novia. El sitio —decía la persona que me lo había aconsejado— era una pasada. De esos de toda la vida. Con el queso viejo en el papel de estraza, los embutidos, una locura. «Como una auténtica tienda de ultramarinos de antes, de los años de la guerra».
Tan bien me lo había pintado mi amigo que, sin dudarlo, una tarde desapacible de invierno, me aventuré por el centro, por la zona de la Alameda en Sevilla. Jueves, lluvia, la cual en Sevilla causa efectos de Tifón tropical. Gente enfadada. Cláxones. Poco importa si la chacina es buena. Tras más de una hora para aparcar, logramos encaminarnos hasta la calle Feria para adentrarnos en ese oasis de las viandas.
—Buenas tardes —fue lo que dije cuando nos adentramos en ese establecimiento salido de otra época.
En la barra, permanecía de pie un tipo, de esos de antes, con un paño azul colgado del hombro y una tiza haciendo malabarismos para no caer de la oreja derecha.
El tipo, charlaba animosamente con un parroquiano que —a juzgar por el tono y su ametrallar palabras al viento— había decidido remojarse por dentro.
Ambos me miraron, y, haciendo caso omiso a mi presencia, prosiguieron su conversación como si el «buenas tardes» hubiera sido el cantar de un canario o el sonido de la máquina tragaperras que custodiaba la entrada derecha de la puerta.
Si hay algo que me fastidie en la vida es esto. La falta de educación. Mi novia, que se había parado a comprar algo en el quiosco mientras que yo cogía una mesa o lo que fuera menester, se cruzó conmigo cuando yo ya salía del bar.
—¿Qué pasa? —me dijo.
—Que no tienen vergüenza.
Indignado me dirigí al coche sin mirar atrás. Había sido demasiado, la afrenta. Lo mínimo que se despacha en la vida es la educación. Qué se creía ese tío. Me da igual lo que venda y cómo lo venda. Cómo si regala oro.
Con dificultad podía comprender la cara de desconcierto de mi novia. Chorreando. Cuando dentro del coche le explicaba que no aguanto a la gente que no respeta. Que no es solo el que no me hayan respondido a las buenas tardes. Es la actitud. El mirarte de arriba abajo y no contestar. Qué se habrán creído.
Ahora, muchos años más tarde, puedo comprender su mirada atónita cuando volvimos a sacar el coche con un destino indeterminado bajo un aguacero que apenas dejaba ver el horizonte.
—Así soy yo —insistía.
Y es que no me gusta la gente que va por la vida de sobrada. Así había pensado siempre. Por eso, ese día, en la catedral, me tocaron tanto las narices tanto la americana con sus risitas como la señora que, como jugadora de rugby, me acababa de hacer una falta merecedora de tarjeta roja sin pasar por el VAR ni nada. Así son estos pijos en Sevilla. Esos que se creen dueños de todo con las cadenitas y los santos.
—¡Eh, señora, no me ha visto!
La señora de las gafas de sol giró su cara hacia mí y, sobre la marcha, volvió a mirar hacia delante con sus taconazos apresurados.
Ni de coña iba a soportar tal afrenta. Corrí detrás de ella hasta alcanzarla y tocarle el hombro por detrás, dándole un toque
—¿Qué? ¿que ni pide perdón? —le interpelé.
La mujer, en un acto reflejo, como para ver mejor a ese tipo que, con los colores subidos, le llamaba la atención en aquella su santa segunda casa, se bajó las gafas de sol.
De repente, me deslumbraron dos hermosos ojos azules rodeados de pintura descorrida o difuminada como los dibujos al carbón, fruto, pensé, de lágrimas infinitas debidas a alguna desgracia. Con grietas en la piel, producto del paso de los años, resaltadas seguramente por litros de lágrimas resecadas sin ser enjugadas.
—¿¡Qué quieres!? ؙ—me chilló, como mirando más allá de mí a algún fantasma que yo no acertaba a ver.
—Yo… no sé, señora, que tenga cuidado… que perdone…
Avergonzado. giré mis pasos antes de que la señora prosiguiera su camino. Al llegar a la norteamericana y mi amiga de Granada apenas acerté a pronunciar un «por aquí llegamos antes».
Las dos asintieron y siguieron mis pasos con esa ligera complicidad que genera el contacto con lo inefable.
😅👌
ResponderEliminarMuchas gracias :)
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